Domingo 03 de Agosto de 2008
A propósito de Beatriz (2006), un libro de poemas que rendía homenaje a Beatriz Vallejos tramándose en torno a sus palabras, María Teresa Andruetto (provincia de Córdoba, 1954) habló de "escribir con otros", en el sentido de pedir, tomar prestado, hermanarse "e incluso del deseo de ser prohijada por el otro". Una experiencia que tenía su antecedente en el libro Pavese (1997), donde trabajó con textos de Cesare Pavese. Precisamente ese volumen acaba de ser reeditado, con Kodak, aparecido por su parte en 2001, para componer una obra de extraña e intensa unidad, donde la elaboración de una lengua propia se afirma en la tensión entre lo familiar y lo desconocido.
Pavese, el escritor, remite aquí en primer lugar a la figura del padre, italiano, asociado con las historias de partisanos y vivo en la memoria a través de las palabras y las canciones que legó. Pero con sus textos y las citas que hace Andruetto —cada poema tiene como epígrafes fragmentos de los Diarios— su ámbito de proyección se amplía, como círculos que se abren en el agua: "Decir Pavese es también nombrar la muerte, los muertos que heredamos, la propia muerte, su presencia constante en la memoria" y también "el poema que viene a contar las historias que no pudimos narrar, aquellas que escuchamos de niños".
Esas historias son pequeñas, a veces consisten en una imagen y más que ofrecerse al relato proponen interrogantes, un sentido que sólo adviene si se vence la clausura del tiempo."Los manzanares viejos no tienen brotes", dice Andruetto en "No vayas en noviembre", un poema que transmite con muy pocas palabras el particular tono que recorre al libro; en "Instante", puede graduar la intensidad de la luz, pero al tiempo advierte que "están cerradas/ las viejas puertas". Tampoco se trata necesariamente de evocar un período feliz. En "Ahora que viene el tiempo de los pájaros", la enumeración de las cosas que significan la renovación, los nuevos estímulos de la vida, concluye con el señalamiento de una ausencia: "yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia/ tu casa". Y ese verso parece situar el lugar de Andruetto ante lo que observa y recuerda. Aun en "Víspera", el poema final de Kodak, el reconocimiento de un momento de plenitud no excluye el registro de cierta tristeza, que no es simple melancolía ni tampoco el duelo por una pérdida determinada, sino quizás el modo de experimentar la persistencia de presencias queridas, el modo de decir el dolor por su pérdida y el atesoramiento de sus gestos y voces en las palabras.
Los propios poemas son la forma de esa persistencia. No la única: "Desnuda en la tienda", un poema de extraordinaria belleza, habla de un suceso que se tornó imborrable porque se inscribió en el propio cuerpo y quedó fijado como una fotografía. Pero de nuevo lo más importante puede ser lo que se sustrae a la vista, lo que se oculta, como esa mujer que apenas puede distinguirse tras un grupo de niños, aunque en realidad "sostiene todo".
No hay, sin embargo, un culto a la nostalgia. Un poema como "Entre tus fauces" , con su oración al "río de lomo azul donde navego" para que se lleve la memoria estéril y devuelva el aliento y el cuerpo perdidos, muestra esa necesidad de librarse del peso que agrega el pasado. Si algo insiste, es porque las palabras del padre y de la madre han sido escuchadas. Esos otros con los que escribe Andruetto son parte de su círculo familiar, en la intimidad de lecturas, cantos y diálogos en piamontés. Una lengua extranjera que devino familiar en la escritura.
Pavese / Kodak - poesía, de de María Teresa Andruetto. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2008, 60 pp., $ 25