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Una historia que continúa

El pasado del barrio de Pichincha fue objeto de discusión en estas páginas. Una lectura para situar temas y cuestiones

Domingo 11 de Mayo de 2008

El domingo 13 de abril María Luisa Múgica publicó una nota en este suplemento titulada "Cuando el Safo se llamaba Paraíso". Historiadora y profesora de la Universidad Nacional de Rosario, autora de Sexo bajo control, un libro sobre la prostitución en Rosario entre 1900 y 1912, Múgica reveló entonces que el permiso de construcción del célebre prostíbulo de Pichincha 68 bis data de 1914, que su nombre no fue Madame Safo, como se lo conocía, sino El Paraíso y que su dueño original fue un francés llamado Albert Maury y no Pedro y Enrique Malatesta, según se creía.

Las fuentes principales de Múgica fueron los antiguos expedientes de la sección Moralidad Pública de la policía de Rosario. Se trata de un enorme caudal de documentación, completamente desconocido hasta que inició su trabajo, de importancia cierta para la historia de la ciudad y que recién comienza a ser explorado. El artículo también precisó que la primera mención a Madame Safo aparece en un documento policial de 1917 que identifica a la regente de El Paraíso, María Luisa Moissot, con ese apodo; probablemente a partir de entonces las encargadas del prostíbulo utilizaron el mismo alias.

El domingo siguiente, en su respuesta a ese artículo, el escritor y periodista Rafael Ielpi señaló que Múgica aludía de manera peyorativa a Prostitución y rufianismo, el libro que publicó en 1974 junto a Héctor Nicolás Zinni, e hizo citas de esa obra en que algunos de los entrevistados recuerdan al burdel con el nombre de Madame Safo. Ielpi centró su crítica en la frase "operaciones de memoria periodística de los años 70, sin duda meritorias, renominaron el lugar como Madame Safo", dijo que el término "operaciones" tenía connotaciones espurias, aseguró que en aquel libro llamaron Madame Safo al burdel "como lo nombraban en los diarios, como lo hicieron escritores como Roger Plá o Raúl Gardelli y como lo recordaban los contemporáneos de su apogeo". A continuación, el 27 de abril, Múgica aclaró el sentido de la expresión "operaciones" —tomada de la historiografía— y dijo que "la historia de la prostitución de esta ciudad, al igual que cualquier otro tema, es pasible de ser revisada, sobre todo a la luz de nuevos materiales de archivo y fundamentalmente de las preguntas que alguien se formula". En ese marco, un recurso elemental de trabajo está dado por "la revisión crítica de la bibliografía disponible, la cual es criticable, discutible, etcétera, en su conjunto. Inclusive Prostitución y rufianismo, sin restarle por ello mérito alguno. Ser pionero en la apertura de un campo temático no da hoy ningún derecho a pensar el relato como acabado".

Finalmente, el domingo pasado intervino el hijo de Héctor Nicolás Zinni. En su artículo, Guillermo Zinni reivindicó la labor de su padre en la investigación de "Pichincha, la mafia y la prostitución rosarina" y en el rescate de una temática "hasta entonces no sólo menor, sino también inexistente".

El debate dejó varias cuestiones abiertas. En primer lugar, su mismo carácter. Un debate se construye con argumentos, no con expresiones de intolerancia. Un debate requiere un marco de respeto y de reconocimiento del otro. El conocimiento histórico es una creación colectiva, no depende de un libro ni de un individuo sino de una indagación sostenida a través del tiempo por distintas personas.

La relación del material periodístico (las entrevistas) y los documentos escritos estuvo también en el sumario. Tal vez sea útil traer a colación una referencia. En Conmovida memoria, Raúl Gardelli recordó la visita del escritor español Vicente Blasco Ibáñez a Rosario. Según el relato, apenas bajó del tren Blasco Ibáñez pidió ser llevado "al Madame Safo". Gardelli contaba que la anécdota le fue referida por un compañero de la vieja redacción de La Capital, que aseguraba haber presenciado el suceso. Sin embargo, el escritor estuvo en Rosario en 1909, cinco años antes de la construcción del prostíbulo.

¿Qué significa esa historia? Con su sabiduría, Raúl Gardelli hubiera sacado alguna sabrosa conclusión, pero entonces no se conocía la fecha de construcción del burdel. Al revisar la visita de Blasco Ibáñez, en un artículo publicado en la revista Lucera, Fernando Toloza reconstruyó el contexto en que se produjo, las relaciones tirantes del español con algunas personalidades locales y conjeturó que esa burla de la memoria bien pudo ser un ajuste de cuentas de los rosarinos de entonces. Las construcciones de la memoria son precisamente eso, construcciones, es decir relatos donde se producen desplazamientos y transformaciones generalmente inconscientes. Pero esas elaboraciones no tienen un sentido negativo: si en un plano contienen datos inexactos, en otro pueden ser un testimonio sobre el modo en que se percibió un suceso, un fenómeno, un personaje.

Los expedientes, con todo su valor, también tienen sus problemas. La historiadora uruguaya Yvette Trochon advierte sobre los riesgos de "enamorarse del archivo" o de suponer que en los documentos se encuentra la voz directa de los protagonistas de una época y no las voces de esos personajes mediadas por los funcionarios que los interrogaron o que transcribieron sus palabras, en general de modo poco transparente (en el sentido de que interfirieron con sus propias palabras en el discurso original de los personajes). En un caso y en el otro, el problema no parece tanto la fuente como el modo en que el investigador la procesa.

Los datos recién conocidos gracias a la investigación de Múgica constituyen un aporte de importancia extraordinaria, porque vienen a decirnos algo nuevo —y que se proyectará, seguramente, en nuevos estudios— respecto de un sitio emblemático del pasado de Rosario. Y vienen a decirnos también que la historia de Pichincha no está cerrada. Las páginas de este suplemento quieren ser un ámbito para las nuevas investigaciones y los nuevos debates.

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