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Pablo Ramos: "No se puede escribir sin pasión"

No hay paz que no deje de pagar pleno tributo al infierno”, dice el escritor Malcom Lowry en su libro Bajo el volcán, libro que Pablo Ramos leyó a escondidas, en una biblioteca aún más escondida que tenía un cura de su barrio. Era adolescente y lo leyó todo de un saque como la Isla del tesoro, de Stevenson, o Los Cantos de Maldoror, de Lautreamont y El astillero, de Onetti.

Domingo 27 de Enero de 2008

No hay paz que no deje de pagar pleno tributo al infierno”, dice el escritor Malcom Lowry en su libro Bajo el volcán, libro que Pablo Ramos leyó a escondidas, en una biblioteca aún más escondida que tenía un cura de su barrio. Era adolescente y lo leyó todo de un saque como la Isla del tesoro, de Stevenson, o Los Cantos de Maldoror, de Lautreamont y El astillero, de Onetti. Sus lecturas iniciáticas hoy marcan su escritura. “Por momentos no entendía nada, pero ahí descubrí que la literatura es algo sublime”, confiesa el autor de “La ley de la ferocidad”, una novela que despierta “odios y amores”, según él mismo admite.

El tono de Ramos para hablar no difiere mucho del que utiliza para escribir. No para, afirma, se critica, avanza, mirá de costado, busca otro punto de vista, y arremete, molesta. Hay algo que zumba en quien lo escucha o lee. Y cada tanto lanza algún desafío, provoca: “La literatura es una herramienta de mentira para decir una verdad mucho más profunda, una verdad mucho más verdadera”.

En diálogo con Señales recorrió la gramática de producción de La ley de la ferocidad, su última novela publicada, donde el personaje central se asemeja a Ramos. Para escribirla removió en su propio dolor, escribió 14 horas diarias durante un año y medio, rompió el primer ejemplar por el pudor que le produjo leer sus propias anécdotas, y se alivió, admite hoy mientras rechaza a quienes escriben lejanos de la pasión. “¿Qué es esto posmoderno de la inutilidad de la literatura? Pura paja, ¿no?. Así escriben lo que piensan eso”, esgrime.

  —¿Los sentimientos aparecen igual si el texto no es autorreferencial?
  —Sí, absolutamente. De todos modos, yo creo que la gran literatura es autorreferencial. En El aleph, gran cuento de Borges, ¿cuál es la parte cuando se te caen las medias? “Beatriz soy yo, soy Borges”. Es cuando recae en esa primera persona, y encima le pone Borges. Nadie le fue a decir: “¿Lo suyo es autorreferencial, maestro?”. Se hubiera cagado de la risa. Igual Carver, o Cheever. Estoy escribiendo otros materiales, una novela policial en tercera persona, donde el personaje es un tumbero, que no soy yo. A ver... el personaje soy yo y no soy yo, el personaje es un alterego, arquetipos, egos experimentales para que el lector llegue a mí. Sí, lo reconozco con La ley de la ferocidad, como en ningún otro libro, yo quise que el lector llegue a mí, Yo tenía ganas de salir en la presentación desnudo pero no me dejaron, de hacer una manifestación aliteraria, de ir sin ropa, porque eso fue para mí “La ley...” Yo creo que con errores y virtudes, tiene la virtud de la búsqueda, y de jugársela, y de vez en cuando la virtud de la literatura.

  —¿No sentiste pudor?
  —No, para nada, en la presentación me hubiese gustado...

  —No, en el libro, de desnudarte tanto.
  —Ahí, sí, absolutamente. Si venís a mi casa podés mirar cómo quedó el primer ejemplar, yo lo rompí. Si Laura Restrepo no me daba manija capaz que no lo publicaba. Y bueno, ahí fue, causa amor y odio permanentemente, no pasa desapercibida.

  —¿Pero valió la pena, más allá de la frase hecha, por lo del pudor?
  —Pero sí. Permanentemente me cuestionaba: “¿Vale la pena escribir esto y mi mamá está viva? “¿Vale la pena que mis hermanos sufran al leer esto?”. Y sabés, vale la pena, la lectura familiar fue increíble. Mi madre me dijo: “Hay partes que me las salto, pero es lo mejor que escribiste, hijo”. Valió la pena el riesgo, por eso no es un truco ese doble plano del personaje y el que escribe, porque verdaderamente no sólo viví el conflicto moral como personaje sino también el de escribir la historia, se armaba una cosa doble, una especie de máquina de escribir como máquina del tiempo.

  —¿Hay que estar bastante loco para sostener ese doble plano?
  Hay que estar completamente loco, porque es el discurso de un esquizofrénico. La escribí en un año, yo tengo publicado el 15 por ciento de lo que tengo escrito, tardó meses, años en llegar a un cuento, en concebirlo, escribirlo, corregirlo, esto lo liquidé en un año y medio, catorce horas por día enfrente de un máquina de escribir. Hasta vendí un auto para poder sostenerlo. Me liquidó.

  —¿Y en ese rollo no temiste liquidar al lector?
  —Medio que va por el lector en algún momento, lo intenta, de algún modo intenta romper la soberanía aislada del lector. Pero Gabriel Reyes (el protagonista de la novela) está frito, porque es sensible a la belleza y eso lo mata.
Nada es gratis
  Reyes es un tipo de unos 35 años, que todo lo destruye. Se debate constantemente entre el poder y querer. No logra discernir si no puede o no quiere amar.
  La muerte de su padre lo lleva, en el par de días en que dura el velorio, a un recorrido geográfico por los lugares que habitó en su infancia y adolescencia, pero también por los sitios emotivos, “los pasionales”, diría Ramos. “Se compró la historia menemista: cocaína, putas y guita. Pero nada es gratis”, dice, y él lo sabe. Ha luchado contra algunos de esos fantasmas.
  Reyes igual busca una salida, no falta cierto misticismo en su vida, cierta espiritualidad, tampoco ternura o humor, acercados en la mayoría de las veces por otros personajes.

  —¿Hay pasajes un tanto místicos en la novela?
 —A mi me partió la cabeza un pensamiento de Santa Teresa: “Las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan, y la mueven hacia la ternura”. Las palabras alma o ternura son palabras dejadas de lado. Ahora los personajes tienen psicología pero no poseen alma, y tienen que tener psicología, cuerpo y también alma. Los sentimientos no están en la mente, son patrimonio del alma, del espíritu, el amor es motor del espíritu y, de ahí, motor del hombre. Pero es muy fácil que se pongan a la izquierda de ese pensamiento, entonces los intelectuales tienen miedo, creo yo, a hablar de esa manera. Yo nunca voy a decir que la literatura no sirve para nada, la literatura a mí me sirvió para cambiar de vida, para liberar un montón de cosas, me sirve para sacar cosas que me duelen, para entender cosas que me duelen del mundo, para entender mi relación con el mundo. No creo en la inutilidad de la literatura, cuando yo encontré la obra de Onetti a mí me cambió la vida ¿Qué es esto posmoderno de la inutilidad de la literatura? Pura paja, ¿no? Así escriben también los que piensan de esa manera. Con esa misma ausencia de pasión. No se puede escribir sin pasión.

Instantánea

Pablo Ramos nació en 1966 en Dock Sud, y se crió en Sarandí (Buenos Aires). Publicó el libro de poemas Lo pasado pisado (1997), la novela El origen de la tristeza (2004) y el libro de cuentos Cuando lo peor haya pasado (2005) que logró el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y el de la Casa de las Américas (Cuba).

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