Domingo 28 de Septiembre de 2008
Una mañana de 1963 un joven llega a la Gare du Nord de París proveniente de su natal Sofía sin saber que a partir de ese instante comienza para él una nueva vida. Ese joven se llama Tzvetan Todorov y ese viaje iniciático entre Bulgaria y Francia marcará para siempre no sólo sus recuerdos personales sino buena parte de su obra, al menos la que comienza a escribir a partir de 1980. Ese viaje que el joven filólogo realiza entre dos países tan cercanos, condensa, en su travesía, el pasaje del mundo del totalitarismo al de la libertad, el tránsito de un territorio significado por la censura y la persecución política al de la libre creación sin sujeción por parte del Estado.
El hombre desplazado, cuya primera edición es de mediados de los 90 y que ahora Taurus edita por primera vez en la Argentina, es la historia ampliada, multiplicada, de esa travesía entre dos mundos ideológicos y políticos contrapuestos y enfrentados en los años de la guerra fría. Es también, la historia de un aprendizaje: "Mi traslado de Sofía a París me enseñó lo relativo y lo absoluto. Lo relativo, pues yo no podía ignorar que no todo debía ocurrir en todas partes como en mi país de origen. Lo absoluto también, pues el régimen totalitario en el que yo había crecido podía servirme, en cualquier circunstancia, de unidad de medida del mal. De ahí, sin duda, mi aversión simultánea hacia estos dos hermanos enemigos que son el relativismo cultural del todo es igual y el maniqueísmo del blanco o negro".
Todorov comienza por recordar su vida en Bulgaria bajo la dominación comunista, algo que le permite reflexionar en torno a las características del totalitarismo y sus consecuencias en el siglo XX. El capítulo inicial del libro no sólo es un recuento de experiencias íntimas, de memorias familiares, sino esencialmente un pormenorizado análisis del perverso sistema persecutorio policial diseñado por el Partido Comunista en los países del Este, un tema que Todorov ha desarrollado in extenso en muchos de sus ensayos pero en especial en su monumental Frente al límite, libro clave e indispensable para entender la lógica totalitaria en el siglo XX.
El segundo capítulo es el relato de su mirada a la cultura francesa en estrecha relación con su propia historia cultural, la de su pasado búlgaro. En este sentido, Todorov focaliza su atención en la extensa historia de negación a condenar el totalitarismo comunista por parte de la intelectualidad de izquierda francesa (Montand, Sartre, entre otros) haciendo un recuento de la historia de algunos procesos judiciales clave como aquellos a los que fueron sometidos los escritores David Rousset y Victor Kravchenko, acusados de difamar a la Unión Soviética al denunciar los campos de concentración de Siberia. Una historia olvidada, la de la complicidad intelectual de la izquierda europea con el estalinismo y el post estalinismo, que Todorov examina hasta comienzos de los años 90.
Todorov dedica el tercer y último capítulo a los Estados Unidos, lugar ya no de residencia fija sino de tránsito permanente debido a su trabajo académico. Acaso la zona más intensa de esta parte sea aquella en la que se detiene a pensar la victimización en la sociedad contemporánea y la exacerbación de reclamos que lentamente transforma a diferentes grupos humanos en verdaderas comunidades de víctimas. "El primer retroceso de los valores democráticos consiste en renunciar a las propias responsabilidades de la existencia, y en apropiarse del papel de víctima: papel ciertamente ventajoso, pero por completo pasivo", afirma, observando una realidad como la norteamericana, en la que cualquier falla humana termina convirtiéndose en una demanda, aunque su lectura trascienda la mera cotidianeidad americana y alcance otras zonas o territorios de la historia de la humanidad. "Si se llega a establecer de forma convincente que tal grupo fue víctima de injusticias cometidas contra él en el pasado, ello le abre, en el presente, una inagotable línea de crédito" dice Todorov, advirtiendo que, lejos de ser leídas como la justa reparación histórica, esas reivindicaciones despliegan, en muchos casos, cierta lógica extorsiva. Un análisis del concepto de victimización que dialoga a su vez con la reflexión que dedica al pasado reciente de los países post comunistas y al complejo proceso judicial reparatorio que comenzó a tener lugar en 1990.
El libro se abre al interior de cada uno de los capítulos en muchas más zonas de indagación que incluyen desde miradas al racismo, la xenofobia europea y la teoría crítica post estructuralista hasta la intolerancia desplegada por los fanáticos contra la obra de Salman Rushdie, cerrándose con una coda escrita en clave de agradecimiento a Francia y al proyecto civilizatorio que ella encarnó a lo largo de los siglos, lugar de acogida a su salida definitiva de Bulgaria.
El hombre desplazado es, en definitiva, un ensayo autobiográfico de excelencia que además de permitir conocer un poco más en detalle el pensamiento de uno de los intelectuales vivos más influyente en el mundo de las ideas es, además, y fundamentalmente, una lectura del presente y del pasado reciente apartada de los prejuicios, los preconceptos y el mandato de agradar a los hombres de buena conciencia.
El hombre desplazado - autobiografía, de Tzvetan Todorov. Taurus, Buenos Aires, 2008, 296 páginas, $ 45