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Un viaje con el corazón en La Boca

El escritor español Jorge Carrión pasó varias temporadas en un pobre conventillo del célebre barrio porteño. Una experiencia que ahora retorna en un libro

Domingo 06 de Julio de 2008

Han pasado varios años y en una esquina de Berlín empiezo a escribir lo que sigue. Un prólogo, urbanamente desplazado. Que empieza un día. El mismo día en que me llegó la filmadora desde España, cuando salí a rodar mi documental. Allí [o aquí] la llamamos cámara de video. Había estado poco más de seis meses viviendo en el pasaje Zolezzi, a pocos metros de la cancha [el campo] de fútbol, en el corazón del barrio. Lo conocía como la palma de mi mano. Había regresado muchísimas veces a casa, caminando —incluso de madrugada—, y había cruzado un par de veces, solo, a Isla Maciel: nunca había tenido problemas. Soy bastante moreno y en muchos países paso por nativo. Supongo que en La Boca todo el mundo sospechaba que era de afuera; pero, si permanecía callado, nadie hubiera puesto la mano en el fuego por ello. No obstante aquella mañana, con mi cámara en la mano, registrando imágenes de los conventillos que había visto y que había fotografiado tantas veces, no tardó ni diez minutos en localizarme una pandilla de pibes chorros [delincuentes juveniles: si la traducción, en esta ocasión como en tantas otras, es ciertamente posible].

Primero: uno me vio y empezó a seguirme. Me percaté cuando silbó para alertar a un par de compinches: me giré y, efectivamente, me estaba señalando para que los otros dos me siguieran desde la otra vereda [acera]. Cerré la pantalla. Me di cuenta de que había sido un estúpido: no debería haber salido a filmar sin la compañía de Martín o de Lito. Aceleré el paso. Busco un plano en Google para situarme, para esforzar mi memoria. Estaba en la calle Pinzón (el primero con apellido que atisbó esta orilla del mundo). Torcí a la izquierda, por Martín Rodríguez, y en cuanto desaparecí de su vista, con el corazón desbocado, arranqué a correr. Me puse aún más nervioso al percatarme de que si hubiera ido hacia la derecha seguramente hubiera podido llegar a la comisaría, por cuya puerta pasaba cada noche de regreso del Goethe-Institut, pero en aquel momento irracional había creído —sin base alguna— que lo mejor era alcanzar la avenida Almirante Brown. Corría con la máquina en la mano y la mochila abierta y cinco pibes chorros detrás, a unos setenta metros, mucho más ágiles y veloces que yo. La máquina valía mil dólares. Doblé de nuevo a mano derecha. Pensé que me alcanzaban. Que estaba perdido.

Levanté la mirada.

Y apareció: el policía que permanentemente hace guardia frente a la puerta de Il Matterello.

—No te preocupés —me dijo—, no te van a hacer nada, pero parece mentira que vayas con eso en la mano...

Reconocí que era un inconsciente y me quedé a su lado, como un niño, hasta que los ladrones, que se habían parado en la esquina al verme acompañado, desaparecieron. Lo había visto cientos de veces, siempre a escasos metros de la puerta, vigilando los coches estacionados a la puerta de uno de los mejores restaurantes italianos de Buenos Aires, sin embargo nunca habíamos cruzado palabra. Tampoco entonces, con la excusa de la contingencia, me atreví a preguntarle si estaba a sueldo de los dueños de Il Matterello. En Argentina es corriente algo que en Europa resulta inimaginable: hay agentes de policía —o al menos guardas de seguridad con uniformes oficiales— patrullando ciertas calles o custodiando ciertos locales porque reciben dinero a cambio de ello. Yo tuve que pagar dos coimas [sobornos] durante mis viajes por el país. No conozco a nadie en España que haya tenido que hacerlo, aunque también es cierto que, de niño, me quedó grabada la imagen de los Guardias Civiles desayunando o tomándose una cerveza en un bar de Rocafonda, el barrio en que me crié, también uniformados: se iban siempre sin pagar. La casa invitaba siempre.

Le di las gracias y me fui al galpón del Grupo de Teatro Catalinas Sur. Estaba Nora cebando mate. Le conté lo que me había ocurrido.

—Mirá que sos boludo...

Pero ya había superado el miedo, así que seguí en mis trece con la idea del documental y la entrevisté. Hice muchas entrevistas en tres días. Y rodé por el barrio, acompañado por Lito Diosccia, el presidente de la Asociación de Comerciantes de La Boca, o por Martín, o por Daniel. Me pasé horas ante los cuadros de Quinquela Martín, creyendo que penetraba en sus pinceladas gruesas con mis píxeles y mis zooms. Retraté el conventillo donde vivía, pensando que mis planos eran correctos, que todo aquel material daría lugar a un buen documental [audiovisual] sobre la migración boquense.

Cuando al cabo de un año regresé finalmente a Mataró y pude visionar todas aquellas horas de cinta, me di cuenta de algo que, en el fondo, ya sabía: no era capaz de utilizar una cámara con solvencia. Mi mirada era demasiado trémula y caprichosa en aquellas imágenes; en cambio, era más firme, estaba mejor enfocada en mis apuntes escritos. Había visto muchas películas y había estudiado lenguaje audiovisual, pero eso no era suficiente para que mis tomas fueran aprovechables.

No obstante, con la ayuda de Javier Roldán, un amigo artista a quien conocí de niño en El Carrilet —la guardería de nombre móvil, de Rocafonda, que ahora es una frutería— montamos el documental En La Boca, que vieron una decena de amigos y familiares, antes de ser condenado al ostracismo en el cajón del mueble del televisor.

Mientras tanto, la idea de contar mi experiencia en La Boca iba formándose. Por teléfono, por e-mail y por otros lazos que no son tecnológicos seguía en contacto con los protagonistas de mi proyecto. De vez en cuando tomaba notas, miraba fotografías, leía sobre el barrio que, durante algunos meses, fue un poco mío. Incluso llegué a escribir una crónica breve sobre mi experiencia en La Boca, sobre el teatro, sobre las máscaras de la emigración. Al releer ese texto, que constataba un olvido progresivo (cada día que pasa pierdo algún detalle de todo lo que viví allí) me di cuenta de que me había equivocado en la elección del lenguaje. Que mi forma primera de expresión es la escritura. Con las palabras del documental audiovisual y con las del escrito empecé a experimentar otro lenguaje: el que aquí se cristaliza.

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