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Cuando la belleza está en la vejez

La conservadora y restauradora Cristina Lancellotti analiza la tensión entre lo antiguo y lo nuevo en las ciudades

Domingo 18 de Mayo de 2008

Cristina Lancellotti siente pasión por lo que hace. La expresa cuando habla, con cada gesto, cuando sube el tono de voz y también cuando recuerda cómo se logró recuperar tal o cual escultura, monumento o detalle clave de algún edificio valorado por su historia. Estudió Bellas Artes y logró especializarse en conservación en Europa (ver aparte). Pero su apego por la restauración no implica que rechace las huellas que deja el paso del tiempo. "Los argentinos parece que no aceptamos la vejez", dice, y se queja de aquellos que le encargan trabajos para que "quede como nuevo".

Lancellotti dictó un seminario en Rosario, en el Museo Estévez, sobre "Conservación y restauración de patrimonio edificado" y dialogó con Señales sobre los cambios que sufre la ciudad ante el avance de las nuevas construcciones.

—Si bien tu área se relaciona más con los edificios de valor patrimonial, ¿qué opinás del denominado boom de la construcción que suele ir en detrimento de determinadas construcciones que hablan de la historia de la ciudad?

—Todos sabemos lo que es el David, de Miguel Angel, pero las otras obras también hacen a la historia, también construyeron la historia y fueron un paso fundamental de esa historia. El problema para mí no es sólo estético, en las ciudades hay un paisaje y una escala que hay que respetar. La escala que está desproporcionada hace mal a la vista, también los colores que no corresponden. Hacen mal al paisaje urbano. Y hay otro tema: las estructuras. Porque vos no podés meter 10 edificios de 10 pisos en una cuadra donde vivían 3 o 4 familias. Los servicios pueden colapsar. Deberíamos aprovechar que tenemos espacio, no como en Europa, y dotar de servicios a determinadas zonas para que la especulación inmobiliaria no sature otras. Si no hay un desarrollo sustentable en las ciudades, los monumentos tampoco van a durar mucho.

—Hay quienes sostienen que no existe la ciudad construida y que hay que entenderla como en constante destrucción y construcción.

—Yo creo que hay un centro histórico y monumentos que hay que conservar sí o sí, no hay opción. Se debe realizar un mapeo de la ciudad y detectar sus territorios históricos. Y no sólo conservar las casas, sino también evitar el cableado. Toda esa desprolijidad también hace que la ciudad se vea fea. No es que haya que cambiar tanto, sino organizar mejor lo estético de las ciudades. Y de a poco la gente comienza a valorar la ciudad de otra manera. La educación es clave, los habitantes tienen derecho a conocer lo valioso que hay en la ciudad. Esa cuestión, lograr la identidad, es muy importante, tanto como las intervenciones concretas de conservación y restauración.

—Sobre la identidad ciudadana se puede avanzar mucho pero cuando aparece la especulación inmobiliaria se complica.

—Sí, claro. Yo creo que se los frena mucho con la altura, con los espacios verdes y con la estética que tienen que respetar. O sea, con el proyecto que tienen que presentar. Imaginate que hay un terreno disponible en el medio de una zona histórica o con valor histórico, bueno, ahí tienen que presentar un proyecto coherente, no se puede hacer un injerto. El buen arquitecto piensa también lo que tiene alrededor. Claro, hay que tener en cuenta que están esas empresas que hacen edificios como máquinas de hacer chorizos. También hay que cuidar la diversidad, es un atractivo particular que tenemos en Argentina, porque vos tenés un edificio art noveau al lado de un palacio clásico italianizante. Esa diversidad de calidad también hay que cuidarla, a los europeos eso los sorprende.

—También hay que admitir que en este país la cuestión de conservación a veces pasa a segundo plano ante lo urgente.

—A nivel de conservación para mí lo urgente sería cuando se cae algo. No es un problema si el edificio está un poco sucio, porque ese es un complejo que tenemos los argentinos, tiene que estar todo impecable. Vos ves Roma o París y ves las manchas de humedad, ellos aceptan la vejez.

—Hay cierta pasión por el lifting.

—Claro, ahí está la diferencia, si es un lifting o es realmente una recuperación con su historia y su vejez. Cuando le vas a sacar la pintura a un edificio y lo querés recuperar realmente lo primero que te preguntan es: "¿Van a quedar manchas?". Y puede ser que queden manchas, porque el símil piedra, igual que la piedra, naturalmente tiene manchas. Es algo interesante para estudiar. Para el argentino está eso de "mi fachada tiene que estar limpia". Después, no sé lo que pasa adentro, no sé cómo lo hice. Porque generalmente la gente que pinta no hace restauración. Entonces pintan, pero hacen desastre, dejan todo como está pero pintado. Después, se empieza a descascarar y a mostrar las miserias de adentro de lo que no se hizo. Esto es la realidad, más allá de la metáfora (risas). Y cuesta entenderlo sobre todo cuando están las elecciones cerca. Fijate qué importantes se tornan los edificios o monumentos antes de las elecciones. Al Cabildo lo pintan cada vez que hay algo. Es interesante observar cómo se sirven de los edificios y, a la vez, cómo estos edificios y monumentos son una imagen.

—¿Cómo fue tu experiencia de restauración en la iglesia de San Ignacio en Buenos Aires, uno de los templos que fue quemado en junio de 1955, durante el gobierno de Juan Perón?

—Yo trabajé sobre las piezas polícromas de madera que se rescataron del incendio. Eran santos, una virgen y piezas de altares que habían estado destruidos. Las restauramos y se hizo una especie de museo en la misma iglesia donde se conservaron las esculturas, con sus huellas, por supuesto. Y sí, quedaron las marcas, si son marcas de la historia.

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