senales

Lecturas: Una fábula vertiginosa

Ricardo busca. Sí, por una de las calles de Atopia trata de encontrar el deseo, el goce del sexo o, en todo caso, la noche. ¿Pero adónde va la noche? Ya no lo sabemos. Algo buscamos en ella, sin embargo.

Domingo 24 de Febrero de 2008

Ricardo busca. Sí, por una de las calles de Atopia trata de encontrar el deseo, el goce del sexo o, en todo caso, la noche. ¿Pero adónde va la noche? Ya no lo sabemos. Algo buscamos en ella, sin embargo. ¿Satisfacernos? ¿Con qué? Nadie sabe adónde va la noche nos enfrenta a un personaje, Ricardo Rojas, que parece perderse en las luces metálicas de la noche en busca de complacer sus deseos más humanos y oscuros. Es el último libro de Beatriz Vignoli, polifacética escritora rosarina, de difundido reconocimiento y autora, entre otros, de los libros de poesía Almagro (2000), Itaca (2004), Antología poética (2004) y Soliloquios (2007), así como de la novela Reality (2004).

  En Nadie sabe adónde va la noche se acelera una prosa que enfrenta a Ricardo y a los lectores con los encantos y las decadencias, con las virtudes y los vicios, con los salvados y los hundidos de un mundo nocturno en plena diversión o, también, como él, en su búsqueda. Entonces, estalla la aventura porque, en apenas lo que dura una noche, el personaje se verá sometido a diferentes pruebas y peligros para hallar su tesoro: una mujer. De este modo, se nos hace participar, disfrutar, devorar y emborrachar con una cómica y seria aventura.

  Así es; cómica y seria por la ironía con la cual son absorbidos y tratados los personajes y el espacio de la historia: "Bienvenidos a Atopia, la inverosímil, donde los mozos y las floristas callejeras estudiaron literatura inglesa y los taxistas saben lo que es un perverso polimorfo". Lo que tiene de particular esta ironía, a la cual nos ha acostumbrado Vignoli desde sus escritos anteriores como Reality (Segundo Premio Manuel Musto de novela), es que uno nunca sabe si lo que se dice es sólo parte de la "inverosímil" Atopia o, como ella misma, también de nuestra ciudad y de nuestra realidad argentina y latinoamericana.

  Y eso se debe a que el juego que sostiene la trama del relato es el claroscuro. En efecto, porque Ricardo Rojas no es el escritor argentino, fundador de la primera cátedra de literatura argentina en 1912, sino "profesor de literatura Inglesa y Norteamericana I en la Escuela de Letras de la Universidad Nazi-onal de Atopia y autor, hasta donde puedo saber, de los sonetos en verso endecasílabo más interesantes de la primera década del siglo XXI". Ni tampoco Vignoli es la autora del libro, sino una prologuista que, al principio, se niega a cumplir ese rol, porque Ricardo le ha dicho que su novela es parecida al Ulises de Joyce y ella reconoce no estar a la altura de la tarea porque no ha leído la obra del bardo irlandés. Ni la novela es sólo una novela: "por su relato autobiográfico de las páginas siguientes". Menos aún, Atopia es pura invención: detrás de ella, o en sus bordes, o como una ruina inmensa, corroída y abrillantada en el acto de la escritura, está Rosario, sus calles, sus boliches, sus personajes.

  Las peripecias desbordadas de la aventura se conforman del encuentro con unos personajes que pertenecen a una ciudad donde lo grotesco y lo desopilante son lo cotidiano. Cada una de sus apariciones revela más y más la experiencia contemporánea de un cuarentón excluido de la diversión nocturna o al que le cuesta satisfacer su deseo, porque la mayoría de los espacios se hayan invadidos por seres extraños o por unos "extraterrestres" adolescentes "apocalípticos" que nada tienen que ver con él y con su cultura pasada de moda: "Vi más de lo mismo: chicos atopianos de veinte que querían parecer afroamericanos de veinticinco, con sus pantalones anchos de rappers, sus cadenas de plata de fantasía al cuello, sus pelos punk o sus buzos con la capucha puesta bajo sus gorras de béisbol al revés; chicas de la misma edad enfundadas contra el mundo en su vestuario paradójicamente seductor y cínico, esbeltas hasta lo evanescente como dibujadas todas por la misma mano japonesa de la industria del comic, y nada, nada más. Nadie más".

  En la zona de cruce entre lo real y la invención, de lo cómico y lo serio, Vignoli-Rojas nos ha entregado una novela multifacética, intensa y compleja, con sutilezas y significaciones que nos conducen a múltiples direcciones de lectura. Como el Aleph de Borges, ese puntito en un sótano oscuro, Nadie sabe adónde va la noche concentra en sí misma, de la manera más descabellada y perfecta, la experiencia nocturna de nuestro presente.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario