Novela ganadora premio Musto: Para comerte mejor
¿Qué pasó con Razmeri? Es la primera pregunta con la que el lector se encontrará en La devoradora,
de Graciela Ballestero, la novela que obtuvo el premio mayor del Concurso Manuel Musto 2007...
23 de diciembre 2007 · 01:09hs
¿Qué pasó con Razmeri? Es la primera pregunta con la que el lector se encontrará
en La devoradora, de Graciela Ballestero, la novela que obtuvo el premio mayor del Concurso Manuel
Musto 2007, convocado por la Editorial Municipal de Rosario. Pero no es el único enigma, ni
siquiera el más relevante, porque devorar, como indica el diccionario, implica tragar con ansias y
apresuradamente, dejando las migas rodar en el mantel, en el piso; dejando las preguntas
suspendidas como restos mínimos e insignificantes de una realidad no tan liviana: "A veces me
espantaba descubrir que soy como todos. Me llena de pavor mi propia ignorancia, mi complicidad de
silencio, mi incapacidad de desarrollar un análisis esclarecedor de la realidad. Sólo me limito a
devorarla".
La novela avanza así, a fuerza de desperdicios que van
quedando de una comida frenética que la narradora realiza del mundo. Construida en torno a
fragmentos que simulan una intimidad, el relato se llena de digresiones, de pequeñas migas que
ocultan y silencian lo que ocurrió aquella noche de los 70 con Razmeri. De este modo, lo que se
cuenta nunca es lo más importante y las preguntas se multiplican, anulando a las anteriores. En
efecto, no interesa lo que sucedió, sino por qué y cómo. De eso, nos damos cuenta cuando avanzamos
con la lectura y, si seguimos un poco más, nos enteramos de que lo relevante es descubrir quién es
Razmeri verdaderamente, porque allí se encuentra la clave de todo: "Acaba de sentarse al piano. Con
la punta de los dedos acaricia la madera, la acaricia como el cazador que prueba la tensión del
arco. Ya se ha entregado al momento, ha hecho desaparecer todo lo que lo rodea [...] El primer
acorde lanza a los músicos y al público al abismo de las corcheas y las semifusas [...] Su cuerpo y
el cuerpo del sonido son dos entidades destinadas a enardecer los sentidos, a ejercer el despotismo
de la seducción". ¿Puede un músico como Razmeri, capaz de sumergir en un abismo musical a quien lo
escucha, cubrir una Bestia? Y esa Bestia, ¿puede incitar cazadores que quieran frenar su
desmesura?
Los personajes al acecho comienzan a aparecer, a deformarse
en las miguitas que la devoradora va dejando caer de la comisura de sus experiencias. Castigados y
castigadores a la vez, buscan cazar a una presa mayor, a Razmeri, para obligarlo a develar su
carácter bestial frente a todos. Porque esa es una de las aristas que Ballesteros ha sabido
explotar al máximo: la inclusión en la novela de la problemática del espectáculo, con sus ídolos
creados y artificiales, cuya máxima redención o ruina sólo puede y debe resolverse frente a sus
espectadores — lectores: "Las cámaras de televisión y los micrófonos apuntan al manager y el
manager les ofrece sus compungidas frases de policial clase B". La otra arista es la de la
dictadura que se desnuda: "Los vecinos de la cuadra hablaban con los de la vereda de enfrente, en
el mercado, en la verdulería, los compañeros de la escuela de música lo comentaban con amigos que
estudiaban otras carreras, y éstos con sus novias y sus primos, qué pasa, qué está pasando, ya
habían aparecido otros cuerpos, se habían descubierto otras muertes raras, cuerpos de hombres,
cuerpos de mujeres, conocidos y amigos que no habían vuelto a sus casas, hijos de esos hombres y
mujeres, criaturas de todas las edades que se habían evaporado...".
De este modo, el tiempo de la novela es dual; produce
retrocesos y avances en la memoria que fagocita dos contextos opuestos y unidos a la vez: el
presente, con el apogeo de una sociedad liberal de consumo y masiva que, si bien parecería emerger
en los 70, contrasta, por algún motivo apenas insinuado, con los años de la dictadura. La
emergencia de esos mundos despedazados se complejiza, deja de ser un mero trasfondo temporal para
señalar una conexión que se urde en el relato: los personajes bestias existen en ambos tiempos, los
personajes bestias siempre están ahí, ocultando o deformando la verdad, y, dentro de ellos, se
destaca La devoradora.
¿Quién es esta mujer que nos viene a contar sobre Razmeri,
sobre los setenta, sobre la actualidad, sobre su vida? ¿Quién, la que sale a cenar con Ele, esa
seudo pareja que le reclama la verdad sobre lo sucedido con Razmeri, para regocijarse, para
desenmascararla, para atreverse a amarla o no? ¿Quién es esta señora de cincuenta años que nos
cautiva con su discurso y nos devora en los callejones afilados de su voz? No sólo una víctima,
sino también victimaria, Bestia humana en todo su esplendor. El gran acierto de Ballesteros es la
apuesta por personajes que no son lineales, buenos o malos, sino contradictorios, buenos y malos a
la vez, víctimas y victimarios, castigados y castigadores, silenciosos y ruidosos; pero con la
necesidad impulsiva e instintiva de la bestia que necesita saciarse.
Seleccionada por un jurado compuesto por Angélica
Gorodischer, Daniel Link y María Cecilia Muruaga, La devoradora tiene todo el riesgo que un lector
puede pedirle a una novela; eso sí, si está dispuesto a correrlo, aún a costa de saber que puede
ser devorado por una trama, a veces, macabra.