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Imágenes para asomarse a Oriente

Emilio Eber Serrani explora la India a través de imágenes de su vida cotidiana y costumbres. Aquí cuenta la historia detrás de la cámara

Domingo 17 de Agosto de 2008

Nací en la ciudad de Mendoza en 1955 y hace ya casi treinta años vivo en Canadá, donde me recibí de fotógrafo comercial y publicitario. Comencé con un gran interés por la fotografía documental. En 2002 tuve oportunidad de hacer mi primer viaje a India y después prácticamente he ido todos los años. Siempre a hacer fotos, y ahora soy miembro además de la Fundación Everest, con sede en Nueva Delhi, por lo que estoy en contacto directo con ese país fascinante y su gente.

La muestra que presento en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia es una selección de imágenes de una exposición anterior, Vida y muerte en el Ganges. En realidad, estas fotografías son para mí parte de un proyecto que recién comienza.

Comencé haciendo fotos en Varanasi, por ser la gran ciudad sagrada de los hindúes y además porque es impactante. Otras imágenes son del noroeste, de la zona de Rajhastan, en el límite con Pakistán, y el desierto Thar. Lugares donde la tradición es bien antigua, la gente sigue andando en camello.

Siempre vas a encontrar mucha gente en la calle. India es un país con más de mil millones de habitantes y entonces hay pocas regiones donde uno se siente solo. Eso podría llegar a ser un obstáculo para un fotógrafo, pero la gente es tan hospitalaria, tan amable, que no te hace sentir un intruso. No sé si alguien me negó alguna vez una fotografía. Al contrario, la gente prácticamente te pide que les tomes fotos.

Las imágenes hay que buscarlas, no están directamente en la calle. India te presenta oportunidades, pero como en cualquier lugar hay que esperar la imagen, el momento de suerte. Hay gente que te pide plata para sacar una foto o te ofrece ir a un lugar para tomar una foto a escondidas. Yo me niego a eso, porque no robo ninguna fotografía. El 90 por ciento de mis fotos han sido tomadas en contacto directo con el sujeto, y por ejemplo en el caso de las cremaciones que aparecen en la muestra no me parecía correcto fotografiar de esa manera un momento que es considerado sagrado. Hablando, los familiares me llevaron al lado de las piras donde se hacían las cremaciones. Fue una experiencia muy fuerte, a veces faltan palabras para describirlas.

La muestra tiene fotos en color, en blanco y negro y pintadas. En realidad hubiera querido hacerla en monocromo, que es lo que más hago. Pero en algunas fotos, como la de las mujeres en círculo, valía la pena mostrar el color. En otras es una cuestión de sentimiento: las veo y digo "tiene que ser en color" o "vale la pena en blanco y negro".

En India los contrastes son muy grandes. En Nueva Delhi tenés la modernidad pero uno nota esa tradición viviente que está en cada rincón.

Fotografié al hombre del camello en Rajhastan. Ese y otros fueron personajes que se me presentaron, sin buscarlos. La imagen que sí busqué fue la de un viejito, el sadhu. Son los hombres sagrados para los hindúes, gente muy respetada por haber dejado todo vínculo material en la vida y que viven de la caridad. A ese viejito en particular yo lo había visto una tarde camino al templo y no lo pude fotografiar. "Qué foto me perdí", pensé. Esa noche no podía dormir, quería volver a verlo y no sabía cómo encontrarlo en esas callejuelas de Varanasi. Pero a la mañana siguiente, muy temprano, lo vi.

(Entrevista: O. A.)

Hasta el 24 de agosto en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, segundo piso.

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