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Tango que me hiciste mal

Lucía Gálvez y Enrique Espina Rawson recorren las vidas de célebres compositores en Romances de tango

Domingo 06 de Abril de 2008

Los tangos narran más historias de desamores que de amores: la percanta que amura, la mujer fatal que traiciona, la que se va con el amigo más fiel y en menor medida, el que la seduce, el que la abandona o la echa a rodar", dicen Lucía Gálvez y Enrique Espina Rawson. Detrás de esas frustraciones, hay historias poco conocidas, las de los propios autores e intérpretes y que se proyectan de modo a veces oblicuo y otros más directo en las propias canciones. Romances de tango expone esas vidas y esos amores tan intensos como poco felices a través de una serie de relatos que abrevan en testimonios, memorias, investigaciones históricas y, sobre todo, letras de tango.

  Reeditado por Punto de lectura en Buenos Aires, Romances de tango recorre las biografías de Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Juan Carlos Cobián, Carlos Gardel, Alfredo Le Pera, Enrique S. Discépolo, Homero Manzi, Enrique Cadícamo y José María Contursi en procura de "destacar el papel que desempeñaron las mujeres «reales» en la vida de los compositores y poetas de nuestra música ciudadana" y al mismo tiempo encuadrar a sus protagonistas en la época en que actuaron y en la historia del tango.

  El contraste entre la madre abnegada y la mujer fatal es uno de los grandes tópicos de las letras de tango. "Hay una dicotomía fuerte, muy de la época victoriana —dice Lucía Gálvez—: la mujer que estaba dentro de su rol era un ángel, la que se salía era un demonio. Scalabrini Ortiz en El hombre que está solo y espera dice que el porteño es hombre de amistades y no de amor. Estamos hablando de los años 20 y 30, y es cierto, porque el hombre entonces no se entrega por completo al amor de la mujer, para él es más importante estar con los amigos, en el café, hablando de todo un poco e incluso de mujeres".

  El amor logrado es un tema raro en los tangos, y tampoco resulta frecuente en las vidas que investiga el libro. "Hay casos como el de Discépolo, que tuvo sus momentos buenos y sus momentos terribles con Tania, y casos como Gardel, alguien que no se podía enamorar. Gardel se divierte con las mujeres, las ve un poco como caballos de carrera. Además muchas macanearon diciendo que eran sus novias. Y a la vez es extraña la relación que tuvo con Isabel del Valle, que era casi una niña cuando se conocieron. Algo raro debía tener Gardel: no digo de homosexualidad, sino que no podía darse", señala Gálvez.

  El matrimonio aparecía entonces como el momento de sentar cabeza. "Cadícamo es el ejemplo más acabado. Se divirtió durante toda su vida, era un dandy, un bohemio muy particular, y tuvo éxito desde el principio con sus primeras letras, tanto que Gardel canta su primer tango, «Pompas de jabón». Y se casa a los 60 años con una chica de 25. En sus memorias cuenta que fue un enamoramiento súbito que tuvo y debe ser cierto, porque la vio una vez y cuando volvió a verla, recién un año después, la reconoció enseguida".

   No obstante, el matrimonio también aparecía como una forma de salvar las apariencias. "En 400 y pico de páginas de sus memorias, Canaro le dedica sólo dos a su «señora esposa», como dice, sin nombrarla. Y en los hechos se sabe que estuvo primero con Ada Falcón, que fue el gran amor de su vida y después con otra mujer con la que tuvo dos hijos y una casa. Su matrimonio era una fachada, fue muy hipócrita".

  La idea del libro surgió luego que Enrique Espina Rawson, presidente de la Fundación Carlos Gardel, leyera Historias de amor en la historia argentina, de Lucía Gálvez. "Fue un trabajo lindísimo de investigación porque tuve que escuchar muchos tangos", explica la historiadora. A la hora de escribir, "pensé en presentar las biografías en orden cronológico, para hablar también sobre cómo evoluciona el tango hasta llegar a la alta poesía con Manzi y casi a la filosofía con Discépolo".

  En esa línea, "al principio los tangos casi no tienen letras. Sus orígenes no son sólo prostibularios, como se dice, porque también se tocaba en casas de familia. Cuando empieza, el fenómeno de las letras revoluciona completamente el tango. En las primeras la mujer aparecen como las retrata Celedonio Flores: es una perdida y engaña al hombre. Después, con Cadícamo sobre todo, los compositores van teniendo como una misericordia, la tratan con más cariño. Aunque esa saña que tienen era también para salvarlas y además porque las comparaban con la madrecita que se la pasaba en el piletón".

  Como contracara de esos textos se afirmaban los principios de un fuerte machismo, en el cual la fidelidad era vista como un signo de debilidad del hombre. "Además las chicas destinadas al matrimonio eran intocables, una cosa era la mujer para casarse y otra la mujer para divertirse", dice Gálvez.

  "El tango refleja la sociedad, por eso tuvo el éxito que tuvo, e incluso profetizando, en el caso de Discépolo. En las letras nunca copia la realidad, pero pone partes", agrega la historiadora, y cita el ejemplo de "Malena", de Homero Manzi: "«Malena soy yo», me dijo Nelly Omar. Algunos pensaban que era una brasilera que cantaba tangos, pero yo creo que es Nelly, por lo que dice de la voz".

  La relación de las letras con las circunstancias de vida de sus creadores es evidente en el caso de "Sus ojos se cerraron", donde resuena el duelo de Alfredo Le Pera por la muerte de la actriz Aída Martínez y en los textos de Discépolo y Contursi. "En Discépolo uno va viendo cómo cada vez se envenena más, poniendo adjetivos más fuertes, más pesados", dice Gálvez. La primera edición de Romances de tango apareció en 2002 y su nueva publicación coincide con la salida de otro libro suyo, Martín Güemes, una biografía del caudillo salteño.

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