José de San Martín, en el nombre del padre

San Martín, un hombre político

La autora de un importante libro dedicado al Libertador, de edición reciente, se concentra sobre aspectos menos conocidos de su trascendental figura.

Lunes 17 de Agosto de 2020

El interés por escribir una biografía política de San Martín tiene como telón de fondo la nueva agenda historiográfica sobre las revoluciones de independencia hispanoamericanas. Dicha revitalización me incitó a analizar las concepciones y prácticas políticas ensayadas que lo erigieron en actor protagónico de las guerras de independencia de Sudamérica en un contexto marcado por la incertidumbre y la indeterminación de las comunidades políticas que contribuyó a forjar. Su trayectoria (como la de otros líderes revolucionarios hispanoamericanos) ilustra con precisión que la independencia no suponía ninguna forma de gobierno determinada, sino que fue resultado de debates y proyectos políticos rivales que bascularon entre la conveniencia de erigir monarquías constitucionales o repúblicas. Las preferencias del Libertador se inclinaron por la primera por entender que se trataba de la ingeniería institucional más adecuada para fijar las bases del gobierno representativo en América del Sur, un criterio que radicaba en el triple convencimiento que había acunado en el trayecto que lo condujo de España a Londres y al río de la Plata revolucionario: el concepto "gradualista de la libertad", la convicción de que el "estado social de los pueblos" no daba garantías para erigir repúblicas al estilo del experimento norteamericano en los territorios que habían formado parte de la América española y el rechazo a la "federación" en beneficio de sistemas centralizados como artefacto primordial para frenar la "hydra" de la anarquía y afianzar el orden político.

Tales ideas sintetizan la médula de la cosmovisión política de San Martín que de ningún modo habían pasado desapercibidas por las historiografías nacionales que en Argentina, Chile y Perú se hicieron eco de su accionar. Pero los supuestos y preguntas que guiaron la pesquisa fueron diferentes en cuanto me interesó examinar las ideas y prácticas políticas de San Martín en el mundo cambiante que le tocó vivir, y dejar en suspenso la matriz reivindicativa que modeló (y aún modela) la imagen del héroe como arquetipo moral de la nación.

En su lugar, el libro propone desacoplar la trayectoria pública del personaje de la fabricación del mito que resultó de la batería de iniciativas intelectuales y políticas que lo ubicaron en la cúspide del panteón nacional en el siglo XIX. Allí radica la clave de su estructura: seis capítulos dedicados a narrar la vida de San Martín que recoge la opción por la causa de América, su estelar periplo emancipador y los años del ostracismo voluntario, y los dos restantes que ejemplifican los usos públicos de su legado en el montaje simbólico del edificio republicano, y el giro operado en la liturgia estatal en la etapa de entreguerras que concilió la memoria sanmartiniana con el nacionalismo militar y la perdurable noción de "historia-práctica" como dispositivo primordial de la pedagogía patriótica o cívica.

Ese doble registro narrativo (que es también explicativo) hizo de la vida de San Martín un mirador privilegiado para entender el trayecto de un individuo comprendido entre dos mundos, Europa y América, en la encrucijada del fin de imperios ibéricos, el impacto de las revoluciones liberales y la explosión de nacionalismos sin naciones constituidas en el temprano siglo XIX. Un personaje crucial, y al mismo tiempo ejemplificador, que atestigua los límites de los enfoques nacionales para interpretar las transformaciones políticas resultantes de la revolución y la guerra, las formas de gestión del poder independiente, y lo que no es menor, las relaciones conflictivas en torno a la difusa delimitación y competencias de las entidades políticas convertidas en naciones/repúblicas/Estados erigidas del colapso imperial español. Un líder revolucionario convertido en Libertador de medio continente que, a diferencia de sus contemporáneos, observó y vertió opinión sobre el violento y creativo proceso de construcción estatal y republicano desde la atalaya de la Monarquía de Julio.

Sería justamente en el estadio parisino donde el viejo guerrero de la independencia optimizaría intervenciones propias para cincelar la imagen que difundirían los cronistas, escritores y publicistas del pasado revolucionario, y volcaría en su correspondencia testimonios firmes de convicciones arraigadas para gobernar los Estados de América que priorizaron, una vez más, el orden frente a la libertad. Así lo confesó a su regular interlocutor Tomás Guido en los años treinta, y volvería a reiterarlo ante Juan Manuel de Rosas antes y después de 1845. Pero tal vez sea el intercambio epistolar que mantuvo con el general F. A. Pinto en 1842 el que mejor ilustre el zócalo íntimo de las preferencias políticas sanmartinianas cuando valoró la Constitución de Chile y aceptó haberse equivocado en pensar la dificultad de erigir repúblicas en el continente. La respuesta del primer chileno que el general había conocido en Buenos Aires en 1813, cuando portaba credenciales para viajar a Londres con el fin de federar los emprendimientos patrióticos y promover la protección inglesa en materia de comercio, resulta elocuente. En aquella oportunidad, el chileno expresó al legendario capitán del famoso Ejército de los Andes: "Pero Ud. que conoce la fisonomía de nuestro país, habrá advertido que nunca lo haremos a manera de la democracia de Estados Unidos, sino republicanos a la española".

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