Domingo 28 de Septiembre de 2008
La tapa de El hombre desplazado anticipa lo que el lector encontrará páginas adentro: una fotografía del mismo Todorov, de espaldas a la cámara, y con su rostro vuelto hacia las aguas del Sena. Imagen que invita a ser leída en relación a ese relato a medias autobiográfico y a medias ensayístico que conforma el libro, la historia de alguien que en determinado momento de su vida debe optar por abandonar su patria de origen y adoptar una nueva. La historia de ese desplazamiento —territorial, lingüístico, político— es el que ocupa las primeras páginas del libro.
Lejos de transformar esa memoria del desarraigo en una justificación de su propia existencia, Todorov intenta extraer el caudal de posibilidades que supuso para su propia vida profesional: "no toda escisión ni toda fisura constituyen una maldición (...) El individuo no vive una tragedia por perder su cultura de origen a condición de que adquiera otra. Lo constitutivo de nuestra humanidad es tener un idioma, no tal o cual idioma", asegura.