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Un recorrido en bicicleta por la ciudad descubre lugares ocultos

Pasear en bicicleta por Rosario permite descubrir lugares que la ciudad aún mantiene ocultos, secretos. Una crónica para acercarse al placer de pedalear y retornar así un tiempo de libertad, la infancia.

Domingo 12 de Agosto de 2012

Si hay un recuerdo de pibe que estoy seguro que nunca me voy a olvidar es el del día que me independicé para siempre de las rueditas de la bicicleta. Eso fue una emancipación. No recuerdo bien si era mi bici sin rueditas, o si era otra bici, pero la imagen de la liberación la tengo enterrada en lo más recurrente de mi cabeza. Mi papá agarraba la parte de atrás, yo empezaba a pedalear, aferrado al manubrio, en un momento tomaba velocidad, mi papá me soltaba y la magia se encargaba del resto.

Me acuerdo en cámara lenta, como en los buenos recuerdos: avanzo flotando por los caminos de piedritas naranjas del parque Alem, por primera vez siento el viento de la libertad en mi cara, en mi rostro tengo una sonrisa. Levanto velocidad por una recta, me cebo y al tomar la curva las ruedas derrapan sobre las eternas piedritas del parque; diez segundos después de conocer la libertad tuve mi primer caída. La sonrisa seguía intacta.

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El primer antepasado de la bicicleta fue creado en Francia en plena Revolución y se conocía como celerífero. Consistía en un bastidor de madera que unía dos ruedas; para desplazarse era preciso impulsarse con los pies pateando el suelo, no tenía dirección. Era el juguete de los ricos. En 1817 Karl Drais quiso algo más que un juguete, pensó en un vehículo que sirviera para transportarse y que fuera más rápido que caminar pero utilizando la misma fuerza. Le agregó manubrio para cambiar de dirección, asiento y freno trasero; la draisiana era mucho más que un tablón con dos ruedas. Sin embargo, el alto precio no permitió su masificación. El correo prohibió su utilización por el excesivo gasto de suelas de zapato de los carteros. Pesaba 45 kilos.

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Bajo el techo de árboles de la calle Ibarlucea Sur, llega Juan Manuel Fontana en su bicicleta inglesa azul, zigzagueando entre las sombras de la calle vacía. Se lo nota contento. Es que va rumbo a su lugar preferido para andar en bici: la calle Thompson. Un lugar que descubrió algún tiempo atrás, la joya escondida de Arroyito. "Empecé a andar en bici por este lugar, salí de la avenida, me metí por adentro y llegué hasta el borde del río. Quería ver desde dónde se podía ver el río y encontré esta bella callecita", dirá más tarde.

La bici de gomas finitas, farol y guardabarros reluce. Juan parece un marinero. Lleva un jean bien azul y una remera a rayas, blanca y azul. En su cara resalta un bigote largo. Todo eso —sumado a los anteojos de aviador que guarda en el bolsillo de la remera— le da una onda cool que sin dudas fue fríamente premeditada. "Está bueno este paisaje. Es como sacado de contexto en Rosario. Parece de una ciudad tipo Gualeguaychú que tiene estas costas así y el río bien pegadito, que en Rosario no hay tanto... y nunca hay nadie", dice, luego de dejar la bici en el cordón y sentarse en una de las barandas que conforman ese extraño balcón al río.

No es fácil llegar hasta este lugar de afortunadas casas con vista al río. Mejor dicho, no hay motivos que obliguen a llegarse hasta este rincón del barrio, encajonado entre la planta potabilizadora de Aguas Santafesinas, el gimnasio de Náutico y la costa del Paraná. De hecho, Fontana llegó casi de casualidad, gracias a una virtud que cultiva cada vez que pasea en dos ruedas: atravesar los barrios. "Empecé a buscar lugares más tranquilos para circular, porque por las avenidas es difícil. Y me sorprendo cuando encuentro lugares que no conozco; son los que me llaman para seguir pasando por ahí".

Los pájaros y el rumor constante de la toma de agua acompañan la calma de esta mañana de feriado. Una hilera de viejos faroles de pie delata los años del callejón. Debajo del cielo apagado, con ganas de lluvia, el río está desierto. Las islas son apenas una franja verde que se adivina tras la bruma. Juan mira la quietud de los veleros amarrados abajo nuestro y después sigue: "si querés sacarte la música cuando venís pedaleando te frenás acá, te sacás los auriculares y te quedás sentado como estamos ahora. Es como un lugar que te relaja. Prefiero quedarme acá si me voy a sentar a pensar o a boludear o a escuchar una canción. A la tarde generalmente es la misma imagen siempre: poco gente, a veces pasan los vecinos, algunos chicos tomando una birrita, un porrito".

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En 1839 un herrero escocés diseño un sistema de palancas que —movidas con las piernas— impulsaban la rueda trasera. Si bien no se ocupó de difundir el sistema (que adolecía de ciertos problemas en el andar), Kirpatrick McMillan sentó las bases de la tracción directa a pedales. Ya nadie más volvería a impulsarse con los pies en el piso.

En 1861 Pierre Michaoux se inspiró en las máquinas de afilar y le agregó pedales a la rueda delantera de una draisiana, ocho años después instaló en París la primer fábrica de bicicletas. Eran de hierro forjado, llantas de acero y ruedas de madera.

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Santiago Grandi hace tiempo que no pedalea, desde que se le rompió su pequeña bicicross, sin embargo consigue una prestada y se ofrece para hacer la veces de guía en el territorio de la zona sur. Me espera bajo los monoblocks de Ovidio Lagos y Virasoro, sosteniendo la bici con las manos: una gastada mountain bike que ahora es verde agua mezclado con cachaduras, una calcomanía de Espn tunea el caño mayor y bajo el caño del asiento yace enroscada la cadena. "Sólo anda el freno de atrás y hasta ahí, me la prestó el Polaco", avisa Santiago antes de subirse y apuntar por Ovidio Lagos hacia el sur.

La recorrida no tiene un mapa prefijado, vamos en busca de algo así como un paraíso perdido, un recuerdo de la infancia que a ciencia cierta nadie sabe bien dónde buscar. Hay una sola pista: es en zona sur. "Yo tendría diez —cuenta Santiago mientas suelta una mano del manubrio y se acomoda la gorra para atrás—, mi tío se había comprado un auto grande, un 404; nos pasaba a buscar, cargábamos las bicis e íbamos a andar a un lugar con mucho verde, muy lindo. Recuerdo una bicicleta llena de cambios, muy alta, que yo no llegaba a los pedales".

Al llegar a Uriburu tomamos por la descuidada bicisenda sobre el cantero central —los carteles de señalización tienen el logotipo municipal de la época en que Binner era intendente—. A pesar de su floja señalización hay que reconocer que cumple con creces su función: permitir pedalear tranquilo, frenando sólo en las esquinas, evitando la presencia cercana de los autos y las encerronas de los colectivos. De vez en cuando hay que eludir algunos peatones que caminan indiferentes, como si anduvieran por la rambla. Mientras tanto nos internamos en el sur.

"Si bien por estos lugares paso siempre en auto o en colectivo. Cuando lo hacés en bici y frenás, ves de otra forma, estas más en contacto, mucho verde, eso siempre me gustó mucho", dice Santiago después de tomar un vaso de gaseosa, sentado en un banco de la plaza Las Heras (avenida del Rosario y Bermúdez). Frente a nosotros la plaza despliega su perfecta simetría, cada banco tiene su árbol a modo de sombrero y los senderos de baldosas amarillas desembocan en un círculo central delimitado por plantas. Los pájaros vuelven a sus nidos alborotando el inicio del ocaso. Nos ponemos en dos ruedas y seguimos, hay que encontrar eso.

Aprovechando la bicisenda de calle Bermúdez llegamos a la avenida Arijón, atravesando ese magnífico entramado de árboles altos y legendarias casonas. Poco después de pasar el Club Saladillo llegamos al borde del Parque Regional Sur y aparece el maravilloso sendero para bicicletas. "Exclusivo bicicletas. No acceder con animales sueltos", dice el cartel. Tomamos una bajada rodeada de álamos y palos borrachos, en el aire flota el aroma del pasto recién cortado, a un costado bordea la barranca del Arroyo Saladillo, más allá surge la chimenea del Swift y desde atrás suena el rugido hipnótico de la cascada.

"Acá nos traía mi tío", grita Santiago en el frenesí de la bajada, satisfecho. Casi que no puede creer que de forma tan azarosa hayamos encontrado la locación de ese viejo y escurridizo recuerdo. "Por acá mi tío estacionaba El Poderoso y tomábamos unos mates", dice con cara de estar reviviendo aquellos recuerdos. ¿Cómo diablos llegamos hasta el lugar? Simple, siguiendo la ruta de las bicisendas. Zona sur es el reino de las bicisendas, basta con mirar el mapa.

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En 1870 una fábrica inglesa de máquinas de coser, ante un bajón de ventas, incursionó en la fabricación de bicicletas. Un empleado ingenioso, James Starley, perfeccionó la michaulina: le quitó peso y mejoró la conducción, para avanzar más con la pedaleada agigantó la rueda de adelante que llegó a medir 1,28 m; para ello reemplazó los rayos de madera por rayos de alambre tensado. Surgió así el velocípedo de rueda alta. Sin embargo, las caídas violentas eran frecuentes; algunas ciudades prohibieron su uso para desdicha de los snobs que hacían rostro desde lo alto.

Después, en 1877, se introdujo la cadena de transmisión que reemplazo la tracción directa sobre la rueda y así se logró la perfección biomecánica en el pedaleo. Recién en 1884 John Kemp Starley enganchó la cadena a la rueda trasera; eso le permitió igualar el tamaño de las dos ruedas, bajar el centro de gravedad y ubicar los pedales en el medio de la bici. Junto con su socio organizaron una carrera (por entonces la forma en que se demostraban los avances en el diseño) y destrozaron el record anterior. La bicicleta segura Rover ganó el 90 por ciento del mercado. Pocos sustanciosos fueron los cambios que siguieron hasta hoy, la Rover estableció los parámetros medulares de cualquier bicicleta. En 1890 John Dunlop inventa el neumático de aire experimentando con tela y caucho; de esa forma le agregó una buena dosis de confort a la sacude huesos.

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Hacia finales de 1800 las mujeres no contaban con el beneplácito social para subirse a una bici. Tomar el manubrio, el contacto con el asiento y las polleras que se levantaban al viento eran demasiado para la pacata sociedad europea de la época; para colmo se sospechaba que podría provocar esterilidad. Por todo esto quienes se animaban a romper el hielo sufrían el rótulo de "mujeres de mala vida". Las cabezas femeninas de vanguardia harían de la bicicleta un inequívoco símbolo de la liberación.

Lejos y anticuado quedó todo aquello. Estoy pedaleando por la costa norte detrás de Gladis Tumini, que hace lo propio sin pausa sobre la bicicleta playera negra que alguna vez fuera de su hijo y —a fuerza de cansancio— hoy es de su entera propiedad. "La uso para todo, me encanta andar en bicicleta, en invierno también. Aparte me hace bien para la salud", cuenta mientras anda.

Detrás de los clubes de la costa, a la derecha, siempre el río. Surcando la amplitud de la avenida Colombres, lejos de cualquier edificio, cuerpo y espíritu son atravesados por una sensación de anchura. Esta calle no es hostil a las bicicletas. "Qué lindos los palos borrachos florecidos", comenta Gladis. Se frena y arranca una flor.

Pasando Puccio, ya sin obstáculos, el río aparece planchado, plateado por el sol de la mañana. Un puñado de personas disfruta de la rambla mientras los carritos empiezan a prepararse para el mediodía. En la playa no hay nadie más que los que limpian. Ahora, pasando el puente peatonal de La Florida, vamos por un sendero asfaltado bajo la sombra de los pinos que aparecen por el medio del camino.

Alguna vez Hemingway dijo: "Yendo en bicicleta es como mejor se conocen los contornos de un país, pues uno suda ascendiendo a los montes y se desliza en las bajadas". Ernest sabía de lo que hablaba, de él me acuerdo ahora que —después de aprovechar la bendición del envión pos bajada— la subida me está ganando la batalla y no sé que otro movimiento ensayar para avanzar mientras los cuádriceps amenazan con salirse de las piernas. Al parecer Gladis no experimenta nada de esto porque se aleja por encima de la cuesta como si nada, como si los más de 60 años que luce fueran un combustible para el pedaleo.

Finalmente supero la cuesta y —ya entrado bien en calor— llego al estacionamiento de Costa Alta. Gladis, que está intacta, espera sentada en un guardarrail bajo los viejos eucaliptus, mirando el río. No hay nadie más que ella. "A mí me encanta venir por acá, por el lado del río, ¿viste? Porque voy mirando el paisaje... igual que cuando voy hasta La Fluvial, que paro, aminoro la marcha y miro el río", dice. Detrás, sobre la infernal estructura del puente Rosario-Victoria, los autos que pasan parecen de juguete.

Entre accidentes y robos de cartera tres veces aterrizó con la cara en el asfalto, sin embargo nada ni nadie logró convencerla de que cuelgue la bicicleta. Claro, ¿a quién le gusta perder la libertad? No existen los pájaros que renuncien a volar. "Porque me encanta y me hace bien", responde sobre los motivos de esa decisión. "Porque no me gusta caminar. Aparte el médico me recetó que a partir de los 50 años viniera de Arroyito hasta La Florida todos los días en bicicleta, que no iba a tener problemas. Y es verdad".

"Cuando volvés por donde vinimos, cuando bajás, te da la sensación de que tenés Rosario a tus pies", dice Gladis sonriendo. Igual no hacemos ese camino. Tomamos la bajada empinada de la barranca rumbo a los muelles del Paseo del Caminante. Se escucha el sonido del viento repiqueteando en las orejas y el suave rechinar de la máquina en velocidad. Abajo, en la costa, dos tipos con las piernas hundidas en el río cargan de víveres una canoa de pescadores para cruzar hacia algún parador de la isla.

—Linda vista— le dice Gladis a un hombre que pasa montado en una playera pintada de todos colores.

—Eeeehh... esto es un espectáculo, lástima que la gente sea tan sucia— responde el viejo que va rumbo al bar.

Una piragua y una lancha de pescador es todo lo que hay cruzando el río. Sobre la costa, los lejanos edificios de Puerto Norte y el centro parecen un mascarón de utilería.

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Si hace rato que no sonríe, se lo recomiendo, vuelva a aquel lugar donde hace tantos años atrás hizo equilibrio por primera vez. Hoy estoy caminando, bajo un cielo de palos borrachos, por las piedritas naranjas sobre las que aquella tarde mi papá me soltó por primera vez. Más allá, la curva donde tuve mi primer caída, al lado de la doble fila de eucaliptus gigantes. En la cara, tengo la sonrisa de aquel día.

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