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La potencia de la poesía, Francisco Gandolfo y sus "Versos de un jubilado"

Ediciones Ivan Rosado publica Versos de un jubilado, de Francisco Gandolfo (1921-2008). En esta entrevista inédita, el poeta cordobés recuerda sus comienzos como escritor.

Domingo 16 de Junio de 2013

Francisco Gandolfo nació en 1921 en Hernando, provincia de Córdoba. Vivió en Leones, San Rafael y Buenos Aires, y en diciembre de 1948 se radicó en Rosario, donde fundó la imprenta La familia. Entre 1968 y 1976 dirigió la revista El lagrimal trifurca. Publicó entre otros libros de poesía Mitos (1968), El sicópata (versos para despejar la mente) (1974), Poemas joviales (1977), Plenitud del mito (1982), Presencia del secreto (1987), Las cartas y el espía (1992) y El búho encantado (2005). Falleció en 2008, en Rosario, y dejó varios libros inéditos, de los cuales Ediciones Ivan Rosado acaba de publicar Versos de un jubilado.

Esta entrevista se realizó en 1999, época en que Gandolfo, ya retirado de la imprenta, ordenaba sus papeles y documentos en un archivo que dio origen a otro libro, Correspondencia (2010). El próximo sábado Versos de un jubilado será presentado en el Club Editorial Río Paraná (ver aparte).

—¿Como descubrió la poesía?

—A mí lo que más me atrajo, desde adolescente, fue la música. Empecé a estudiar, hice lo que pude y me di cuenta que no tenía pasta. Lo que más sentía era la música y quise estudiar, agarré un violín un par de veces y después lo tuve que largar porque había perdido el trabajo. Como también me gustaba la lectura, en general, antes de los 20 años ese ansia por la música fue copado por la poesía. Después me tocó el servicio militar, en San Rafael, y ahí empecé a leer mucho, hasta El Quijote, y también haciéndome mandar libros por mis hermanos. Tuve la suerte de que me liberé de la fajina y los trabajos pesados; al ver que tenía cierta facilidad para escribir, me pusieron de furriel, que era el que redactaba los partes y las órdenes de los escuadrones, y eso me vino bárbaro. Como estaba el asunto de la Segunda Guerra Mundial, en los cuarteles retenían a los soldados, no los dejaban ir enseguida. Pero ese alargue me vino bien.

—¿Antes hubo alguna lectura que lo incitara especialmente a escribir o que le hiciera proponerse ser un escritor?

—Pese a que nunca me atrajo la política, mi primer contacto con la literatura se produjo a través del Partido Socialista creado por Juan B. Justo, porque dos cuñados míos pertenecían a esa corriente ideológica que fomentaba la literatura a través de diarios, periódicos, libros y bibliotecas. Apenas llegué a la adolescencia, la poesía me tocó mágicamente la sensibilidad, con un poema que le leí a uno de mis cuñados. Y estos versos, que a mí me conmovieron, a él lo dejaron indiferente. Entonces opté por la poesía, por la literatura, respetando aparte todo lo que la política pueda tener de respetable. Por otra parte, creo que no es una lectura sino un mar de libros lo que lo incita a uno a escribir. Y en cuanto a proponerse ser escritor puede ser, porque el mismo Borges expresó que desde niño sabía que esa iba a ser su vocación. Pero no se puede afirmar eso respecto de la poesía, por ser el arte supremo de la palabra. En este caso conviene tener paciencia, dejar que el tiempo dictamine.

—¿Cómo fue su etapa previa? ¿En la infancia apareció ese interés?

—En nuestra familia éramos seis hermanos: tres mujeres y tres varones. Nos quedamos sin padre temprano. Mi vieja, italiana, no tenía estudios. Mi padre tuvo la desgracia de ser naturalista y murió a los 40 y pico de años: en esa época era tal la exageración de vivir con las cosas elementales, de eliminar la carne y demás, que mi viejo se vino abajo, empezó a sentirse mal y murió. Vino de la alta Italia a trabajar, puso un comercio donde vendía de todo un poco y le iba muy bien. Pero cuando murió nos quedamos en la vía. Tuvimos que salir a trabajar todos los hermanos, e incluso mi vieja. Fue muy triste. Y muy interesante. Ya no era la cosa servida, tenías que ir haciéndote. Yo empecé a los 10 años, vendiendo diarios. Hasta que empecé a odiar los diarios, los tiraba, o los escondía. No quería hacer eso. Así que me metieron en una imprenta. Ahí empecé con un oficio que está relacionado en cierta manera con la poesía.

—¿Cómo escribió Mitos, su primer libro publicado?

—Salió de un poema, creo que el primero. Vi que estuve en condiciones de largarme, sin pensar "uy, esto a la gente no le va a gustar". Me di cuenta que eso era moderno, ahí empecé a engranar y salió el libro. Cuando te viene el asunto de largarte, hay que jugarse entero. Antes había hecho un par de libros, aunque ni fu ni fa. Pero estaba cambiando. Y con Elvio, mi hijo mayor, se me facilitaba la cosa. El compraba todo y decía, por ejemplo: "Esto no vale la pena que lo lea". Para que no perdiera tiempo, porque yo tenía que dirigir la imprenta.

—¿En qué momento escribía?

—Cuando podía. A la noche, cuando se habían acostado los chicos. Tenía un par de horas. A veces me pasaba y a la mañana siguiente, en la imprenta, atendía a la gente con los ojos desorbitados.

—-¿Cómo apareció el personaje del psicópata, del segundo libro?

—Fue una mezcla. La milicia me vino bien porque era un mundo nuevo. Acostumbrado a la calle y a la cosa directa, de pronto te encontrabas con un montón de temas; llega un momento en que sentís que es no digo un disparate, pero... Busqué la manera, y la que mejor me parecía era tomarlo como una especie de enfermo mental. De eso la milicia tiene bastante. Y aparte todas las experiencias de ser un padre con seis hijos, que manejaba una imprenta. Imaginate, todo lo que tenía que hacer, no daba abasto con la imprenta y encima llevaba adentro la poesía. Pero llegó un momento en que me surgió El sicópata. Tomando la realidad concreta que todo el mundo maneja, pero llevando a la vez una poesía con cierta potencia. La potencia poética no me la daba el manejo del negocio; al contrario yo buscaba otra cosa, estaba haciendo algo que me repelía, pero yo lo necesitaba porque tenía que alimentar a los hijos. Y yo ya me había embalado en la poesía. Me dije: "No, esto vale más que todo el trabajo"; pero el trabajo había que hacerlo, había que morfar. Era una especie de locura la que yo tenía. La poesía, lo más lírico, chocaba con lo concreto que le llaman del negocio. Entonces, dije, "¿cómo hago para no enloquecer? Bueno, ¡haciéndome el loco!" Al mismo tiempo, me preguntaba: "¿Cómo puedo expresarme de una manera que tenga potencia?". Y surgió este loco. En general, me sirvió después para seguir con otros temas, donde ya no se trataba de la locura sino del arte poético con más libertad. Incluso me animé a seguir expresándome con cierta locura, bien manejada.

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