Domingo 06 de Enero de 2008
Por ser un lugar lleno de mística, alimentada por su nombre, el encanto de Punta del Diablo es difícil de superar. Situada en la costa atlántica rochense, es rica en sorpresas y diversidad, es un lugar que impacta al visitante desde su arribo. Una amplia ribera rocosa, entre cuyos pliegues hay playas acogedoras, y el entorno humano de un pueblo de pescadores, en su mayoría dedicados al procesamiento artesanal del tiburón gatuzo (mide algo más de un metro y tiene un peso aproximado a los 6 kilos). Aunque no se caracteriza por una gran infraestructura (y ahí radica parte de su encanto), este lugar tiene todo lo que el veraneante necesita, tanto en lo referente a alojamiento como a gastronomía y consumo básico.
Pese a que en las últimas décadas muchos visitantes descubrieron el temple, potencial y temperamento de este pueblito que empezó a situarse como destino obligado de los turistas, Punta del Diablo sigue siendo un sitio de pescadores cuyos habitantes permanecieron durante años aislados y abocados a la pesca del tiburón. Un sitio que sigue viviendo al ritmo de las estaciones y las mareas y reivindica el contacto con la naturaleza como forma de vida.
Es un paradisíaco balneario al que se accede por el Kilómetro 298 de la ruta 9 (a 105 kilómetros de La Paloma), que nace como pueblo de pescadores y hoy, sin abandonar esa condición, está más enfocado al turismo.
Punta del Diablo es un viaje hacia el mar. Ahí no hay celulares, ni computadoras ni jefes. No hay hoteles 4 estrellas, ni dos, ni una. Sólo posadas y cabañas rústicas que crecen anárquicamente sobre las rocas, al borde de las dunas que van a morir al mar, pero que tienen todo lo necesario para atender al turista.
Las playas son espectaculares; al suroeste está la Brava, con olas que cortan el especial verdeazul del mar con espuma blanquísima y para los niños es ideal la Mansa, una tranquila bahía resguardada del viento.
En este pueblo es común hospedarse en las cabañas perfectamente equipadas para el turista. Una cita obligada es el restaurante El Camarón Alegre, ubicado en el acceso al pueblo, paralelo a la ruta 9. Un lugar cuyo aspecto exterior no condice con el encanto personal dado por la cordialidad, pero sobre todo buena mano para la cocina de Elizabeth, dueña del comercio. Ahí sólo déjese sorprender por el buen gusto de la cocinera, quien prepara deliciosos platos que generarán la envidia de los mejores chef.
