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La insistencia de la memoria

Pasaron algo más de treinta años desde que Laura Alcoba se instaló, junto a su madre, en esa casa de La Plata. Entonces, ella era una niña cuyos juegos se desarrollaban sobre un territorio muy particular: en esa casa su madre pudo sobrevivir en clandestinidad y a la vez encargarse de la impresión de "Evita Montonera", mientras la cría de conejos hacía de pantalla.

Domingo 27 de Abril de 2008

Pasaron algo más de treinta años desde que Laura Alcoba se instaló, junto a su madre, en esa casa de La Plata. Entonces, ella era una niña cuyos juegos se desarrollaban sobre un territorio muy particular: en esa casa su madre pudo sobrevivir en clandestinidad y a la vez encargarse de la impresión de "Evita Montonera", mientras la cría de conejos hacía de pantalla.

Esa nena no entendía muchas cosas, pero sabía de qué se trataba, sólo que para ser parte, casi sin elección, debió callar. No decir su nombre, ocultar su domicilio, ser otra ante los extraños. No quejarse ante la requisa en la cárcel cuando visitaba a su padre, pero por sobre todo no hablar.

Ahora, Laura Alcoba encontró todos esas palabras y, como entonces, las puso en juego y escribió una novela, La casa de los conejos (Edhasa).

La escritora reside en París, allí llegó poco después de que cayera el gobierno de Isabel Perón y de que los militares tomaran el poder. Desde los 10 años ese es el territorio donde vive Laura, pero no el de aquella niña que, con insistencia, la llevó de la mano otra vez a esa casa para que esta vez sí pudiera decir lo que ocurría.

El libro de Alcoba es un ejercicio de memoria plasmado en la voz de una niña, Laura de pequeña. Pero no se limita a un registro autobiográfico, o a la mera ficción con una base histórica. Se ubica como por encima de esas opciones. Guía la mirada del lector al propio registro de esa nena de 7 años que mira todo con el típico asombro infantil.

La historia opera sobre un doble registro que describe un mundo absolutamente adulto pero dicho con la ternura y la inocencia de un niño. El efecto que eso provoca no está ajeno a lo siniestro, y a una profunda tristeza, pero también se acerca a la valentía, por dar testimonio.

Hay palabras clave que, puestas en la trama, dicen mucho. Una de ellas es embute, un término que como tal no está reconocido, pero que, valga la paradoja, encierra un significado que envuelve la novela de Alcoba.

En esa casa de La Plata un ingeniero construye un embute para poder instalar la imprenta clandestina, y también construye parte de la historia trágica de este país.

En diálogo con Señales, Laura Alcoba da vueltas una vez más en torno a los recuerdos para recrear su historia, esa que escribió en su libro y que dedicó a Diana Teruggi, habitante de La casa de los conejos y que murió a poco de ser madre durante un feroz operativo militar. Su hija, se especula, sobrevivió y podría ser una integrante más de la repudiable lista de niños apropiados.

—¿En la decisión de escribir influyó un viaje que hiciste en el 2003, donde quisiste ver qué había quedado de aquella "casa de los conejos"?

—Sí, fue en el 2003. Había vuelto antes al país, pero nunca a la casa. Tuve el deseo de volver, creo que tuvo mucho que ver que ese viaje lo hice con mi hija. La sensación clave fue el hecho de encontrarme viva y ser madre. Fue volver a una casa donde habían sido separadas una madre y una hija. Todo eso jugó como una especie de imagen invertida, un negativo sobre los vivos y los muertos.

—¿Por qué escribiste el libro en francés, lo forzaste?

—No, en absoluto. Escribirlo en castellano, para mí, hubiese sido forzarlo. Yo llegué a Francia a los 10 años, estudié Letras en Francia, escribo en francés habitualmente, es mi modo de escritura. Para mí fue la lengua de escritura que se impuso, no lo hubiese escrito en otro idioma. Es verdad que creo que me ayudó a darle una forma, porque la impresión que tuve es que estaba sacando de un rincón de mi memoria, de un lugar un poco oculto, algo que quería dar a otros. Creo que el filtro lingüístico me ayudó. Al mismo tiempo, es verdad que hay momentos en la versión de origen en que aparecen palabras en castellano, como el juego con las palabras cruzadas, porque ahí aparece lo que resultó ser el nudo del libro, que es esa cuestión de azar: cómo nos salvamos y por qué. El libro fue para mí plantear por dónde pasó la frontera entre los vivos y los muertos, cómo se dibujó esa fronteras. Hay también otras palabras sueltas en castellano, impresiones, donde mis dos idiomas se confundieron o se encontraron.

—En tu novela aparece un doble juego entre el material autobiográfico y el juego de palabras. ¿Esa es la dimensión en la que se ubica la palabra embute, una de las claves del libro y de la historia?

—Yo trabajé sobre un material real y, al mismo tiempo, sobre esa materia prima traté de conservar lo que me parecía tenía una lectura o un eco simbólico o poético, y sin dudas el embute es real y al mismo tiempo sugiere muchas cosas.

—El título del libro en francés es Manège. ¿Qué significa?

—En la traducción se perdió el juego de palabras que existe en la versión en francés. Manège es calesita, y aparecen varias en el libro; manège también evoca el movimiento de la memoria, esos recuerdos que habían girado sobre si mismos en mi mente como una especie de calesita obsesiva, perpetua. Al mismo tiempo manège significa manipulación y en el libro aparece la hipótesis de una manipulación bastante sofisticada por parte del ingeniero, la persona que realizó el embute. Pero ese juego de palabras no se podía traducir. Entonces apareció La casa de los conejos, que había sido uno de los títulos de mi primer borrador.

—¿Sentís que con el libro lograste revertir ese mandato que te obligaba a callar?

—Efectivamente, hay como un peso sobre el libro, que es el peso del silencio, y hablar o contar después de tantos años es una manera de superar ese momento.

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