La angustia de la inteligencia
Cristian Aliaga nació en 1962 en la provincia de Buenos Aires y reside en la Patagonia. Desde Lejía
(1988), su primer libro, viene realizando una de las obras más interesantes en el marco de la
poesía argentina contemporánea.
15 de junio 2008 · 01:00hs
Cristian Aliaga nació en 1962 en la provincia de Buenos Aires y reside en la
Patagonia. Desde Lejía (1988), su primer libro, viene realizando una de las obras más interesantes
en el marco de la poesía argentina contemporánea. Desligada de retóricas grupales, pese a que el
autor integró el consejo de redacción de la revista Último Reino, esa obra sostiene su singularidad
en una constelación donde inciden la reflexión sobre el espacio patagónico y un arco de lecturas
tan personal que puede ir de Juan Carlos Bustriazo Ortiz a Immanuel Kant, de William Blake a Paul
Celan. La sombra de todo, libro por el que obtuvo el primer premio de poesía del Fondo Nacional de
las Artes de 2006, supone una nueva inflexión en ese corpus.
El libro reúne un trabajo poético de muchos años, pero las huellas de su
elaboración no son perceptibles. Los poemas traman su propio tiempo en el decurso de la voz que los
enuncia. Presentados en siete partes, la recurrencia de interrogantes y cuestiones bien definidas
traman de inmediato nuevas secuencias en la lectura. La más notoria, la que depara quizá los textos
más intensos, gira en torno al tema de la muerte. Son "palabras negras de sabor/ ni amargo ni
suave", que proceden por despojamiento, mediante imágenes literalmente descarnadas (en la primera
sección, "Roja tu especie", con las presencias del verdugo y del carnicero, y en la última, "El
camino zen", con la figura del buitre). Los acentos líricos, la ironía y los prosaísmos se engarzan
así de manera muy lograda en "Occidente es un lugar frío e indiferente para morir", donde la
situación de un paciente "en una cama del Hospital de Clínicas", en una ciudad en que "jamás deja
de soplar el mal", aparece contrapuesta a un cable de noticias sobre el tratamiento de los
moribundos.
La ironía es todavía más densa en "La subjetividad del artista", burla de la
vanidad literaria que cierra con una declaración casi programática: "Hay un diamante que/ buscar.
Eso no es personal". No se trata sólo de la experiencia física de la muerte, sino de su irradiación
en el plano de la expresión, ya que también las palabras enferman y mueren. Por eso, acaso, "una
lengua no es suficiente, una ética tampoco". Y por eso el sentimiento "es ácido, casi no puede
beberse sin arcadas". Ninguna efusión ni desborde sentimental, entonces. El último verso aparece
modulado en dos poemas que se enfrentan como en espejo y permanecen sin resolución, porque no puede
haber sosiego en aquello que los ha disparado, "la angustia de la inteligencia que acecha sin
aparecer".
En "Pedido a mis perros", una nueva confrontación con la muerte provoca una
reflexión sobre el olvido y la memoria, las cosas que se abandonan o se guardan en una partida e
ingresan así en un extraño suspenso, un suspenso sobre el que pende el interrogante del final.
Precisamente hay otra secuencia en torno a los desplazamientos, no en términos narrativos sino como
forma de problematizar la posición desde la que se observa el mundo, la elección de otra senda, "la
que va/ de nada/ a nada// con belleza". El poema "Visión arcaica" condensa de modo ajustado esa
preocupación al enlazar lo hogareño y lo siniestro, el desconocimiento de lo más cercano y algo que
se insinúa como un espejismo, en versos que siguen resonando aún mucho después de ser leídos.
El sujeto emerge con una conciencia nueva de sus palabras, algo que apunta en
"La mirada Celan": "Quiero la palabra que no dice, la que/ se impone como única imposibilidad. Es
palabra/ natural la que busco, y apasionadamente glacial". La sombra de todo está hecha con los
hallazgos de esa experiencia.