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El apasionante oficio de investigar

El periodista y escritor Rogelio García Lupo repasa su trayectoria. Integrante del grupo que creó la agencia Prensa Latina, hoy asegura que la superficialidad atenta contra el periodismo

Domingo 15 de Junio de 2008

Tiene las cejas anchas y largas y anteceden una mirada profunda. Mira de plano, a la cara y acaso desvía los ojos cuando las palabras lo llevan a recuerdos indelebles de su vida. No levanta la voz; por el contrario, sonríe y hace bromas aun cuando habla de los momentos más difíciles. Sin pompas, Rogelio García Lupo (1931) sigue cosechando premios por su trabajo, tras muchas décadas de trayectoria. El periodismo y la escritura le dieron la mano para atravesar una serie de "aventuras", que lo llevaron por caminos que dejaron huellas profundas en el devenir del oficio.

García Lupo reconoce que el periodismo es su gran pasión, de la que se toma "descansos", pero a la que siempre vuelve. Más allá de que no duda de que estemos ante la presencia de un "gran lavado de cerebro planetario", de la mano de la superficialidad de la información, busca el modo de no dejarse llevar por la corriente.

En su haber destaca su participación en la génesis de la agencia Prensa Latina, que fue un hito de la comunicación mundial, ya que a mediados del siglo XX se constituyó en la primera de habla hispana e introdujo una cuña en el proceso noticioso en manos exclusivas, por entonces, de agencias norteamericanas y europeas. Formó equipo en revistas señeras como Primera Plana y también compartió el "violento oficio de escribir" con escritores de la talla de Rodolfo Walsh en semanarios como el de la CGT de los Argentinos, hecho contra viento y marea. Ahora sigue con el periodismo de investigación y dirige la edición de libros argentinos en una empresa española.

—¿Cómo se embarcó en Prensa Latina?

—Fue una experiencia muy interesante. Se planteó la posibilidad de hacer una agencia de información de habla hispana. Es decir, una agencia que no fuera norteamericana o europea, ya que en esa época toda la información se manejaba a través de International Press y Associated Press. Unas pocas empresas que transmitían sólo en inglés. Lo del idioma castellano era fundamental, ahora parece poco importante pero hay que pensar que todo el material se escribía y transmitía en inglés. Además, toda la información venía con mucha intencionalidad. Los cubanos tenían la sangre en el ojo porque las agencias norteamericanas dieron dos veces la noticia de la muerte de Fidel Castro, estaban que bramaban, e informar en ese momento era realmente importante. Prensa Latina surgió del viaje que hizo Jorge Masetti, en el 58; ahí habló con el Che Guevara y con Castro sobre la posibilidad de crear esta agencia. Cuando triunfa la revolución, Masetti vuelve a viajar y ahí se concreta el proyecto. Yo era amigo de Masetti de antes, de Rodolfo Walsh, y me convocan. Primero en la oficina abierta en Buenos Aires en el 59, y en agosto Masetti me preguntó si quería hacerme cargo de la secretaría de redacción allá, así que viajé. La experiencia fue muy buena desde lo profesional porque significaba romper con ese cerco informativo que existía.

—Marcó un antes y un después para la prensa latinoamericana.

—Sí, claro. En esa época no había periodistas latinoamericanos que tuvieran experiencia en transmitir información, salvo Masetti. Él había tenido una experiencia en Agencia Latina, la primera agencia argentina, en el primer gobierno de Perón, en Buenos Aires. Allí él fue redactor. Era properonista, por supuesto. La sostenía el presupuesto del Estado nacional. El resto veníamos del periodismo gráfico, radial o de semanarios. Yo venía del diario Noticias y la revista Qué.

—¿Cuánto tiempo estuvo en Cuba?

—Casi dos años. En ese período abrí la agencia en Ecuador y estuve a cargo de la chilena un par de meses. Fue producto de la necesidad, yo estaba en La Habana pero hubo un problema de salud con la encargada de la agencia de Chile y fui. En el caso de Ecuador hubo que instalarla y abrirla. Digamos que en dos años hubo por lo menos Prensa Latina en 20 países.

—¿Cómo se armaba, a partir de contactos políticos?

—En algunos casos; en otros, contactos profesionales. En el caso de la relación de Buenos Aires con La Habana fuimos como seis argentinos para allí, y en la sucursal de aquí trabajaban otros seis. Acá (por Buenos Aires) estaba a cargo Gonzalo O' Donnell, que venía del Partido Socialista Argentino y del diario La Prensa. Ahora vive en México, donde hizo toda su carrera profesional. Sigo en contacto con él, es que se hizo todo un ambiente de camaradería no solamente con Gabo (Gabriel García Márquez), sino con todos hasta hoy. Con los que sobrevivieron, porque hay un lote importante de gente que ya no está más. Éramos todos muy jóvenes, se crearon condiciones de amistad. Trabajamos mucho, se llegó a vender el servicio a diarios de todo el mundo y a las radios, en esa época no había servicios de televisión.

—¿Hasta cuando duró la experiencia?

—Bueno, Prensa Latina existe, lo que pasa es que atravesó distintas épocas. Entre el 62 y el 63 estuvo prohibida en casi todos los países de América latina, por el conflicto con Estados Unidos. Los gobiernos primero retiran las embajadas y luego clausuraron las agencias. Después hubo períodos de bonanza, aquí casi siempre estuvo abierta, no en el proceso militar. En África llegó a tener sucursales en 15 países, que aún existen.

—¿Más allá de la amistad y de la camaradería también había discusiones profesionales?

—Sí, sin dudas. Se partía de que había una agencia, que se había creado a partir de la revolución en Cuba. Este era un dato objetivo. Pero desde un primer momento, se partió de la idea de que para que fuera eficaz debía tener profesionalismo muy cuidadoso, para poder entrar en los medios de prensa de gran circulación. Por ejemplo, el servicio se vendía al diario de mayor circulación de Venezuela, que era El Nacional, que requería cierta objetividad sino no se publicaba, y lo importante era publicar. La agencia tuvo logros enormes, uno de ellos fue mérito de Walsh, que estaba en un departamento de Servicios Especiales e hizo un contrato con una gran revista francesa, L' Express, por el cual el material en castellano, traducido por él, se podía publicar en Prensa Latina. Es más, una vez (Susana) Pirí Lugones, que trabajaba en la agencia, llegó a venderle notas a la revista Sur, de Victoria Ocampo, y no se podía pensar que esa publicación era afín políticamente, hay que pensar en la época. Hubo realmente un trabajo notable. Claro, después la revolución se radicaliza y el material vino muy teñido de propaganda. Y hay períodos en que la agencia se profesionaliza más o menos, que va al compás de la situación internacional. Pero siempre hubo discusiones, sobre hasta dónde se podía llegar, qué esperaban los medios de la agencia. Durante el año 59, la agencia dio un servicio de varios días a Clarín, porque había interés en saber qué pasaba en ese lugar.

—¿Cómo mira ahora ese momento en el cual fue protagonista y que marcó un hito?

—De vez en cuando repaso mi actividad y alguna vez me he preguntado, aunque trato de que eso no me perturbe, cómo sobreviví. Porque hubo etapas muy duras, con amenazas, con bombas, con situaciones que no eran inofensivas. Es más, muchos amigos míos perdieron la vida. Trato de no partir de ahí porque sino no se llega a ningún lado y mirándolo a la distancia fueron cosas realmente importantes.

—¿Qué evaluación hace sobre la información en Argentina?

—Un poco deformada por el mercado. Algo que se fue produciendo no como excepción en la Argentina, sino como asimilación de la tendencia de la información como espectáculo, la banalización de la noticia. La adaptación de toda la información a la necesidad del formato de la televisión. Ese formato impone condiciones dictatoriales, y la gente cree que está informada porque "lo dijo la tele", y en realidad se da un chispazo, nada más. Lo veo como un lavado de cerebro a escala planetaria, con tendencia a aumentar la superficialidad de la información. Ahora, la información está llena de naufragios y de incendios, que es nada. Esto se agrava, porque se agrava en los lugares centrales. La televisión norteamericana es de terror, la española y la italiana también. Si en los centros de poder continúa concentrándose en la estupidez, qué podemos esperar en la periferia. Estamos condenados al lavado de cerebro.

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