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Tan claro como el agua

Decir desierto es nombrar la ausencia de agua o su presencia mínima en gotas de rocío nocturno que alcanzan poco y nada para paliar las necesidades de bebida, higiene y cultivo.

Domingo 13 de Julio de 2008

Decir desierto es nombrar la ausencia de agua o su presencia mínima en gotas de rocío nocturno que alcanzan poco y nada para paliar las necesidades de bebida, higiene y cultivo. Un desierto lo es por la falta de agua, y por eso es sinónimo de sequedad y de agonías de toda forma de vida.

Según de qué región del planeta se hable, el agua será algo al alcance de todos los que la habitan, un bien caro y escaso promotor de disputas y muerte.

Cada vez más la amenaza de la contaminación de las fuentes de agua se cierne sobre todas las regiones y las voces de alarma empiezan a sonar aún en aquellos lugares en los que siempre la hubo en abundancia y para todos.

Las guerras del agua, en esta primera parte, encara el tema desde la óptica de las tensiones políticas que mueven a los Estados a planificar nuevos rumbos en las estrategias por la conservación o captación de nuevas fuentes del llamado "líquido elemento".

Desde canjes de deuda externa por políticas conservacionistas hasta la creación de entidades que, con apariencia filantrópica, avanzan sobre los Estados más pobres, toda una gama de recursos se abre ante la perspectiva de un mundo cuyas fuentes de agua son cada día más vulnerables.

Y no es poca cosa pensar que del total del agua de la Tierra sólo el 2,5 por ciento es potable, agua dulce para ser más exactos, y el resto conforma las enormes masas saladas de agua de los mares y océanos, cuya desalinización implica desorbitantes cantidades de energía y, consecuentemente, de dinero.

Superficiales o subterráneas, las fuentes de agua se contaminan día a día por agroquímicos, explotaciones mineras o actividades industriales de corte casi criminal. Cientos de personas mueren por falta de agua o por la ingesta de la que está contaminada con microbios patógenos, responsables de un gran número de enfermedades, o toxinas que no se degradan.

Deforestaciones, cultivos irracionales también agregan su cuota para que este recurso no renovable se convierta, lenta pero inexorablemente, en uno cada vez más caro y difícil de conseguir.

Bruzzone, experta en temas hídricos y como tal, consejera del Congreso nacional, expone el problema del agua con sólidos datos y explicaciones sobre las políticas de los grandes Estados y la situación de los países subdesarrollados y dependientes.

Esta primera entrega de su obra basta y sobra para poner al lector en estado de alerta, sugerir una actitud de mayor responsabilidad ante autoridades y profesionales del ambiente y promete nuevos aportes para los que entiendan que el remanido "agua que no has de beber, déjala correr" se transforme en acciones de cuidado y protección de este recurso que va camino a dejar de ser "corriente".

Con el riguroso sustento académico que caracteriza a esta colección, estos textos servirán de guía para profundizar sobre el tema y aceptar el reto que nos cabe a todos en las cuestiones relativas a los recursos no renovables.

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