Domingo 30 de Marzo de 2008
Traductor, escritor, periodista y piloto de buques mercantes, Juan Bautista Duizeide nació en Mar del Plata, en 1964. "Puedo decir con precisión cuándo vi por primera vez una montaña. Pero el mar es anterior a mi memoria. Por mi lugar de nacimiento, por los lugares que frecuenté, por las historias orales y escritas que primero me atraparon y desde entonces no me sueltan, por mi primera profesión —piloto de la marina mercante— nunca me alejé demasiado ni por mucho tiempo del mar", dice. Kanaka, novela con que ganó el premio Julio Cortázar de novela breve en 2004, fue un notable resultado de esa pasíón. Y ahora acaba de agregar otro libro, Cuentos de navegantes, antología que compiló para editorial Alfaguara.
Con una edición impecable, el libro incluye relatos de Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Leopoldo Brizuela, Francisco Coloane, Joseph Conrad, Haroldo Conti, Stephen Crane, Carlos María Domínguez, Hugo Foguet, Anatole France, Gabriel García Márquez, Lobodón Garra, William Hope Hodgson, Pierre Mac Orlan, Guy de Maupassant, Alvaro Mutis, Arturo Pérez-Reverte, Horacio Quiroga, Mercè Rodoreda Marcel Schwob y Robert Louis Stevenson. Además hay notas biográficas de los autores y un prólogo a cargo de Arturo Pérez-Reverte.
—¿Cómo fue el trabajo de investigación y selección de los cuentos?
—Vengo leyendo literatura que tiene que ver con la navegación desde que aprendí a leer. Forma la mayor parte de una biblioteca que literalmente ya desborda mi casa. En una primera selección, sin buscar más lejos de esas estanterías, tenía casi cuatrocientos relatos. Finalmente, menos de un tercio de los textos que incluí son para mí nuevos. Todo un hallazgo, por ejemplo, me resultó El cristo del océano, de Anatole France. Pero toda antología —al menos como yo la entiendo— es también un trabajo de composición, casi en un sentido musical. A tal punto, que pensé en tres movimientos como si se tratara de un concierto: tres partes que titulé Singladuras, Orillas y Naufragios, en las cuales intenté que los textos se agruparan por afinidades internas como se podrían vincular los instrumentos de una orquesta o las voces.
—¿Sobre qué idea trabajaste al planear el libro?
—Ante todo, me propuse no hacer una antología de cuentos del mar, sino una de cuentos de navegantes, a la que incluso, parafraseando el novelón de Victor Hugo, se podría haber llamado Los trabajadores del mar. Hecha esta primera distinción, la otra gran idea directriz fue romper con el presupuesto de que tal literatura es privilegio de los anglosajones. Esto sin que sea mi intención restarle méritos a autores de algunos libros que no han dejado de acompañarme desde la primera vez que los leí, como Moby Dick, La isla del tesoro o Tifón. Romper con esa cristalización es darles paso a otros lenguajes y a otros estilos, a otras voces y a otros ámbitos. Es considerar como navegantes literarios no sólo a quienes fueron pilotos en la época de oro de los veleros. Así, en esta antología aparecen los pescadores pobres de Francia que protagonizan cuentos de Maupassant y de Anatole France, los aborígenes del extremo sur de América a quienes les dedica un cuento Leopoldo Brizuela, los descastados de la Patagonia propios de la narrativa de Francisco Coloane y Lobodón Garra, los hombres que derivan por nuestro Delta, típicos de los relatos de Haroldo Conti, los galeotes que purgaban su condena remando en las galeras del rey, y se llega hasta quienes tripulan, hoy, barcos cargueros.
—Haroldo Conti acuñó la frase que agrupa a toda una generación de escritores ("nosotros hacemos una literatura de forasteros") en referencia a los escritores del interior. Por eso alegra aquí el rescate de un autor como Hugo Foguet.
—Es oportuno destacarlo, porque nuestras instituciones culturales son hoy aun más unitarias que cuando Conti asomó a fuerza de talento en el panorama literario, de manera más o menos contemporánea a la de otros forasteros como Daniel Moyano, Antonio Di Benedetto, Héctor Tizón y Juan José Hernández. Parecería que la literatura argentina es solamente lo que se publica en Buenos Aires; o, peor aun, la crónica de lo que le pasa a cierta clase media porteña cool. Reivindicar al tucumano Hugo Foguet, buen poeta, autor de una novela tan imprescindible como inhallable, Pretérito perfecto, resulta entonces un poco subversivo en el mejor sentido de esa palabra hermosa. Ojalá alguien leyera "Naufragio" —el cuento que incluí en esta antología— y se le ocurriera reeditar el volumen del que forma parte: Convergencias. Un libro excelente, y el único que conozco, de autor argentino, íntegramente dedicado a relatos de navegantes. Foguet es, además, el único narrador argentino que conozco que haya sido marino profesional. Y a diferencia de lo que suele suceder con los autores anglosajones, no fue piloto ni capitán, sino maquinista. Alguien de tierra adentro seducido por la llamada del agua, como el puntano Eduardo Belgrano Rawson, autor de nuestra gran novela marinera: El náufrago de las estrellas.
—En casi todos los relatos del mar se unen escritura y experiencia. También es tu caso. ¿Siempre ha sido una gran fuente de inspiración?
—Muchos mares caben en el mar, que puede ser el ámbito para la fantasía, el misterio, el crimen, el amor, la guerra, el humor. Creo que son perfectos los versos de Baudelaire que Conrad usó como epígrafe para La línea de sombra: D’ autres fois, calme plat, grand miroir de mon désespoir... Sí, el mar es el espejo del hombre. Además, por él andan los barcos. Y cada barco contiene la comedia humana entre proa y popa. Por eso es que cuando a Conrad le decían que él era quien mejor escribía acerca de la navegación, protestaba afirmando que su tema no son los barcos, sino la humanidad.
—Sabido es que las voces náuticas cargan una musicalidad y una belleza muy particular a los relatos. ¿En qué se diferencian entonces las voces del río y el mar?
—Es cierto que, al menos en el castellano rioplatense —obviamente el idioma en el que más conciencia tengo de los registros particulares—, pueden encontrarse diferentes palabras, en el ámbito ribereño y en el ámbito marítimo, para designar algo, o diferentes usos. En Todos los veranos, Conti se refiere —por ejemplo— a un barco de construcción en tinglado, cuando alguien de la costa atlántica diría en tingladillo. Conti es más un hombre del mar dulce que del océano, si uno lo observa remar en el rodaje documental que hizo Roberto Cuervo, ve que hasta rema como los isleros... Pero creo que más por un léxico, la diferencia está dada por un ritmo. El que Conti logró reproducir perfectamente en la novela Sudeste, así como supo dar cuenta de los cambios del viento, de los cambios en el color del agua y del cielo, del paso de las estaciones, y sobre todo de la existencia única de esos personajes como desasidos de todo, que van y vienen con el río.