Los dueños del sonido: los luthiers y sus secretos musicales
Tal vez sean exiguas las ocasiones en que los espectadores que presencian el concierto de una orquesta, se detengan a pensar cuáles fueron las manos artífices que dieron luz a esa maravillosa armonía que disfrutan.

Domingo 06 de Enero de 2008

Tal vez sean exiguas las ocasiones en que los espectadores que presencian el concierto de una orquesta, se detengan a pensar cuáles fueron las manos artífices que dieron luz a esa maravillosa armonía que disfrutan. Por detrás de la luces, las diferentes partituras musicales y los aplausos existe un conjunto de individuos que se entregan con pasión a darle vida al elemento esencial de cualquier tipo de música: los instrumentos.

Metidos en sus talleres, en los que abundan herramientas y diferentes tipos de maderas, los luthiers fabrican o restauran violines, chelos, contrabajos y guitarras, entre otros. En esos recintos el aroma a barniz se fusiona con el trabajo preciso, paciente y solitario, dando como resultado instrumentos únicos que cada vez se sienten más arrinconados debido a la competencia con la producción en serie.

El oficio de la luthería históricamente estuvo rodeado de un halo misterioso y secreto. Este mito fue creciendo y llegó a decirse que Antonio Stradivari guardaba celosamente la fórmula del barniz usado en sus famosos violines Stradivarius. Al menos desde el Renacimiento italiano, los conocimientos en la fabricación se transmitían de padres a hijos. Pero los tiempos fueron cambiando y lentamente todo ese aislamiento del luthier quedó en el terreno de las leyendas. En la actualidad, hay varias escuelas en las que se puede aprender el oficio, y los nuevos maestros no guardan ningún recelo en abrirle las puertas a aquellos que posean el don sagrado de fabricar instrumentos con sus propias manos.

 

Norte de música

El abuelo de Iván Blascovich llegó desde Croacia en los primeros años del siglo pasado. Al poco tiempo, viajó a lo profundo de la provincia de La Rioja e instaló una carpintería en la por entonces remota localidad de Chilecito. "En mi pueblo, yo iba a una escuela que tenía doble escolaridad, a la mañana estaba el bachillerato y a la tarde, bellas artes. Estudié piano durante cinco años, y a la luthería la empiezo a conocer a través del violín al tomar clases en esa misma escuela. Fue justamente un profesor de violín, César Llanos, quien supo guiarme y descubrir en mí la vocación de luthier. Entonces, como mi abuelo era carpintero y mi viejo herrero, las herramientas ya estaban en mi casa", recuerda Blascovich.

Ese profesor lo incentivó a que viajara a Tucumán para estudiar en la Escuela de Luthería de la Facultad de Arte de la universidad nacional de esa provincia, la única escuela oficial que existe en el país. "Así que terminé el secundario y viajé hacia allá. La escuela tiene una diagramación de cinco años y se hace un instrumento por año. Pero además hay materias como luthería teórica, física, química y botánica, porque vas estudiando todo el tema de la madera".

Blascovich tiene su taller escuela en el local 28 del pasaje Pam, ubicado en pleno centro rosarino (Córdoba 954). En ese ámbito realiza tareas de reparación, construcción y enseñanza de esta peculiar artesanía.

Con el habla lento y pausado en el que aún se desgaja una tonada riojana, Blascovich cuenta cómo fue su llegada a Rosario: "Cuando terminé la carrera en Tucumán, me volví a Chilecito y estuve cinco años trabajando en el tema, lo que me sirvió de experiencia. En 1997 me invitaron a una exposición en la ciudad de Santa Fe y un año más tarde la gente de cultura del Centro Municipal Villa Hortensia me convocó a hacer una muestra y a dar un curso. Así que ya me fui quedando por acá". En la actualidad, Blascovich tiene alrededor de veinte alumnos, lo cual no es poco para una actividad no muy difundida. "Además no es redituable en el corto plazo, este es un trabajo que requiere mucha dedicación y esfuerzo", asegura.

La relación que se da entre los músicos y el luthier —que en general también estudió música— es muy íntima. "En este oficio se requiere mucha confianza y uno no pueda engañar haciendo publicidad —explica Blascovich—; particularmente en este momento estoy trabajando a pedido y se charla mucho sobre la construcción. Entonces el compromiso mío es muy grande para con el instrumento y también con el músico porque todo el tiempo le muestro mi trabajo. No es que le doy algo cerrado y él no sabe lo que hay adentro".

Un violín, por ejemplo, está compuesto por setenta partes y la diferencia con la fabricación en serie es que un luthier le pone extrema dedicación a cada una de las piezas. "Entonces uno al final tiene la seguridad de que va a salir un buen instrumento y es notable la diferencia en el sonido", concluye Blascovich.

 

Sueño cumplido

En la familia de Gustavo Hoffmann no se registra ningún antepasado que esté relacionado con la música y mucho menos con la luthería. Tampoco tenía noción alguna sobre herramientas como la gubia o el formón, y sentía cierta envidia porque su hermano había hecho el secundario en el Politécnico mientras él se recibió de bachiller.

Cuando tenía aproximadamente 18 años, Hoffmann tocaba rock en algunas bandas efímeras de Rosario pero su inclinación hacia la música clásica se hacía cada vez más fuerte. "En ese momento no sabía si en la ciudad había algún luthier, aunque después me enteré que sí. Entonces, con la ayuda de carpinteros me hice mi primer guitarra y en ese proceso aprendí mucho sobre maderas y herramientas. El primer trabajo me salió más bien decente, entonces me hice otra más y mis amigos me empezaron a pedir que les hiciera una, y así fue que me fui enganchando cada vez más", dice.

Le aconsejaron ir a Tucumán a la Escuela de Luthería y no lo dudó un instante. Luego de hacer unas averiguaciones se contactó por teléfono con la escuela. "Cuando llamé y me dijeron que estaba cerrada por falta de alumnos se me vino el mundo abajo", recuerda. Dos años mas tarde se enteró que jamás había estado cerrada y ese misterio es algo que nunca podrá terminar de develar. Luego de superar la decepción, viajó a Buenos Aires donde realizó diversos trabajos para pagar la pensión en la que vivía.

"Allá trabajé con un luthier en restauración de pianos y construcción de guitarras. Aprendí a base de sacrificio puro, pero tenía una alegría inmensa. Luego volví a Rosario e hice unos años de experimentación mientras trabajaba de cualquier cosa. En los ratos libres, y sobre todo los fines de semana, aprovechaba y me dedicaba a la luthería", cuenta Hoffmann.

En 1998, como si fuese un llamado del destino, se enteró que la Escuela de Tucumán estaba perfectamente en funciones y decidió viajar a esa provincia. "No terminé la carrera porque había problemas internos, pero tuve la suerte de que los maestros me abrieran las puertas de sus propios talleres. Ahí me pasaba todo el día porque se aprende de otra manera. Ellos me permitieron ingresar de lleno a ese mundo y entonces lo que me restaba era volver y poner en práctica todo lo aprendido. Por suerte, tuve buena aceptación de los músicos de las orquestas y hasta el día de hoy cada instrumento que hago se vende enseguida", explica.

Hoffmann siente como un privilegio haber logrado dejar de trabajar por encargo: "Cuando empiezo a hacer un instrumento por mi cuenta, los mismos músicos se van enterando de lo que estoy haciendo y esperan para probarlo. El resultado es fascinante, porque cuando veo al músico tocando un violín o una guitarra me pongo a pensar que toda esa maravillosa música está saliendo de un pedazo de madera que hice yo".

Las palabras de Hoffmann brotan como notas musicales y en sus ojos pardos se refleja la felicidad que la da esta vocación. "Ser luthier es una bendición y hago lo imposible para que en un futuro, cuando yo no esté más, mis instrumentos hablen bien por mí".

 

Un rosarino al Colón

Federico Sanz proviene de una familia de músicos y estudió música desde muy pequeño. Hoy tiene 51 años, dos hijos y una pasión arrolladora por la restauración, no sólo de instrumentos sino también de automóviles antiguos. Por las ventanas de su taller ingresa la luz tenue de una tarde pegajosa de fin de año. Mientras le da los últimos retoques a un violín que acaba de reparar cuenta: "Siempre fui muy inquieto con todo lo que es la puesta a punto del instrumento. Como en mi adolescencia se hacía difícil viajar a Buenos Aires, y en Rosario no había quien lo pudiera hacer, me empecé a involucrar en este tema tanto por curiosidad como por voluntad propia".

Preguntó, observó e investigó y así, de manera autodidacta, se inició en el oficio. Pero en realidad se metió de lleno cuando un amigo suyo se involucró en la luthería. "Mi amigo Eduardo Gorr, que ahora está trabajando en Cremona (Italia), fue el que me entusiasmó, y me enseñó mucho. Pero lo que realmente me definió para trabajar de manera profesional fue un curso intensivo que dio un americano en Buenos Aires. El se entusiasmó tanto con mi manera de trabajar que estuvo 15 días compartiendo trabajos y estudios en mi taller. Incluso, quería que fuese a Estados Unidos a trabajar con él", evoca Sanz.

Tenía 21 años cuando ingresó en la Orquesta Sinfónica de Rosario como violonchelista y paralelamente trabajaba como luthier. A principios de los 90, el Teatro Colón se había quedado sin luthier estable y se hizo un llamado a nivel nacional. "Me seleccionaron a mí, y desde hace 16 años tengo la obligación de trabajar sobre los instrumentos de las dos orquestas estables del teatro", explica.

En la actualidad sigue con ese trabajo y nunca dejó de lado su carrera de músico. En referencia al tema de la importancia de ser músico para un luthier, Sanz agrega: "Me doy cuenta que la suma de las dos profesiones me otorga una ventaja. Porque muchas veces el músico viene y dice que no está sonando bien, entonces si uno está acostumbrado a escuchar y a ejecutar, se te crea un hábito auditivo que te das cuenta enseguida qué es lo que está pasando".

Sanz se considera un obsesivo de su trabajo y dice que le gusta diversificar. "No soporto ser un monje de algo, pero lo que hago me gusta hacerlo bien. Cuando trabajo de lo que me gusta pierdo la noción del tiempo y lo tomo como una cuestión muy personal. La restauración es un desafío porque hay que devolverle al instrumento determinadas condiciones tal cual fueron logradas en el origen, a pesar del paso del tiempo. Eso es restaurar", afirma.

Esta claro que no por nada Sanz es el responsable del sonido final de las dos mejores orquestas del país, la estable del Teatro Colón y la Filarmónica de Buenos Aires.