La ruptura del silencio
En El Siluetazo, Ana Langoni y Gustavo Bruzzone compilan ensayos sobre las imágenes que representan a los desaparecidos

Domingo 03 de Agosto de 2008

Sobre fines de 1983 se llevó a cabo, como protesta que acompañaba a las Marchas de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo, un acontecimiento que se denominó El Siluetazo, y que consistió, fundamentalmente, en el dibujo de siluetas que representaban a las personas desaparecidas durante la dictadura; su recorte en papel y el pegado de las mismas por la ciudad. En los proyectos, iniciados en 1982 por los artistas Rodolfo Agueberry, Julio Flores y Guillermo Kexel, la idea partía de una inquietud sobre la monstruosidad espacial del terrorismo de Estado, formulada al modo de una ecuación geométrica: si una persona adulta mide en promedio una superficie de 1.75 x 0.60 metro, ¿qué espacio ocupan 30 mil personas?

La pregunta por los desaparecidos en tanto cuerpos quitados del territorio encontró en El Siluetazo un modo de visualizar la violencia que era al mismo tiempo una protesta política y una redefinición de la práctica artística. En tanto momento de discurso grupal, la experiencia daba cuenta del encuentro entre una demanda social y la creación colectiva: la simple tarea de dibujar, recortar y pegar logró que en las sucesivas "silueteadas" la actividad superase la participación de los artistas y se extendiera a los transeúntes, quienes ponían el cuerpo para trazar las figuras a escala normal.

Las siluetas, que originalmente fueron representadas de pie y anónimas, —en acuerdo con la consigna de "Aparición con vida"—, luego se compusieron como cuerpos de embarazadas y niños, o sobre el piso, según el reclamo de indagar sobre la muerte. Es decir, no sólo no concluyeron en un acontecimiento aislado sino que se transformaron en un procedimiento artístico reapropiado y reformulado por la comunidad. Los espectadores se convirtieron en productores.

Ana Longoni, quien ha investigado sobre las prácticas de activismo artístico y político en Argentina, y Gustavo Bruzzone, juez y editor de la revista de arte Ramona, compilan ahora en un libro los documentos de aquella experiencia: los proyectos, hasta ahora inéditos, que dieron origen al Siluetazo y fotografías de ésta y otras protestas llevadas a cabo por artistas durante esos años, en el país y el mundo.

Siluetazo/Silueteada

Dos términos dialogan a lo largo del libro y articulan puntos de vista dentro de la investigación. Son "siluetazo" y "silueteada". El primero denota el acontecimiento histórico, ligado a las revueltas populares. El segundo realiza la afirmación de una práctica, la acción colectiva, temporal, que transforma momentáneamente el espacio, agresivo e inhabitable. En dicha "obra en progreso" colectiva, las sucesivas "silueteadas" no tuvieron lugar solamente en septiembre de 1983, sino que se prolongaron hasta 1989, como pedido de aparición con vida de los desaparecidos primero, contestación a las leyes de obediencia debida y punto final después, y como rechazo a los indultos decretados durante el menemismo.

La práctica se vinculaba, además, con las acciones artísticas iniciadas en el país durante los 60, y con otras expresiones, como las del grupo Cada durante la dictadura chilena. Asimismo generó sus propias proyecciones en las protestas gráfico-callejeras que se continuaron desde diciembre de 2001. En otras palabras, una lectura histórica del "siluetazo" propone una lectura transversal de las "silueteadas" como prácticas sociales, que generan momentos de alta expresión y ruptura si se hallan ligados a la cultura popular y sus demandas.

¿Arte o política?

En las ideas iniciales del libro se conceptualiza con claridad dicha voluntad de relación entre práctica artística y activismo político. Como señalaron los iniciadores del proyecto, se trató de "crear un hecho gráfico que golpee por su magnitud física y por lo inusual de su realización y renueve la atención de los medios de prensa".

La búsqueda de la expresión por medio del shock visual se vincula no sólo con la vanguardia, sino también —como dice Eduardo Grüner en el libro—, con los distintos modos de presentificar lo ausentado por la fuerza. Así, representar el cuerpo se vuelve un acto de sustitución y de recomposición de lazos sociales, al tiempo que escenifica el terrorismo de Estado silenciado.

El volumen contiene, además de los documentos, una serie de ensayos críticos. En ellos, una cuestión insistente es por qué El Siluetazo quedó relegado a la memoria de las protestas por los derechos humanos y no se integró dentro de la historia de la vanguardia artística argentina.

Roberto Amigo lo define como el acontecimiento más relevante de una serie de acciones estéticas vinculadas a la praxis política, ya que no surgía a partir de una conciencia artística. Pero no se trató de una mera estetización de la violencia sino de la elaboración de una metáfora y un ritual, esto es, la puesta en marcha de un procedimiento que se repite y se recicla, con el fin de revertir el genocidio, como señala Gustavo Butnix.

Carlos López Iglesias incluye a las siluetas dentro del lenguaje visual construido por las Madres, como los pañuelos con los nombres inscritos o las manos, que representan tanto al conjunto como a la individualidad. Santiago García Navarro destaca que, pese a su inevitable vinculación con los procedimientos de la vanguardia política, la "silueteada" no se disuelve en lo político sino que encuentra en lo estético su motor de resistencia específica.

El libro concluye con ensayos que esbozan el legado del Siluetazo, como los escraches y otras acciones de protesta que se vinculan con la performance: más que evocar la memoria, la realizan, dice Estela Schindel. No abogan por la monumentalización de imágenes sino que impulsan la memoria viva sobre el espacio público.

Ignacio Liprandi refiere cómo estas prácticas abrevaron de la tradición del arte conceptual latinoamericano, formulándose como invectivas ideológicas. Este conceptualismo habilitó, según Laura Fernández, la ruptura del silencio, ya que "la silueta interpela desde ese lugar donde estando tomado por el vacío se instala ahora una mirada".

Si la actual investigación en el marco de las ciencias sociales propone, cada vez con mayor firmeza, a la interdisciplina como una herramienta de análisis necesaria, la compilación realizada por Longoni y Bruzzone resulta afín a esta metodología. Se trata de una documentación múltiple, de gran interés, tanto para un análisis histórico y sociológico como para una investigación artística y literaria sobre la cultura argentina de fines del siglo XX.

 

El Siluetazo - ensayo, de de Ana Longoni y Gustavo Bruzzone (comps.). Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2008, 511 pp., $ 72