senales

La historia desde la intimidad personal

El Museo de la Memoria exhibe Nexo, ensayo fotográfico de Marcelo Brodsky. Una notable reflexión sobre el pasado que redescubre el sentido mismo de la reconstrucción

Domingo 27 de Julio de 2008

El exilio durante la última dictadura, la Escuela de Mecánica de la Armada, los expedientes judiciales sobre las violaciones a los derechos humanos, libros que fueron enterrados por miedo, los restos de la fachada de la Amia. Y la propia historia, marcada por la represión y la desaparición de Fernando, su hermano. Marcelo Brodsky recorre a través de esas estaciones el pasado reciente y sus proyecciones en el presente de la Argentina en Nexo, el ensayo fotográfico que expone estos días el Museo de la Memoria de Rosario.

Brodsky recurre a la fotografía, el video, los textos. Incluso al álbum familiar, para rescatar fotos de viejos amigos que emergen, a través del tiempo, con un sentido inesperado. Incluso a las imágenes que estaban destinadas al secreto y al silencio, como la de los prisioneros fotografiados en la Esma. Incluso al registro mismo del deterioro, como el Bosque de la Memoria, en Tucumán, un espacio proyectado para conmemorar a las víctimas de la represión en esa provincia y que en apenas cuatro años devino en un monumento al olvido. Un conjunto de procedimientos donde puede observarse el sentido que le adjudica al trabajo de la memoria: no la conservación acrítica de un relato sino la exploración constante de sus significados, la interrogación de la experiencia propia y colectiva como instancias indisociables, su reinvención.

Nexo propone no sólo una reflexión sobre el pasado sino también sobre el modo en que se lo transmite. ¿Cómo te has planteado ese trabajo?

—Hay una cuestión histórica y de memoria de lo ocurrido en Argentina y es que la narrativa basada exclusivamente en un texto no llega o aburre o se repite a sí misma y pasado cierto tiempo pierde un contenido emocional, pierde la posibilidad de llegar a contar lo que sucedió de un modo inteligible en lo emocional. Me interesa contar de una manera más personal, más íntima. Mi primer libro, Buena memoria, fue el trabajo que motivó esa reflexión sobre una forma distinta de contar y después se continuó con Nexo. Busco maneras de contar un poco más complejas que la mera narrativa, en la que intervienen elementos de texto, elementos visuales y sonido, que se corresponden un poco con el tipo de información o cultura visual que tienen las nuevas generaciones.

—Desde tu primera muestra, Palabras (1986), hay un relación fuerte entre palabra e imagen.

—En realidad la primera obra artística que hice pública fue Parábolas, un libro de poemas, que yo escribí en el exilio, en Barcelona. Cuando volví al país, en 1984, 1985, ya era fotógrafo. Pero mi primer ensayo personal es un ensayo en el que trabajo la palabra dentro del espacio público, hago recortes en los que la palabra constituye una imagen y el significado se relaciona con la imagen de una manera no directa. Ese fue un momento de comienzo para mí en que esta relación palabra-imagen se manifestó como elementos visuales que trabajaban con la palabra. Ya después en Buena memoria lo que hay es una combinación de palabras, de textos y de imágenes en la que los dos lenguajes se integran en una obra en la que se ven juntos. Tanto en el libro como en la muestra, algunas de las imágenes llevan adjunto un texto que forma parte de la obra. En el caso de Nexo, se manifiesta como la reconstitución de palabras fragmentadas, la recomposición de textos rotos por la represión, como es el caso de los libros desenterrados y del Bosque de la Memoria de Tucumán.

—Estando tan marcado por los hechos de la dictadura, con la desaparición de tu hermano y tu propio exilio, ¿cómo pudiste empezar a trabajar desde el arte con esa historia?

—Sólo a partir de que tuve armada una familia, un medio de subsistencia, un perfil propio, me sentí seguro para meterme con el tema. Y además fue el paso del tiempo. En el 96 se cumplieron veinte años del golpe y empezaron una serie de homenajes, hizo falta ese tiempo para abordar estos temas con la distancia suficiente para no sufrir demasiado en el intento, y entonces se juntaron una serie de elementos. Me llevó mucha energía hacer Buena memoria y al mismo tiempo ese trabajo tuvo una trayectoria fulgurante, porque se constituyó en un referente de época y me cambió la vida. Empecé a viajar por todo el mundo con esa muestra, la llevo expuesta más de 115 veces.

—"Los condenados de la tierra", la instalación sobre los libros enterrados por miedo a la represión, y luego la búsqueda de los restos de la fachada de la Amia, también parte de Nexo, se plantean como "actos cortazarianos". Es decir que la tragedia no excluye las intervenciones lúdicas.

-Sí, lo cortazariano tiene un elemento de juego, un elemento de sorpresa y un elemento de cierta complicidad en el lector. Cortázar era un tipo sumamente interesante en el modo diverso en que abordaba cada obra y en las disciplinas y en las formas distintas en que se aproximaba. Hay una serie de elementos visuales en su manera de crear que me resultan inspiradores. En relación con él me pongo en una posición de discípulo, de tomarlo como referente de formas de crear. De alguna manera tomar las piedras de la Amia y construir una estrella imaginada es un acto también un poco lúdico con un elemento trágico. Todo eso constituye un elemento que le agrega complejidad a la propuesta y le da un mayor interés.

—Lo emotivo, cuyo valor está puesto de relieve en tu obra, ¿no puede perturbar la visión de estas cuestiones?

—A mí me interesa generar una propuesta que provoque una reacción emocional en el que ve. Una reacción emocional y reflexiva al mismo tiempo. En general se me tiene que mover algo a mí, para que sea yo capaz de mover algo en el otro. No me interesa un arte sin emoción, un arte frío, sino todo aquello que pueda comunicarse emotivamente con el otro, quizá continuando una tradición que empecé con el libro de poesía, una vena emocional en la comunicación. Hay una relación entre la fotografía y la poesía, como podría haber entre el cine y la narrativa, una relación de brevedad, de concisión y de emoción.

—¿Seguís escribiendo poesía?

—No, pero escribo otras cosas. Los textos de Buena memoria tienen un elemento poético, aunque no tengan la forma de la poesía. Lo central de mi producción cultural es lo visual, pero el texto está ahí metido y además en esta época de transformación de los lenguajes artísticos, las disciplinas y los géneros se entremezclan y no tienen una separación tajante. Pintura, instalación, fotografía, video, teatro, todo puede ser aprovechado en tanto y en cuanto permita el objetivo del autor. Uno se forma en un medio, que es el que conoce mejor, pero eso no significa que sea el único que pueda utilizar. Hay una especie de cosa multidisciplinaria para el abordaje de estos asuntos, en cuanto a la forma en que yo entiendo la comunicación. Creo que el arte es comunicación, aparte de artista soy un profesional de la comunicación y me interesa que la obra se comunique y se manifieste ante un público que va mucho más allá de los amantes del arte. Ese tipo de experiencias también es cortazariano, meterse con un público que no se espera algo y de repente se pregunta "¿y esto qué es?". Entonces se pone a pensar en algo que no estaba previsto. Me interesa esa posibilidad de subvertir el pensamiento y cuestionar.

—Otra obra, "La caramelera" recobra un objeto de la infancia. ¿Qué perspectiva supone algo tan personal para la memoria?

—Es una obra íntima, que recoge elementos significativos de mi paso por el mundo: los caracoles, los carbones, las distintas cámaras que usé y ya no andan, las distintas acreditaciones, esos elementos que se convierten de repente en un pequeño memorial de una vida, de una trayectoria, las monedas de los viajes que se van juntando. Entonces es una aproximación más personal, más subjetiva, como diciendo: la memoria me interesa no solamente por su aspecto político sino como una forma de aprendizaje, como una forma de autoconocimiento.

 

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario