Domingo 23 de Diciembre de 2007
Hace más de cuarenta años que Jorge Isaías vive en Rosario, pero el tiempo no ha hecho mella en su memoria y en sus afectos. Y sobre todo en el culto de sus orígenes, si se repara en la presencia constante en sus libros y en su conversación de Los Quirquinchos, el pueblo donde nació, en 1946, y cuya imagen ilustra la tapa de su último libro, Donde supura el aire, una colección de poemas que acaba de ser publicada por el sello Nos y Otros Editores en España.
La portada de Donde supura el aire documenta un día extraordinario: el día en que nevó en Los Quirquinchos. "Es un homenaje. No tiene nada que ver con los poemas", aclara Isaías. El pueblo no sólo le provee la materia de muchos de sus textos, sino que también remite a su iniciación como escritor. "En la parroquia había un cura que sacaba un diario, Ecos de Los Quirquinchos. Publicaba los sonetos que yo escribía a los 15 años. Me acuerdo que la primera vez yo tenía una emoción terrible cuando me lo dio en la iglesia, le había puesto un copete que decía: «Parece que las musas se han aposentado en estos lares. Aquí tenemos los sonetos de nuestro joven autor Jorge Isaías»".
A partir de La búsqueda incesante (1970), su primer libro, Isaías inició una vasta obra poética y narrativa, algunos de cuyos hitos pueden encontrarse en la fundación de la revista La Cachimba (1971) y en la publicación de Crónica gringa, libro que agotó cinco ediciones a partir de 1976. Ahora advierte un retorno en su escritura a las formas breves de sus comienzos. "Son poemas que escribí en los últimos cuatro años y donde creí encontrar un hilo conductor que no es la amabilidad o la nostalgia que me caracteriza sino la bronca. Como me decía un amigo de Buenos Aires, hincha fanático de lo que escribo: «Te pasaste de Pedroni a Baudelaire»".
—¿Por qué se produjo ese cambio?
—Tengo varios libros en este estilo más breve y más seco, sin ningún tipo de referencia. A lo mejor porque me estoy volviendo viejo y trato de buscar la síntesis. Pero siempre la estuve buscando. Incluso mi primer libro es un libro de poemas muy breves. Después agarré la línea narrativa, pavesiana, donde me fui extendiendo, pero ahora vuelvo a la brevedad. Este último libro tiene que ver con el que saqué el año pasado y con dos inéditos que tengo. Son los poemas más pesimistas, si se le pueden dar una calificación. Como un grito —o un susurro— de rebeldía y de resignación. Y me gustó la foto de la tapa porque tiene que ver mucho con mis orígenes.
—¿Mantenés el contacto con Los Quirquinchos?
—Sí. Viajo cada vez que hay un fin de semana largo, o en las vacaciones de verano. Pero en realidad yo tengo más de rosarino. Cuando tenía 12 años me vine con mis viejos a Rosario y estuvimos dos años. Y a los 17 me vine defintivamente.
—El gran éxito de tus libros sigue siendo Crónica gringa.
—Sí, ahora tengo preparada la sexta edición, corregida y aumentada. Incluse le agregué un poema largo de un proyecto que me quedó trunco en los años 70, donde había inventado un personaje. Serán unos diez poemas divididos en tres partes, y otros poemas que atribuí a ese personaje. La primera edición fue de 500 ejemplares, era un cuadernito chiquito. Lo vendí rápido y enseguida salió otra edición. Ahí ya la modifiqué: saqué un poema y agregué otros. De esa edición hicimos 750 ejemplares. Después, en 1983, saqué una de 2000 ejemplares porque me enteré por Silvina Ross que la provincia ponía al libro como literatura regional en las escuelas. Parecía un delirio, pero se vendía mucho. En 1990 salió otra edición de 1000 ejemplares y en 2000 la Universidad Nacional del Litoral publicó otra edición de 500. Todas tienen agregados y correcciones. Dice Borges que nunca hay un libro definitivo pero creo que con la sexta edición lo termino.
—¿Qué te preocupa corregir?
—No soy de corregir mucho. Directamente, lo que no me gusta, lo tiro. Lo que corregía en Crónica gringa eran poemas que tenían cierta similitud formal, donde hacía alguna modificación para que no pareciera un solo poema. Escribo mucho, pero también tiro mucho. Ya tengo más de treinta libros publicados, lo cual es un exceso. Me tendría que dejar de jorobar (risas). Lo que pasa es que —esto sin jactancia— mis libros circulan. Los de poemas menos, pero los otros libros se venden muy bien: las crónicas, las prosas que he escrito y que no me atrevo a llamar cuentos, porque no sé escribir un cuento, esas cosas que circulan alrededor de una anécdota y que le dan bastante primacía a lo poético, a la metáfora y que parten de un recuerdo, de una conversación, de una idea o de frases que escuchaba de chico y no sé por qué se me quedaron grabadas tan a fuego.
—¿Por qué te parece que Crónica gringa tuvo tanto suceso?
—Me parece que es un libro emblemático, porque es un poco la historia de todos los pueblos de la pampa. Inés Santa Cruz me decía que cualquier persona que ha tenido la experiencia de haber vivido en un pueblo puede tener una identificación, si se quiere extrapoética, con las historias del libro. Creo que ese es el valor que tiene. Yo no lo pretendí hacer racionalmente. Como dice Helder, a mí me interesa más recuperar para lo propio que para lo ajeno. Me parece que ese es el éxito que ha tenido, y que se ha dado en las escuelas. Las docentes han colaborado mucho en la difusión. Ahora, el año que viene sale en la Universidad Nacional del Litoral una recopilación de textos en prosa que se llama Almacén Las Colonias, que era el negocio de ramos generales de mi abuelo, y donde reúno un montón de cosas que escribí en estos últimos años.
—Con tantos libros publicados, ¿qué sentís cuando aparece uno nuevo?
—La única vez que hablé con Raúl González Tuñón me decía que cuando aparecía un libro nuevo él tenía la misma emoción que la que había tenido con el primero. Pero para mí ahora la emoción no es la misma, ya es otra historia. Me acuerdo que Francisco Gandolfo hizo la tapa de La búsqueda incesante, mi primer libro. "Diecinueve poemas, ¿por qué tan poco?", me preguntó "Porque es lo único publicable que tengo", le dije (risas). La idea del título era la de una búsqueda estética, una búsqueda de lenguaje. La poesía es eso, una búsqueda incesante.