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Con el tridente al hombro

El genial escritor uruguayo Mario Levrero tuvo estrecha amistad con escritores locales y pasó una temporada en la ciudad

Domingo 06 de Enero de 2008

La obra de Jorge Mario Varlotta Levrero (Montevideo, 1940-2004) tiene creciente difusión en Argentina y España. La publicación de libros como El discurso vacío y La novela luminosa, antes de circulación restringida al Uruguay, ha permitido que nuevos lectores descubran a ese escritor extraordinario. En su historia hay un breve capítulo que transcurrió en Rosario y que todavía es poco conocido.

Fue en 1969, cuando Levrero se estableció en Rosario. Las razones del viaje son ahora difíciles de precisar. "Quizá fue porque ya conocía a algunas personas, o porque tenía noticias de la revista El lagrimal trifurca", cuenta el escritor Samuel Wolpin, uno de sus amigos rosarinos. Lo cierto es que "como no tenía contactos en Buenos Aires fue el primer lugar que se le ocurrió visitar al venir a la Argentina".

Levrero y Wolpin se habían conocido poco antes, en Montevideo. "Estuve en el departamento de él un tiempo y entré a trabajar en Guardia Vieja, la librería que él atendía en el límite entre la ciudad nueva y la ciudad vieja, en la calle Soriano. Tenía textos en castellano y en inglés, y una tonelada de historietas. En ese momento lo único que había publicado era Gelatina, una plaqueta con una tirada de cien ejemplares".

En Rosario, el poeta y editor Francisco Gandolfo fue uno de los huéspedes de Levrero. La amistad que ambos tramaron se extendió durante años a través de una copiosa correspondencia. Gandolfo dirigía entonces El lagrimal trifurca. El número 7 de la revista (mayo de 1970) incluyó los "Ejercicios de natación en primera persona del singular", prosas breves de Levrero que integrarían su libro Espacios libres. Wolpin, por su parte, también ligado al grupo editor de la revista, comenzó a trabajar en la librería Aries, del poeta Rubén Sevlever y Reynaldo Papalardo Befeille.

"Conocí a Levrero a través de Francisco Gandolfo", cuenta Rubén Sevlever. La amistad continuó en la librería Aries, vecina de la Facultad de Filosofía y Letras, y uno de los sitios de reunión con que contaban los intelectuales de Rosario a fines de los 60. "Había un movimiento continuo —dice Sevlever—. Venían los profesores de la facultad, los jóvenes escritores y los viajeros de Buenos Aires. Y se daban charlas y cursos". Wolpin quería hacer una editorial y publicar un libro de Levrero. El primer título apareció en 1969: Carta de un ciudadano de París, del Marqués de Sade, con un texto introductorio de Nicolás Rosa. Y sería el único, ya que el proyecto quedó frustrado por razones económicas.

"Me alegro (de) que los cuentos míos hayan interesado a Rubén —escribió Levrero, ya de regreso en Montevideo, el 1º de octubre de 1969—. Hay uno que les debo, que a Sammy le interesaba mucho para la selección —«Los reflejos dorados»— y pronto lo voy a enviar; le faltan pequeños ajustes". Se manifestaba de acuerdo con cualquier decisión que tomaran al respecto los editores. "Lo único que discutiría, en último caso, es el título (porque me resisto a que llamen "cuento" a Gelatina; para mi gusto es una novelita)". Levrero atravesaba un proceso de furor creativo. "Actualmente estoy trabajando bastante —decía en la misma carta—; he terminado la famosa novela (después de dos intentos frustrados) y ahora me toca pulirla durante mucho tiempo; aún no tiene título. Trabajo también en algunos cuentitos escritos en Rosario".

No está claro si la novela era El lugar, cuya primera versión escribió en Rosario y enseguida destruyó, para rehacerla en Montevideo en 1969, aunque permanecería inédita durante trece años, o bien La ciudad, publicada en 1970. Los cuentos que han subsistido del año que estuvo en Rosario fueron "Emi" (en El portero y el otro) y los "Ejercicios de natación". "Tenía permanentemente ideas de cuentos —dice Wolpin—. Podía escribir uno por día. Recuerdo que salíamos a caminar y cualquier situación en la calle podía servirle para escribir".

Levrero se dirigió luego a Buenos Aires, como una escala previa para regresar a Montevideo. Pero los vínculos anudados en Rosario se mantuvieron en el resto de su vida y se reforzaron con los intercambios epistolares y las mutuas lecturas. El 14 de marzo de 1971 Wolpin publicó un comentario sobre La ciudad en el diario La Tribuna. Una obra, decía, "que no se presta a mayores análisis lingüísticos ni estructurales por la linealidad del relato, sino donde la calidad del trabajo está asociada a la intensidad con que dos mundos —uno real y otro metafísico— se identifican". Levrero contestó a través de una carta, fechada nueve días después y firmada por uno de sus heterónimos, el doctor Lavalleja Bartleby, "licenciado en Letras y Pirotecnia": "He leído con beneplácito vuestro ágil suelto periodístico en torno a la figura del querido escritor compatriota (...) El señor Levrero, a todo esto, sigue embobado contemplando su fotografía [que acompañaba la reseña] y me atrevería a asegurar que no ha avanzado más de dos o tres líneas en la lectura del artículo".

"Le gustaba jugar con la historia de las distintas personalidades que asumía —recuerda Wolpin— y que cada personalidad escribiera en un estilo determinado. El rasgo de humor en él era permanente, pero también aparecía como una válvula de escape para la angustia, como una forma de darle un giro a la angustia. Levrero era un tipo bastante atormentado. Si bien era una especie urbana, las ciudades lo aplastaban: Buenos Aires fue demasiado para él".

Entre 1977 y 1979 Levrero colaboró en Tinta, "la revista de los dibujantes solitarios", editada en Rosario por Sergio Kern. Allí publicó su historieta El llanero solitario, protagonizada por un elefante enmascarado, que cantaba tangos y se hacía pasar por el inspector Maigret, y una serpiente, o lombriz. Samuel Wolpin recuerda que ya en su primera visita dedicaba buena parte de su tiempo al dibujo y los collages: "Inventó una editorial, Ediciones del Infierno, con un diablo que decía «siempre con el tridente al hombro» y armaba libritos".

Otro registro de su presencia en la ciudad y de su relación con los escritores locales quedó en 1981, cuando Francisco Gandolfo le pidió que escribiera un texto para una plaqueta de Rubén Sevlever. "Como buen poeta —dijo en la solicitud—, llega sin apuro. Y no con la chafalonía de un éxito, sino con el dolor de un supuesto fracaso". La plaqueta, Poemas inéditos, apareció en junio de 1982, en la colección El búho encantado y con la respuesta de Levrero, "las reflexiones de un narrador para quien la poesía es un campo casi por completo ajeno".

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