José de San Martín, en el nombre del padre

Entre la memoria y la historia

San Martín rechazaba el federalismo y era partidario de la monarquía. Las dificultades de compatibilizar el conocimiento real de su figura con el homenaje.

Lunes 17 de Agosto de 2020

En el 2014 tuve una conversación con San Martín en el Museo Histórico Nacional, dirigido en aquel entonces por Araceli Bellota. Allí se había instalado un holograma del prócer montado sobre el daguerrotipo tomado en su vejez, que interactuaba con los visitantes respondiendo a las preguntas e inquietudes del público. Un empleado de la institución representaba la voz del héroe de la patria que, además de hablar, hacía caras, se enojaba y reía. Mi visita al museo tenía el objetivo académico de recoger material para mi tesis de doctorado dedicada a explorar los usos políticos del pasado durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. Por eso, aproveché la ausencia de público y decidí hacerle algunas preguntas a la figura interactiva con el fin de analizar la manera en que el guion museográfico recuperaba la memoria de San Martín.

Arranqué con una pregunta clásica, uno de los enigmas que recorren la historia de su biografía: “¿Qué ocurrió en Guayaquil, en la famosa entrevista que tuvo con Bolívar y tras la cual abandonó el escenario de guerra peruano?”. Su respuesta reprodujo el argumento de la conocida “carta Lafond”: manifestó que no podían convivir dos liderazgos militares en la independencia de Perú y que por tal razón había decidido renunciar para evitar las luchas intestinas y las divisiones dentro del bando independentista. La respuesta replicaba el sentido común más extendido en la memoria histórica argentina: la renuncia era la mejor muestra del honroso y heroico sacrificio de San Martín en contraposición a las ambiciones de Bolívar. La segunda pregunta apuntaba a las preferencias políticas del héroe: “San Martín, ¿qué opinás de la monarquía?”. La reacción fue lacónica: él —San Martín— no estaba de acuerdo con el rey de España y por tal motivo luchaba por la Independencia. Decidí indagar un poco más y le solicité que se explayara sobre sus conocidas y públicas preferencias por la monarquía constitucional como forma de gobierno para las nuevas soberanías americanas. El holograma del prócer comenzó a titubear para luego justificarse: “Bueno, sí, yo prefería eso porque en aquella época la mayoría de los países eran monárquicos”. La respuesta era rigurosamente cierta, pero no dejaba de ocultar el intento de excusar a San Martín por sus elecciones políticas. Parecía ser que el contexto no le había dejado más opción que la de preferir la monarquía. Finalmente, la última pregunta que cierra esta anécdota apuntó a explorar sus consideraciones sobre el federalismo, habida cuenta de sus reiteradas declaraciones en favor de un sistema centralizado de poder. Nuevamente aparecieron la incomodidad y el titubeo: el San Martín de 2014 intentaba exculpar al San Martín de comienzos del siglo XIX diciendo que “en los hechos, no necesariamente en las palabras, él era federal”. Y para ejemplificarlo citó otro argumento clásico del mito: el de la “desobediencia” del jefe del Ejército de los Andes frente al Directorio cuando se lo intimó a contribuir con las tropas bajo su mando a la guerra que el gobierno central sostenía con los caudillos federales del Litoral.

En suma, el San Martín del museo era el abnegado héroe que renunció a la gloria de conducir la gesta independentista hasta su definitiva concreción continental, y en el fondo era además un republicano y un federal que se vio compelido a adaptarse en algunos momentos a las circunstancias imperantes. Como toda memoria histórica, la de San Martín combinaba recuerdos y olvidos. En este caso, se buscaba olvidar tres tópicos que no se ajustaban a la representación que el kirchnerismo quería ofrecer del prócer: su oposición al federalismo, su preferencia por la monarquía y el enigma de Guayaquil. Los tres temas fueron ampliamente desarrollados por Beatriz Bragoni en su último libro, “San Martín. Una biografía política del libertador”.

Sobre la cuestión del federalismo, sabemos que San Martín no se ahorraba ninguna crítica, tal como lo expresó en una carta dirigida a Godoy Cruz en la que confesaba: “Me muero cada vez que oigo hablar de federación”. En tal dirección, sobre el argumento de que la “desobediencia” antes mencionada expresaría sus simpatías federales, Bragoni sostiene que tales simpatías eran más bien nulas, y que el gesto de no acatar las órdenes del Directorio fue producto de su voluntad por sostener el plan militar de continuar con su campaña hacia el Perú una vez liberado Chile. Respecto de las preferencias por el establecimiento de monarquías constitucionales y por la centralización del poder, San Martín consideraba que la monarquía era la solución adecuada para evitar la anarquía y que era imposible erigir repúblicas en los países de América latina. La concentración del poder era vista como el remedio para ganar la guerra y afianzar la independencia. En sintonía con estas convicciones, en Perú se convirtió en Protector —uniendo en su figura el mando político y militar— hasta tanto se concluyera la independencia y se reuniera un congreso constituyente. Procuró negociar el reconocimiento de la independencia a través del envío de un príncipe de linaje para encabezar el edificio político peruano, e instó a O’Higgins para que Chile instaurara una monarquía constitucional. Las inclinaciones de San Martín por la monarquía despertaron críticas entre muchos de sus contemporáneos, que lo veían como el “Rey José” o que asociaban su conducta a la de Napoleón Bonaparte.

En cuanto a la enigmática entrevista entre San Martín y Bolívar en Guayaquil, en una situación militar crítica que podía terminar con la derrota patriota en el escenario de guerra peruano, sabemos que las fuentes son esquivas a la hora de dar cuenta de lo sucedido. Según Bragoni, la mayoría de las fuentes indican que lo que distanciaba a los libertadores era, por un lado, el lugar que cada uno iba a tener en el escenario militar, y por otro lado, la forma de gobierno que se debía adoptar. Mientras San Martín optaba por el modelo de la monarquía constitucional moderada al estilo británico, Bolívar sostenía que dicho modelo no era conveniente para países nacidos de revoluciones a los que se ajustaba mejor un sistema republicano centralizado y concentrado en un poder ejecutivo fuerte. Si bien esta divergencia política no se hizo pública oficialmente, los términos de la entrevista serían registrados por un oficial del ejército de los Andes que le hizo saber a O’Higgins que Bolívar había increpado a San Martín aludiendo a sus supuestas pretensiones de convertirse en rey.

El San Martín representado en la memoria del Museo Histórico Nacional es muy distinto al San Martín retratado por historiadores como Beatriz Bragoni. Las dos representaciones muestran las tensiones que, habitualmente, se dan entre memoria e historia. Durante las celebraciones de la Revolución Francesa, la historiadora Mona Ozouf se preguntaba si era preciso elegir entre conocer y conmemorar, es decir, entre la racionalidad del trabajo histórico y la emoción de la conmemoración. En este nuevo aniversario del fallecimiento de San Martín podríamos preguntarnos si es posible, al mismo tiempo, conmemorar y conocer al prócer.En el 2014 tuve una conversación con San Martín en el Museo Histórico Nacional, dirigido en aquel entonces por Araceli Bellota. Allí se había instalado un holograma del prócer montado sobre el daguerrotipo tomado en su vejez, que interactuaba con los visitantes respondiendo a las preguntas e inquietudes del público. Un empleado de la institución representaba la voz del héroe de la patria que, además de hablar, hacía caras, se enojaba y reía. Mi visita al museo tenía el objetivo académico de recoger material para mi tesis de doctorado dedicada a explorar los usos políticos del pasado durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. Por eso, aproveché la ausencia de público y decidí hacerle algunas preguntas a la figura interactiva con el fin de analizar la manera en que el guion museográfico recuperaba la memoria de San Martín.

Arranqué con una pregunta clásica, uno de los enigmas que recorren la historia de su biografía: “¿Qué ocurrió en Guayaquil, en la famosa entrevista que tuvo con Bolívar y tras la cual abandonó el escenario de guerra peruano?”. Su respuesta reprodujo el argumento de la conocida “carta Lafond”: manifestó que no podían convivir dos liderazgos militares en la independencia de Perú y que por tal razón había decidido renunciar para evitar las luchas intestinas y las divisiones dentro del bando independentista. La respuesta replicaba el sentido común más extendido en la memoria histórica argentina: la renuncia era la mejor muestra del honroso y heroico sacrificio de San Martín en contraposición a las ambiciones de Bolívar. La segunda pregunta apuntaba a las preferencias políticas del héroe: “San Martín, ¿qué opinás de la monarquía?”. La reacción fue lacónica: él —San Martín— no estaba de acuerdo con el rey de España y por tal motivo luchaba por la Independencia. Decidí indagar un poco más y le solicité que se explayara sobre sus conocidas y públicas preferencias por la monarquía constitucional como forma de gobierno para las nuevas soberanías americanas. El holograma del prócer comenzó a titubear para luego justificarse: “Bueno, sí, yo prefería eso porque en aquella época la mayoría de los países eran monárquicos”. La respuesta era rigurosamente cierta, pero no dejaba de ocultar el intento de excusar a San Martín por sus elecciones políticas. Parecía ser que el contexto no le había dejado más opción que la de preferir la monarquía. Finalmente, la última pregunta que cierra esta anécdota apuntó a explorar sus consideraciones sobre el federalismo, habida cuenta de sus reiteradas declaraciones en favor de un sistema centralizado de poder. Nuevamente aparecieron la incomodidad y el titubeo: el San Martín de 2014 intentaba exculpar al San Martín de comienzos del siglo XIX diciendo que “en los hechos, no necesariamente en las palabras, él era federal”. Y para ejemplificarlo citó otro argumento clásico del mito: el de la “desobediencia” del jefe del Ejército de los Andes frente al Directorio cuando se lo intimó a contribuir con las tropas bajo su mando a la guerra que el gobierno central sostenía con los caudillos federales del Litoral.

En suma, el San Martín del museo era el abnegado héroe que renunció a la gloria de conducir la gesta independentista hasta su definitiva concreción continental, y en el fondo era además un republicano y un federal que se vio compelido a adaptarse en algunos momentos a las circunstancias imperantes. Como toda memoria histórica, la de San Martín combinaba recuerdos y olvidos. En este caso, se buscaba olvidar tres tópicos que no se ajustaban a la representación que el kirchnerismo quería ofrecer del prócer: su oposición al federalismo, su preferencia por la monarquía y el enigma de Guayaquil. Los tres temas fueron ampliamente desarrollados por Beatriz Bragoni en su último libro, “San Martín. Una biografía política del libertador”.

Sobre la cuestión del federalismo, sabemos que San Martín no se ahorraba ninguna crítica, tal como lo expresó en una carta dirigida a Godoy Cruz en la que confesaba: “Me muero cada vez que oigo hablar de federación”. En tal dirección, sobre el argumento de que la “desobediencia” antes mencionada expresaría sus simpatías federales, Bragoni sostiene que tales simpatías eran más bien nulas, y que el gesto de no acatar las órdenes del Directorio fue producto de su voluntad por sostener el plan militar de continuar con su campaña hacia el Perú una vez liberado Chile. Respecto de las preferencias por el establecimiento de monarquías constitucionales y por la centralización del poder, San Martín consideraba que la monarquía era la solución adecuada para evitar la anarquía y que era imposible erigir repúblicas en los países de América latina. La concentración del poder era vista como el remedio para ganar la guerra y afianzar la independencia. En sintonía con estas convicciones, en Perú se convirtió en Protector —uniendo en su figura el mando político y militar— hasta tanto se concluyera la independencia y se reuniera un congreso constituyente. Procuró negociar el reconocimiento de la independencia a través del envío de un príncipe de linaje para encabezar el edificio político peruano, e instó a O’Higgins para que Chile instaurara una monarquía constitucional. Las inclinaciones de San Martín por la monarquía despertaron críticas entre muchos de sus contemporáneos, que lo veían como el “Rey José” o que asociaban su conducta a la de Napoleón Bonaparte.

En cuanto a la enigmática entrevista entre San Martín y Bolívar en Guayaquil, en una situación militar crítica que podía terminar con la derrota patriota en el escenario de guerra peruano, sabemos que las fuentes son esquivas a la hora de dar cuenta de lo sucedido. Según Bragoni, la mayoría de las fuentes indican que lo que distanciaba a los libertadores era, por un lado, el lugar que cada uno iba a tener en el escenario militar, y por otro lado, la forma de gobierno que se debía adoptar. Mientras San Martín optaba por el modelo de la monarquía constitucional moderada al estilo británico, Bolívar sostenía que dicho modelo no era conveniente para países nacidos de revoluciones a los que se ajustaba mejor un sistema republicano centralizado y concentrado en un poder ejecutivo fuerte. Si bien esta divergencia política no se hizo pública oficialmente, los términos de la entrevista serían registrados por un oficial del ejército de los Andes que le hizo saber a O’Higgins que Bolívar había increpado a San Martín aludiendo a sus supuestas pretensiones de convertirse en rey.

El San Martín representado en la memoria del Museo Histórico Nacional es muy distinto al San Martín retratado por historiadores como Beatriz Bragoni. Las dos representaciones muestran las tensiones que, habitualmente, se dan entre memoria e historia. Durante las celebraciones de la Revolución Francesa, la historiadora Mona Ozouf se preguntaba si era preciso elegir entre conocer y conmemorar, es decir, entre la racionalidad del trabajo histórico y la emoción de la conmemoración. En este nuevo aniversario del fallecimiento de San Martín podríamos preguntarnos si es posible, al mismo tiempo, conmemorar y conocer al prócer.

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