Domingo 24 de Agosto de 2008
Eugenia Calvo, Luján Castellani, Nicola Costantino, Raúl D’Amelio, Gustavo Frittegotto, Laura Glusman, Carlos Herrera, Andrea Ostera, Graciela Sacco y Lila Siegrist conforman el grupo de artistas seleccionados por Norberto Puzzolo en La mirada ubicua. Alejándose conscientemente del lugar de curador, Puzzolo planteó su cercanía al metier como criterio de convocatoria y confió a los artistas la selección de obras, lo que explica la heterogeneidad estética de lo exhibido. Son, advierte, "obras construidas con —o a partir de— la fotografía", cuyos autores replantean "ya sea desde la manipulación, la reutilización, la instalación o la puesta en escena, el valor documental atribuido al medio y su soporte, devolviéndonos el recorte de su personal mirada, sensibilidad y experiencia".
La tensión que casi desde sus inicios planteó la fotografía frente a la pintura en cuanto a su función de captar la realidad tuvo un largo recorrido en el camino de posicionarse como soporte autónomo y herramienta formal. Con el propósito de erosionar conceptos que la ubicaban en un lugar inferior y en sintonía con la búsqueda vanguardista de acercar el arte a la vida varios artistas trabajaron dicha confluencia. Entre ellos, el dadaísta y surrealista Man Ray, el constructivista húngaro Lászlo Moholy-Nagy y los rusos Alexander Rodtchenko y El Lissitzky se perfilaron como los precursores de este camino.
La constitución definitiva del medio fotográfico como equivalente de cualquier herramienta formal proveniente de las artes plásticas se concretó con la irrupción de las neovanguardias de la década del 60. Artistas como Andy Warhol y Robert Rauschenberg confirmaron el valor de la fotografía como medio de comunicación. En la actualidad, y dentro de las infinitas variables, este medio sigue materializando singulares visiones en el campo de las artes plásticas. Entre las perspectivas más reconocidas pueden nombrarse los trabajos de Nan Goldin, Barbara Kruger, Andrés Serrano y Cindy Sherman.
La mirada ubicua, adjetivación que previene del latín ubique —en todas partes—, es el nombre de la muestra que reúne múltiples formas de abordar la fotografía. Las nominaciones que especifican las obras y que acompañan las imágenes demuestran la versatilidad de esta disciplina y las apropiaciones técnicas y formales que cada artista realiza. "Fotografía color", "Fotografía digital", "Fotografía analógica/digital", "Fotografía digital intervenida con pintura", "Fotoserigrafía sobre acrílico y sombras proyectadas" son algunas de las variantes elegidas por los autores.
La heterogeneidad es un hilo conductor de la muestra y se materializa en propuestas estéticas diferentes entre sí, un concepto que se traslada a la elección de múltiples formatos y diversos modos de trabajar el soporte fotográfico. En este aspecto, un impecable montaje de la muestra a cargo de Nicolás Boni resuelve de manera eficaz todos los trabajos exhibidos.
Luján Castellani emplea recortes de papel fotográfico, restos de copias descartadas por los laboratorios, para componer una imagen segmentada en Telaraña (2008). Fragmentos de personas conforman este particular recorte que puede pensarse gráficamente como la forma en que se estructuran las vinculaciones interpersonales y la construcción de tramas que este fenómeno produce.
En La plaga del Brachichito (2008), Andrea Ostera plasma el encuentro de mundos reales e imaginarios por medio de la imagen a contraluz de una copa de árbol seca cuyas ramas sirven de trampolín para liebres/conejos que saltan entre ellas. Un pequeño soporte, que en su paleta de neutros contrasta negros y grises de color, recuerda la tradición de las siluetas recortadas en papel.
Un encuadre que puede vincularse a ciertos aspectos del realismo mágico es el que capta Laura Glusman en Amenazas (2006/2007). Un clima de tiempo suspendido en un espacio inhabitado por el hombre se visualiza en una casa vacía que espera, entre el verde de la vegetación circundante, la amenaza silenciosa pero implacable del agua.
Una mención especial merece la participación de Nicola Costantino con su Trilogía de las muertes de Nicola III y IV (Parte 3) (2008). Esta obra no hace más que confirmar el lugar que ocupa Costantino en la plástica nacional y su proyección internacional. Un claroscuro a la manera de Caravaggio ilumina direccionadamente las escenas que conforman este tríptico integrado por grandes soportes que parecen despedir luz propia. Así se ofrecen diferentes vistas de una escena dramática planteada como una puesta teatral donde la artista se representa como hombre y como mujer en poses escorzadas características del Barroco italiano.
La cita de dicho período puede pensarse en relación a los alcances de la mirada y en definitiva de la razón humana frente a los alcances de la dimensión divina. Una lectura posible es la relación víctima/victimario aunque otra mirada puede recaer en otra escena religiosa representada muchas veces por el cristianismo: La piedad.
Obras como la de Costantino generan reverberaciones en el espectador, suscitando múltiples sentidos de lectura que abren un universo de contradicciones.