José de San Martín, en el nombre del padre

San Martín y la "infanta mendocina"

La relación entre el Libertador y su hija Merceditas estuvo signada por el amor y la solidaridad, pero los comienzos no fueron fáciles. Las notables "Máximas" que le dedicó.

Lunes 17 de Agosto de 2020

Luego de visitar la tumba de su mujer en el recién habilitado cementerio de la Recoleta y de ordenar que se grabase una placa de mármol con la leyenda “Aquí yace la esposa y amiga del general San Martín”, el Libertador y su hija Mercedes Tomasa, de siete años, partieron el 10 de febrero de 1824 en el navío francés Le Bayonnais rumbo al puerto del Havre.

Dos personas destinadas a amarse y asistirse durante toda la existencia experimentaban el aprendizaje de la vida en común. El general, de 46 años, acostumbrado desde la niñez a la dureza de la vida de guarnición y campaña, debía compartir de pronto casi todas las horas del día con una criatura que hasta el instante de zarpar conocía sólo los halagos de una abuela en extremo complaciente y las comodidades propias de una de las casas distinguidas de Buenos Aires. Merceditas tendría que adaptarse a las rígidas costumbres de un soldado, por más que éste procurase suavizar su severo talante. Según le narró al coronel Olazábal, “la chicuela era muy voluntariosa e insubordinada, ya se ve, como educada por la abuela; lo más del viaje lo pasó arrestada en un camarote”.

Tras dos meses de navegación, el buque llegó a destino. Posiblemente hayan precedido al arribo de San Martín informes confidenciales acerca de su viaje, pues sus papeles fueron incautados y prolijamente revisados para serle devueltos días más tarde. Reinaba Luis XVIII de Borbón, quien veía transcurrir sus últimos días en un país agitado por los enfrentamientos entre ultramonárquicos y liberales, que se proyectaban en todos los aspectos de la vida de la nación.

Apenas tuvo sus documentos, el Libertador y Mercedes se trasladaron el 4 de mayo a Southampton, Gran Bretaña. En aquella rumorosa urbe marítima, el general se encontró con su antiguo camarada lord James Mac Duff, earl (conde) de Fife, quien lo introdujo en la alta sociedad. Era, dijo de San Martín, el gran promotor de la libertad americana y por sus costumbres y trayectoria, un digno émulo de Washington. En un banquete que se celebró en conmemoración de la independencia norteamericana, al que concurrió especialmente invitado, se encontró con sus antiguos amigos García del Río y Paroissien, y con otros que no lo eran, como Alvear. A los postres, el primero pronunció cálidas palabras y San Martín alzó su copa para brindar por Bolívar y por la pronta y feliz culminación de la campaña.

Alvear distorsionó las expresiones del Libertador en un informe al gobierno de Buenos Aires, manifestando que conspiraba para imponer el sistema monárquico en América con el general mexicano Agustín de Iturbide, quien luego de proclamarse emperador de su patria y de reinar por escaso tiempo había abdicado y marchado a Europa.

Se hizo circular durante aquellos días un libelo titulado “La ida del general San Martín”, cuya autoría se atribuyó a Alvear, como también una caricatura del Libertador que lo mostraba con la corona del Perú escapándosele de las manos. En cuanto a la entrevista con Iturbide, que éste le pidió por carta, no se sabe si efectivamente se realizó, pues el mexicano regresó a su patria con el fin de derrocar al gobierno, pero fue capturado y fusilado.

San Martín y Merceditas permanecieron en Inglaterra hasta diciembre, tras recorrer distintos lugares del país. Por gestión de lord Fife, el general fue designado ciudadano honorario de Banff, localidad vecina a las posesiones de su amigo en el norte de Escocia.

En Londres intervino en las gestiones para adquirir dos fragatas para reforzar la armada peruana, circunstancia que suscitó el enojo de Bolívar, a quien le habían hecho creer que San Martín buscaba un nuevo papel en la vida del Perú. Tomás Guido se lo informó en una de sus frecuentes cartas.

Los ojos del general volvieron a posarse en Francia. Su hermano Justo Rufino, que residía en París, hizo gestiones para que el ministro de Interior, conde de Corbière, le otorgase el correspondiente permiso, pero no lo logró. Entonces, resuelto a hallar una estabilidad que permitiera que su hija comenzase una educación sistemática, decidió viajar a los Países Bajos. Una vez obtenida su admisión, retiró a Mercedes de la pensión inglesa donde la había dejado y a fines de 1824 se estableció en una casa ubicada en el número 1422 de la rue de la Fiancée, en las afueras de la ciudad de Bruselas.

San Martín halló de inmediato su lugar en aquella ciudad ordenada, de espíritu abierto y cosmopolita, y se vinculó con personalidades distinguidas que lo introdujeron en los círculos liberales como hombre que había brindado sus esfuerzos a la independencia de pueblos sometidos por un monarca absoluto. Incluso, la masonería le tributó un poco frecuente homenaje al acuñar una bella pieza en su honor. La Logia Parfaite Amitié (Perfecta Amistad) encargó al notable grabador Jean Henri Simon que perpetuara su presencia en el Gran Oriente celebrado en su honor.

Por más que habitualmente las noticias de la Argentina, Chile y Perú le deparaban momentos de amargura, tuvo la satisfacción de enterarse del fin de la guerra de la independencia sudamericana en la gran batalla de Ayacucho, librada por Sucre contra La Serna el 9 de diciembre de 1824, donde algunos de sus oficiales y soldados granaderos, encabezados por Isidoro Suárez, se cubrieron de gloria.

Pese a que extrañaba su tierra, en especial Mendoza, San Martín se sentía feliz. Pagaba mil francos anuales de alquiler por su casa de tres habitaciones y un gran jardín, suma que le parecía increíblemente barata. En ella se hospedó durante un tiempo el general Miller, con quien conversó francamente sobre sus campañas y a quien le brindó datos para sus memorias, complementados por una rica correspondencia epistolar. Es de creer que ambos soldados visitaron el campo de batalla de Waterloo, muy próximo a la ciudad, donde se alzaban, como mudos testigos de la contienda que marcó el definitivo ocaso de Napoleón, los edificios utilizados por los adversarios en las distintas fases de la lucha.

Estaba orgulloso de “la infanta mendocina”. Merceditas daba muestras de sensibilidad e inteligencia. En carta a Guido, le expresaría: “Cada día me felicito más de mi determinación de conducirla a Europa y haberla arrancado del lado de doña Tomasita. Esta señora, con su excesivo cariño, me la había resabiado (como dicen los paisanos), en términos que era un diablotín”.

La niña era una aplicada alumna en un colegio de monjas de Bruselas. Al conducirla al internado, el general le entregó a la religiosa que recibió los efectos personales de la niña unas “Máximas” para que reglasen su permanencia en el internado. Deseaba que Mercedes adquiriese saberes, pero sobre todo requería que se le enseñara a “humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos perjudican […], inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira, estimular la caridad con los pobres, respeto a la propiedad ajena, acostumbrarla a guardar un secreto, inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones, dulzura con los criados, pobres y viejos, que hable poco y lo preciso, acostumbrarla a estar formal en la mesa, amor al aseo y desprecio al lujo, inspirarla amor por la patria y por la libertad”.

Pero no todo era color de rosa. San Martín carecía de recursos. El Perú le había adelantado, al tenerse certeza de su partida a Europa, dos años de pensión. El rencoroso Rivadavia no había ni siquiera amagado para ordenar el abono de sus sueldos de general. La caída de los valores en Londres; la quiebra de la banca en la que su amigo Álvarez Condarco había depositado parte de sus ahorros; la depreciación del cambio; la falta de rentas sobre algunas propiedades, excepto la casa de Buenos Aires; todo, en fin, configuraba un horizonte oscuro.

(*) Extraído de su libro “San Martín. General victorioso, padre de naciones”, Emecé.

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