Lunes 17 de Agosto de 2020
—¿Cuál es el secreto de Yapeyú?
—Durante doscientos años ha sido un secreto el origen de San Martín. En su momento él mismo se vio en la necesidad de ocultar la verdad de su filiación. Posteriormente, las historias escritas por nuestros liberales, fundadores de la historiografía que se enseña en las escuelas, tendieron a disimular las evidencias de ese origen mestizo que tiene una cantidad de indicios, elementos de convicción, para no llamarlo directamente “pruebas”. Estas nos muestran que en realidad San Martín fue engendrado por la unión de un marino español, don Diego de Alvear y Ponce de León, en tránsito por la región de las misiones, de las viejas aldeas de origen guaraní, y una joven, doña Rosita Guarú, que la tradición oral recuerda como criada en la casa del encargado del poder político en Yapeyú. Ella quedó en la historia como la nodriza, la niñera que lo cuidó y lo amamantó en sus primeros años de vida.
Este secreto fue conocido parcialmente, por un lado, por la familia aristocrática de don Diego de Alvear, y por otro lado, por la población más humilde de la región del río Uruguay donde está asentado ese pequeño pueblo de Yapeyú. El propio San Martín nos dejó una serie de evidencias en su correspondencia acerca de la incertidumbre que tenía sobre la fecha de nacimiento y su verdadera edad. Por otro lado, su partida de bautismo —que en aquella época era el certificado que acreditaba el nacimiento y la filiación— nunca apareció. Este hecho se atribuyó a la destrucción del pueblo por portugueses pero tenemos la sospecha de que no fue una pérdida casual sino que debió ocultarse. Según nuestra investigación, cuando sus padres adoptivos lo llevan a Europa y lo presentan para que ingrese a la carrera de oficial militar, no adjuntan ningún testimonio de bautismo y solamente declaran que es su hijo legítimo.
En el transcurso de su vida San Martín dejó muchas pistas sobre este tema. Por ejemplo, cuando se enfrenta con los pehuenches en la cordillera y les dice: “Yo también soy indio”. O cuando conversando con sus amigos, se burla de sí mismo como “el indio misionero”. Un dato muy revelador en la correspondencia de San Martín es que sus amigos lo llaman cariñosamente “el indio” y sus rivales, los generales españoles contra los que él pelea en la campaña por la Independencia, con mala intención lo llaman “el indio”, “el cholo”, “el mulato misionero” en una forma despectiva, para rebajarlo. Todos estos datos son muy fuertes, notables, ya que no existen con respecto a ninguno de los otros personajes de la época de tanto relieve como él. Nos muestran una verdad oculta que era muy difícil de aceptar para el régimen colonial e incluso durante la época de la Independencia por los prejuicios sociales que subsistían.
—En su libro habla de una medalla que conservó Rosa Guarú hasta el último día de su vida con mucho apego, porque siempre preguntaba por San Martín a pesar de haber tenido otros hijos…
—Hay toda una leyenda acerca de un relicario, una cruz o un obsequio que ella habría recibido de manos de San Martín o a través de algún enviado, no lo sabemos. A pesar de esa incertidumbre que existe sobre ese obsequio, ese recuerdo que ella conservaba de su hijo es otro elemento más acerca de la subsistencia de toda esta tradición oral, que la reconocía como la verdadera madre. En aquella época un hijo de madre india, mestizo, hijo de un capitán, brigadier o alférez español que tenía prohibidas las relaciones con los aborígenes americanos y que había cometido una transgresión, se convertía desdichadamente en una especie de incapaz. Esto lo inhibía no solo para acceder a la carrera militar sino a cualquier cargo público, a la educación, a las propiedades o derechos civiles que tenían en aquella época los súbditos de la colonia.
De tal modo que fue necesario para su padre biológico lograr que Juan de San Martín y Gregoria Matorras lo adoptaran como hijo, dado que de otra forma condenaba a ese niño a un status inferior dentro de la sociedad de la época. Según cuenta la tradición de la familia de Alvear hasta el día de hoy, don Diego se comprometió a costear su carrera, a ayudar económicamente para que ese chico pudiera ingresar al ejército español y tener una profesión como la que adquirió y de esa forma convenció al matrimonio para que se hiciera cargo.
—¿Esa sangre indígena pesó en la vida de San Martín?
—Mi preocupación era observar de qué manera esto podría haber influido en su vida, en su trayecto, incluso en su actuación pública como Libertador que finalmente fue y el merecido reconocimiento de todos nuestros países. Él vuelve desde España a América y es el único de los hijos declarados del matrimonio San Martín y Matorras que lo hace. Los hermanos de crianza, los otros San Martín, no se sintieron americanos, ni quisieron volver ni acompañarlo a pesar de los pedidos de él para venir a luchar por la Independencia.
San Martín rompe con su pasado, su familia, sus amistades, su carrera, años de servicio bajo la bandera del reino de España, peleando en Europa, en el Mediterráneo, en África. Rompe con todo eso, se convierte en un traidor incluso para el reino de España que nunca más va a volver a pisar y se viene a América donde aparentemente nadie lo esperaba, a luchar por la causa de la Independencia.
Ese viraje en su vida solamente se puede explicar por un hecho muy importante, una decisión que él toma justamente, según nuestra investigación, en el momento que se encuentra con Carlos de Alvear y Diego de Alvear, su medio hermano y su padre biológico, en el puerto de Cádiz, donde los tres están destinados. Allí tienen una estrecha vinculación y es el momento en que conoce toda la verdad de su origen y donde además tienen que hacer un acuerdo, un pacto de silencio en torno al tema porque esto afecta la carrera de San Martín y también el crédito de su padre natural, que ha incurrido en esa falta de tener un hijo con una mujer americana.
Choca con todos los prejuicios de la llamada pureza de sangre y el régimen de castas que se había establecido en América con códigos muy estrictos y rígidos que obligaban, para poder ascender socialmente, a probar la inexistencia de mezcla con cualquier tipo de moro, judío, negro, mestizo o persona que no fuera un “cristiano viejo”, como se llamaba en aquella época. Esa tremenda rigidez, la concepción de la pureza de sangre, desdichadamente es un prejuicio que hasta el día de hoy nos cuesta desarraigar de la cultura de los países de descendencia europea.
—En agosto del 2000 se presentó en el Senado un proyecto sobre el origen de San Martín y la posibilidad de realizar un estudio de ADN. ¿En qué quedó?
—Uno de los descendientes de la familia Alvear tuvo la idea de realizar un ADN en el año 2000. La oposición del Instituto Sanmartiniano y de la Academia Nacional de la Historia dejó sin efecto esa iniciativa. La replanteamos ante la Secretaría de Cultura y la Cámara de Diputados, que nos avaló la investigación, pero esto tropezaba con una falta de regulación acerca de quién tiene derecho a pedir un ADN de una persona muerta hace una cantidad de generaciones. Esa ambigüedad legal que existe hasta el día de hoy también fue un impedimento cuando acudimos a la Justicia. Los jueces de la Cámara Civil de la Capital desestimaron una acción judicial que planteamos hace cuatro años. Esto nos ha impedido llegar a establecer esa doble filiación haciendo el estudio de ADN que podría resolver definitivamente cualquier duda al respecto. La Justicia lamentablemente también es víctima de los prejuicios, de las presiones que ejerce cierto sector muy retrógrado de nuestra sociedad. Sólo podría resolverse por una decisión legislativa difícil de tomar porque nunca quisimos que se politice en el terreno de discusión de los partidos. Pienso que como todos los temas que tienen que ver con los viejos prejuicios sociales, poco a poco se va ir despejando y siempre está abierta la posibilidad de llegar a establecer esa prueba definitiva.
—¿Se necesita una muestra de Rosa Guarú para comparar? ¿Se ubicó la tumba de la que se considera la madre biológica de San Martín?
—No fue posible localizar los restos de Rosa Guarú, la madre biológica, aunque hay indicios. Pero están los descendientes de ella que viven en Corrientes y los descendientes de Alvear que viven en Buenos Aires. Eso abre la posibilidad de compararlo con el ADN de San Martín removiendo sus restos que están en la catedral o a través de su cabello que está en el Museo Histórico Nacional, es decir que hay muchas vías posibles para hacer el estudio. Esto requiere superar cierto vacío legal, los prejuicios de los poderes públicos y que avancemos en la disipación de los viejos prejuicios que todavía hacen que mucha gente no entienda que en definitiva todos somos descendientes de dos grandes etnias, la europea y la americana, que en determinado momento se fusionaron y dieron origen a nuestra sociedad. Somos en definitiva todos descendientes de una gran conjunción de dos etnias que confluyeron para que formemos el pueblo que somos.
—¿Por qué entre los historiadores hay quienes chocan de frente contra lo que unos pocos se animan a decir sobre nuestra verdadera identidad? ¿Qué se discute ahí?
—En nuestro país existe un fuerte debate historiográfico desde hace muchos años que sorprende a algunos observadores extranjeros porque no se da con la misma intensidad en otros países. Ocurre que aquí, sobre todo Mitre y sus discípulos en la época de organización del Estado nacional formaron una historiografía muy dogmática y consistente para descalificar los proyectos del federalismo popular, de los caudillos, de toda una vertiente histórica que se implantó con mucha fuerza en el sistema de enseñanza pública. La fuerza que tiene esa versión liberal de la historia es la que motivó también la réplica de las diversas corrientes revisionistas. Y San Martín es una de otras tantas cuestiones que tenemos que revisar de nuestra historia para saber quiénes somos. Otros países no han sufrido tanto como el nuestro una imposición de verdad histórica y por lo tanto estamos en esa lucha con mucho interés de la opinión pública sobre los temas históricos.
Victoria Arrabal (UNR), a partir de una entrevista de José Maggi para LT8