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Cada vez que decimos adiós

En una entrevista a propósito de Celebración de lo invisible, su libro anterior, Sonia Scarabelli (Rosario, 1968) dijo: "Para mí la lectura es un mundo de lo familiar, todo lo contrario de la institucionalidad. Me enseñó a leer mi mamá con una revista de historietas, mientras ella planchaba".

Domingo 12 de Octubre de 2008

En una entrevista a propósito de Celebración de lo invisible, su libro anterior, Sonia Scarabelli (Rosario, 1968) dijo: "Para mí la lectura es un mundo de lo familiar, todo lo contrario de la institucionalidad. Me enseñó a leer mi mamá con una revista de historietas, mientras ella planchaba". En Flores que se abren sobre aguas oscuras esa referencia parece actualizarse, y no como un dato anecdótico: es precisamente lo familiar, mundo pequeño, íntimo y sellado con la intensidad de las experiencias perdidas, lo que constituye un objeto constante de indagación y redescubrimiento.

El libro se abre con el poema que le da título y una estrofa impecable: "¿Será cierto/ que hay flores que prefieren/ abrirse sobre aguas oscuras,/ serán ciertos/ los fugitivos actos de memoria/ que descubren,/ apenas entrevisto,/ el amoroso borde/ de una forma completa?". El tono, el sentido de incertidumbre y tímida esperanza, el dolor apenas sugerido en las palabras y sin embargo profundo son quizá la clave de la belleza de esos versos. Los poemas de Scarabelli están hechos de esos "actos de memoria", que no son relatos ni expresiones nostálgicas, sino "pequeños cuadros", imágenes que se realizan en un instante y deparan hallazgos mínimos y reveladores. Ante la mirada de quien habla, una mirada contenida en el recuerdo y en el espacio doméstico, se perfilan figuras y objetos que están ausentes y sin embargo no dejan de insinuarse, porque permanecen como presencias sutiles. O más bien algo de lo que se manifiesta en lo más inmediato parece traslucir esas figuras y objetos, al modo de un secreto, un deseo, formas en un sueño.

Esa percepción podría remitir a Celebración de lo invisible, el libro por el que Scarabelli obtuvo el premio Felipe Aldana. Pero la afirmación de que "es ángel todo lo creado", la atención hacia las criaturas "danzantes en otra gravedad", que formulaban aquellos textos, ahora adquieren nuevos matices. Si la noche incitaba a dar testimonio de un orden desconocido y maravilloso, en un poema como "La casa" se cierra en la oscuridad, revierte en una cifra de la pérdida de aquello que se amó. El "nosotros" familiar que inscribe el pasado se ha disuelto, y con él la felicidad de aquel tiempo. "Ese llamado oculto/ ese intuirse siempre de otra parte" de la casa persiste, y los poemas parecen orientados en su búsqueda. Pero los movimientos hacia el pasado, el anhelo de sentirse en casa, descartan cualquier ilusión: no hay regreso en sentido literal, "nunca nada es lo mismo". Y la mirada infantil cae también bajo otra luz: capaz de preservar el encantamiento de las cosas, a la vez podía estar velada por su misma inocencia y captar de modo equívoco los signos del mundo.

Una poesía que se vuelve al pasado necesariamente afirma una concepción del tiempo. En este caso no es la sucesión corriente sino el ciclo de las estaciones lo que determina el estado de las cosas: el álamo negro del poema homónimo es indisociable del otoño (ya que sólo así puede entenderse que haya algo de canto en el árbol), el verano celebra "la suave ceremonia/ de rodar con lentitud/ entre hojas y colores" y otra vez el otoño es imprescindible para que el jardín se multiplique, en "Vocación artística".

Las estaciones inscriben un retorno, pero Scarabelli prefiere otra representación: "El tiempo, pez/ atravesado arquea el cuerpo y se levanta". Si en un principio su emergencia apenas se sospecha ("¿qué pez será/ moviéndose en lo hondo/ el que así vuelve?"), ese sentido del tiempo aparece definido al ser atravesado y atravesar la muerte. En "Lección", poema extraordinario, Scarabelli dice que irse es un acto que muestra la dimensión de una vida: "Estas cosas se aprenden,/ me dijiste,/ en parte de los libros/ sí, cuando la palabra/ todavía es humana/ y no ha perdido/ su lustre de tibieza,/ pero más te enseña/ la tenaz partida de los otros".

Esa sabiduría, dolorosa y esperanzada, plena de luz y calidez, es quizá el rasgo más propio de Scarabelli. Flores que se abren... es un libro pequeño y por eso mismo, porque lo minúsculo es aquí un centro de múltiples irradiaciones, está cargado de misterio, belleza y emoción.

                             

Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras - poesía de Sonia Scarabelli.

Bajo la luna, Buenos Aires, 2008, 56 páginas, $23



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