Domingo 10 de Agosto de 2008
Los posibles destinos de las mujeres eran diferentes de acuerdo con su situación económico-social y con su procedencia étnica. Aquéllas pertenecientes a la elite podían optar por ser esposas y madres de familia, ingresar como monjas en conventos o bien permanecer solteras. Todas estas elecciones no dependían de su decisión y propia voluntad, sino que en la mayoría de los casos influían en ellas importantes condicionamientos familiares, económicos y sociales. Todas las mujeres —no importaba la clase o la raza— estaban comprendidas en un denominador común: su ubicación estaba reservada al ámbito doméstico y en condición de dependencia directa de la institución familiar, bajo la tutela y protección del padre o el esposo y de la Iglesia.
Esa alternativa posible para la existencia de las mujeres tanto en las áreas rurales como en los pequeños centros urbanos —como el Pago de Rosario de los Arroyos— convertía al ámbito doméstico en su escenario natural. La función productiva y reproductiva que les estaba asignada se refería a tener sus casas ordenadas, preparar los alimentos, cuidar y criar a los niños, atender a los enfermos y encargarse de la confección de la vestimenta entre otras tareas, elementos que variaban si una mujer tenía acceso al servicio de numerosos criados o si debía repartir su tiempo entre el trabajo del campo y la atención hogareña.
(de Pueblo chico, infierno grande)