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Stefanoni: "Hay espacio sociológico para un partido a la derecha del macrismo"

Pablo Stefanoni | Bío | Doctor en Historia. Publicó recientemente el libro ¿La Rebeldía se volvió de Derecha?, en el que indaga sobre la aparición de lo políticamente incorrecto desde el lado opuesto al progresimo

Domingo 18 de Abril de 2021

Pablo Stefanoni ha escrito un libro disruptivo si los hay. Desde el título: ¿La Rebeldía se Volvió de Derecha?, el autor clava la aguja en el lugar exacto. Justo en el momento en que parece que a Juntos por el Cambio, nada más ni nada menos, lo están corriendo por derecha.

  En una entrevista con La Capital, el doctor en Historia rompe prejuicios y desafía a todo ese horizonte progre que se hizo parte de la escenografía del establishment. Pasen y vean lo que dice el autor del trabajo que, por lejos, es de lo mejor que se publicó durante la pandemia.

  —Le hago la misma pregunta que usted se formula en el título del libro: ¿La rebeldía se volvió de derecha?

  El libro busca, por un lado, poner de relieve desplazamientos en el hemisferio de las derechas; el hecho de que las nuevas derechas (las que están por fuera de las liberal-conservadoras tradicionales) se presentan como antisistema, transgresoras y “políticamente incorrectas”. Y, por el otro, las dificultades de los progresismos para canalizar muchos de los descontentos sociales y su asociación con el statu quo. Me interesaba indagar sobre todo cómo las derechas pueden aparecer de maneras menos convencionales.

  —¿Por ejemplo?

  —Hace unos días salió un artículo periodístico sobre un youtuber español ubicado entre la derecha del Partido Popular y Vox (la extrema derecha). Es un joven gay, con piercings y pantalones rotos. Alguien a quien estéticamente antes no habríamos asociado con la extrema derecha. En Argentina apareció La Puto Bullrich, una pequeña agrupación gay, de apoyo a la ex ministra. Hace unos años no habría sido posible pensar en La Puto Alsogaray (sic) por ejemplo. La idea del libro fue cartografiar estas transformaciones.

  —¿Coincide con Mark Fisher en que hoy las izquierdas clasistas ni siquiera están en la calle, que ya no tienen ni ideas “revolucionarias”?

  —Lo que dice Fisher en Realismo Capitalista es básicamente que no solo es difícil poner en práctica ideas transformadoras (eso no es nuevo; fue un problema de todas las revoluciones), sino imaginar esos mundos alternativos. El cambio climático amenaza el planeta y por muchas razones resulta muy complicado emprender acciones comunes eficaces. Las plataformas van a “uberizar” el mundo y acabar con el empleo estable y por eso se terminan defendiendo, muchas veces de manera idealizada, formas actuales de trabajo. Y podemos seguir. Eso tiene el riesgo que desde el progresismo se termine defendiendo el capitalismo tal como es frente a lo que podría devenir.

  —Pese al fracaso del peronismo y del no peronismo, la sociedad no toma en cuenta al progresismo. ¿Por qué?

  —El progresismo es un término muy genérico. En realidad hay progresismo en el peronismo e incluso en Juntos por el Cambio (por ejemplo, en el larretismo en temas culturales/societales). Al mismo tiempo, hay una suerte de “consenso keynesiano” como discurso difuso transversal. Lo que fracasó, en todo caso, fue la construcción de una alternativa progresista por fuera de esos dos bloques. Eso creo que es el producto de la debilidad de la socialdemocracia en Argentina y de la reticencia del Partido Socialista a enarbolar ese proyecto (en general busca alianzas que diluyen su identidad, que ya está ideológicamente erosionada por su propia historia y por su falta de audacia política). Tras el fracaso del Frepaso (el último intento ambicioso del progresismo) este terminó en gran medida diluido en el kirchnerismo y otro sector, más “liberal”, en un filomacrismo como el de Stolbizer. El problema actual es que hay una sensación de que ni el “populismo” ni el liberalismo-conservadurismo lograron llevar adelante proyectos exitosos. El giro a la izquierda pareció agotarse (incluso donde volvió al poder no tiene la mística de los primeros años 2000, su edad de oro) y la derecha regional está lejos de ofrecer una utopía de libre mercado. Basta ver la crisis política chilena. Y no hay un progresismo superador de esos dos bloques político-ideológicos.

  —¿Esta disputa por la indignación con las élites es terreno fértil para los reaccionarios? Hay allí como una reivindicación de la ignorancia, por ejemplo, cuando se resiste la cuarentena, se lucha contra las vacunación y cuestiones por el estilo.

  —Es algo bastante complicado. Hay una mezcla de convicciones y oportunismo. Y muchos enredos. La derecha no es necesariamente antivacunas. Donald Trump combinó el negacionista con una inversión multimillonaria en vacunas, por eso EEUU tiene y Europa no. Boris Johnson vacunó más que la Unión Europea. Incluso Bolsonaro, que es el gobierno más desastroso y disfuncional de ese club, compra vacunas y las vacunas le pueden servir para sostener el discurso de mantener todo abierto (que es el verdadero eje de su discurso). Lo que vemos son confluencias callejeras entre derechas que no gobiernan (y hacen de la libertad una bandera contra las restricciones) y antivacunas y otras tribus. Así como se pueden ver confluencias entre una Viviana Canosa y un Javier Millei. La “incorrección política” funciona como una especie de paraguas. A veces la defensa de la ciencia del progresismo se vuelve un poco acrítica. Las vacunas plantean un buen espacio para pensar vínculos estatales y privados, temas de patentes, funcionamiento de la industria farmacéutica.

  

  —Al macrismo lo corren por derecha.

Cambiemos se presentó desde sus comienzos como un proyecto post-ideológico desacoplado de cualquier tradición política e histórica. Como mucho podían hacer alguna referencia a Frondizi. Y en el plano internacional estaban más atraídos por la estética obamista que trumpiana. Eso cambió en estos últimos años. Hoy hay un ala derecha (Patricia Bullrich, Waldo Wolff) que se ubican más claramente a la derecha.

  —¿Los libertarios pueden tener peso específico propio?

  —Hay espacio sociológico para un partido a la derecha del macrismo. Hay gente que querría una opción más abiertamente de derecha. Pero el intento de construir el Vox argentino, choca con al menos tres dificultades, una la mencionada derechización de un sector del macrismo. El escenario está abierto y eso lo hace interesante.

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