Domingo 25 de Mayo de 2008
"Una obra que obedece a la investigación intencionada de nuevas formas artísticas". Con esas cautelosas palabras la agenda periodística de Artes Visuales aludía a Las sillas, la muestra que anunciaba Norberto Puzzolo entre el 27 de mayo y el 8 de junio de 1968 en el inicio del Ciclo de Arte Experimental, el suceso que reunió ese año a los artistas de vanguardia en Rosario e hizo de prólogo para otro gran evento, Tucumán Arde.
El ciclo comenzaba en un espacio anómalo: la sala de Cuadros publicidad, en Entre Ríos 730. "No había ninguna intención de exponer en los museos, ninguna búsqueda de ser legitimado por esos circuitos", recuerda Puzzolo. Tenían el auspicio del Instituto Di Tella, pero dos meses después rompieron con esa institución con "el asalto a la conferencia de Romero Brest", una de sus acciones más recordadas (ver aparte).
Extraña al circuito local de galerías, la ubicación de la sala era clave en otro espacio, que gravitaba en torno a la entonces Facultad de Filosofía y Letras y algunos bares como el Iberia. "Allí se reunían los intelectuales", dice Puzzolo, y de pronto recuerda que tiene una foto de la época para mostrar.
Puzzolo busca la foto entre sus libros y entre los papeles de su escritorio sin dejar de hablar. Las sillas presentaba una platea dispuesta frente a la calle. "La platea era puramente indicativa —aclara—, para que la gente hiciera la acción de mirar hacia afuera. Una platea me pareció la forma más fuerte para indicar «las cosas ocurren en la calle»".
Tenía entonces 19 años, pero venía participando en muestras y acciones desde diciembre de 1966. "Por sorteo, me tocó comenzar el ciclo —dice—. Fue muy bravo. Entre las ideas que tenía me pareció que la de Las sillas era la mejor, llevado por la cuestión social y lo que ocurría, para marcar que el arte no estaba más en los museos".
—¿Cómo fuiste pensando la obra?
—La idea madre, lo recurrente, era que yo tenía que trabajar con la gente. El público, el que observaba, iba a hacer la obra. Yo tenía un par de antecedentes. Uno era "La línea", una tanza de plástico, de pesca, en la muestra El arte por el aire. La obra era una humorada, marcar un lugar en la sala y que la gente se parara a mirar ese pedazo de tanza. La otra era un blíndex puesto en medio de la sala, que en el 2004 se reconstruyó en el Castagnino, cosa de que quien se parara de un lado pudiera ver al que estaba del otro lado. Ese es el antecedente más inmediato. Entonces me pareció que ya no era mirarse uno con el otro en una sala sino mirar hacia la calle.
De pronto Puzzolo se interrumpe. Encontró la foto del Iberia. La vidriera del bar, desde adentro, se ve astillada, con dos orificios de bala y la silueta de algunos curiosos que observan desde la vereda opuesta. "Fue uno de los tantos atentados contra ese bar", dice. Y una imagen de época.
Norberto Puzzolo no tuvo una formación académica. A los 13 años comenzó a trabajar en una imprenta y poco después tomó clases de pintura con Marcelo Dasso. A los 15 años, su tío, el pintor Anselmo Piccoli, lo llevó al taller de Juan Grela.
"Grela nos atendió con un despertador sobre la mesa —dice, y se ríe—. Nos dio media hora, porque después tenía que pintar. Piccoli se ofendió: eran amigos de toda su vida, habían sido compañeros de la Mutualidad de Artistas Plásticos con Berni, compañeros en el Partido Comunista". Fue a través de ese taller que se relacionó con los artistas que conformarían el núcleo de la vanguardia, como Eduardo Favario, Juan Pablo Renzi y Aldo Bortolotti.
La obra de mayo de 1968 respondía a una preocupación que los artistas del Ciclo de Arte Experimental plantearon en uno de sus manifiestos: la ruptura con las formas tradicionales estaba impuesta "por considerarlas incapaces de comunicar las complejidades y especificidades de nuestra realidad". Pero entonces había que "encontrar los medios, inéditos sin duda, de transmitir esa realidad".
Puzzolo destaca el sentido de su puesta. "Nunca pienso en Las sillas como su autor. Siempre la recuerdo como una obra colectiva. No porque la hayamos hecho varios sino porque estaba hecha dentro de un grupo. Esa obra, en mí, no hubiera existido de haber sido un artista solitario. Si uno piensa el Ciclo de Arte Experimental piensa en un grupo. Si bien las obras eran individuales, y cada uno hacía sus obras con libertad, había mucha comunión en el grupo. Por lo menos yo, muchacho de barrio que vaya a saber por qué circunstancias termina en este grupo, estaba muy ávido... Esta obra es mía, yo la asumo, pero está hecha en el contexto de un trabajo de grupo".
Por eso es que Las sillas remite para Puzzolo a los trabajos que después plantearon Eduardo Favario y Graciela Carnevale, entonces en un local de la Galería Melipal. "Eran las tres obras conceptuales, donde no había obra corpórea. Favario propone clausurar la sala e ir a otro lugar, que posiblemente haya sido la librería Signos; si antes se mostraba la calle, ahora había que recorrerla. El ciclo termina en octubre con El encierro, de Graciela (se encerró al público en la inauguración). Esta secuencia para mí no tiene otra explicación que el nutrirse de uno con el otro. Lo notable es la rapidez, esto pasó entre mayo a octubre, en noviembre se produce Tucumán Arde, y cuando uno lo recuerda parece que hubieran sido muchos años".
Puzzolo vuelve sobre su muestra. "El tipo que iba se sentaba y no tenía más remedio que mirar el afuera. La obra es tan elemental, tan sencilla, que quizás ahí radique su verdadero valor", dice.
Ahora las sillas son un recurso para otro tipo de contemplación. Puzzolo las citó en una obra más reciente: "Hace dos años, en el pasaje Pam, expuse La primera como tragedia, la segunda como comedia. En aquella muestra del 68 no tenía ninguna duda que la mirada era esa y no podía ser otra. En cambio ahora la mirada no es unívoca. Entonces puse una cámara de video enfocando la gente y el pasillo del pasaje Pam con un monitor contra la pared con una silla, y otra silla mirando al público. Esto era individual, lo otro, lo del 68, era masivo".