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Kiosco y Almanaque, papeles encontrados por Gary Vila Ortiz

Entre 1992 y 1993 La Capital publicó Kiosco y Almanaque, dos espacios creados por el entonces Jefe de Redacción, que inauguraron una original forma de escritura colectiva. Aquí dos textos lo rememoran.

Domingo 23 de Febrero de 2014

Los kioscos y los almanaques traían la calle y los libros, a la gente que andaba por la calle, que andaba por la calle y leía libros parada en una esquina, que dormía en la calle y usaba los libros de almohada también, a las aventuras que se sucedían en esa calle, que era Rosario, sus barrios y el centro, pero también de New York, San Pedro, Las Parejas o Transilvania, el mundo todo; al poeta Cachilo —acaso como un cruce de la calle y las letras del mundo—.

A los bares, a la gente que andaba por los bares, a todo lo vertiginoso e ilusorio que había en el tiempo, en la idea del tiempo, también a miles de poetas y de músicos, entre ellos a T. S. Eliot, que más o menos nos decía, allá por la década del cuarenta: “El tiempo presente y el tiempo pasado, tal vez en el tiempo futuro estén ambos presentes, y el tiempo  pasado contenga al futuro. Si todo instante es el presente eternamente, ningún instante es redimible”.

Hoy esos viejos escritos, que salieron ininterrumpidamente durante algo más de un año, días más días menos, son entre otras cosas un homenaje a Gary Vila Ortiz, escritor que antes de que existiese la web, y con ella los blogs, y los foros y todos esos lugares de ida y vuelta, tuvo la idea de crear escritos colectivos, todos los días, en un cuadradito de diez por diez, en la página de clasificados de un diario en formato sábana. En su momento se llamó Kiosco —porque había un poquito de todo— y luego Almanaque, porque estaba presente como lo está el calendario. Si bien a veces escribía gente de casi todas las secciones, esos escritos permitieron, mayormente, darle voz a los correctores, —tarea extinta hoy en los medios— que se ocupaban de corregir los escritos y la voz de los otros.

Fueron una voz anónima colectiva, con diferencias, pero en armonía, como en armonía se encuentran las hojas de un árbol que se mueven en diferentes direcciones pero que juntas forman lo que se conoce como copa. Una novela colectiva, sin firma, es algo muy libre, acaso uno de los mejores ejercicios de extranjerización: no hay padre, ni madre, ni perro que te ladre, ni que sepa que sos vos el que escribe, y que no sabe sobre lo bien o lo mal que escribís, ni sobre lo tierno o lo ácido o la forma que usás para decir lo que decís.

No hay ataduras, ni narcisismos extremos, ni autocensura, hay, eso sí, libertad y solidaridad. Gary pasaba por la Redacción y amablemente preguntaba: “¿Usted puede escribir el kiosco de mañana?”. Así se sucedieron escritos de los más diversos tonos, temas e ideologías. Tenía seguidores, dato fehaciente de ello eran los cuadraditos vacíos que quedaban en esa página de clasificados, debido a que algún ocasional pasajero de un bar había decidido romper ese fragmento del diario y llevárselo a su casa. Y estaba ahí, marginal, en una página que supuestamente miraban quienes querían comprar o vender —acaso el Kiosco estaba donde no se pensaba—, y decía, lo que tampoco se esperaba.

Historias de amor, crítica social, ironías, folletines, reflexiones en torno al jazz, al rock, al cine, al fútbol, a la literatura, al teatro, a la vida cotidiana. Ese pedacito que mixturaba lo propio y lo extraño, lo moral y lo indecoroso. Silenciosos disparos literarios al enemigo imaginario de turno, el que alguien creía que estaba en un bando y resultaba finalmente estar en el otro, o al enemigo real, que serruchaba y serruchaba. Epoca de duras internas. Diferentes historias, todas en una, según los autores del escrito del día en cuestión. Llevaba como firma el nombre de Nicanor Pérez, un antiguo seudónimo que usó Gary para firmar notas periodísticas en algún tiempo, para nosotros un paraguas y un orgullo, nos protegía y nos daba una voz, nos mezclaba con su pluma innumerable, como supongo le hubiese gustado decir a él, que tanto le gustaba Borges. (Por Walter Motto)

Una cuña en plena página de los Clasificados

Una medianoche no escuchamos más el grito del jefe de la planta: “¡El Kiosco!”. Por aquellos aciagos días de 1993 ya no se llamaba Kiosco, sino Almanaque, y Gary ya no venía por el diario, con rumores sobre problemas de salud. Entonces el Kiosco, esas dos columnas metidas como cuña en plena página de los avisos clasificados del Decano, había quedado casi como huérfano y los correctores se ponían el traje de Nicanor Pérez y daban rienda suelta a sus veleidades literarias.

Andrés, Catola, Fernando, Hugito, Wally, la Chipi , más Joe, Gastón, el Pelado, el Fisgón, entre más de una veintena de periodistas, correctores, jefes y secretarios, escribíamos el Kiosco, a como diera. Con  el texto masticado desde antes, casi rumiado durante toda la jornada, o en diez minutos, tratando de seguir el hilo que había dejado el precedente. También hubo espacio para el folletín, género bastante olvidado y hasta menospreciado en la modernidad.

El primero fue de largo aliento y con tintes futuristas, una especie de novela de aventuras con un capítulo diario. Duró más de dos meses, y un buen día Gary masculló algo parecido a “está todo bien pero devuélvanme el Kiosco”. Después llegó un folletín romántico, mucho más corto, bajo el título de “Simona, una fea mujer”, que desgranó la historia de amor entre un adolescente y la cuarentona empleada del servicio doméstico en su casa.

Por último, y con menos extensión que los anteriores, se publicó “Los casos de Osiris”, un taxista enredado en casos policiales un poco por azar y mucho por curiosidad. Antes, y en el medio, Nicanor Pérez nos metió en el mundo de Gary. Y también nos metió en el nuestro, en el de todos los que hacíamos el Kiosco: un acopio de lecturas y relecturas, un decálogo de música y autores e intérpretes, un recorrido por variados sueños.

La experiencia había comenzado en abril de 1992, cuando Gary se reservó un espacio para hacer literatura y escribir sus cuestiones más por el anverso de la noticia, y terminó en septiembre de 1993, transformada en una creación colectiva, diaria, caótica, inédita...

“Así termina su primer y último caso, con una sonrisa triste frente a la obligación de dormir una siesta eterna sin sueños ni deseos de volar un poco más allá de los límites de la imaginación”, decía la última entrega del Almanaque. ¿Continuará? (Por Angel Loto / La Capital)

 

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