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Angelica Gorodischer, el sistema de la azucarera y los terrones

(Por Osvaldo Aguirre / La Capital). _ La Legislatura de la ciudad de Buenos Aires distinguirá mañana a Angélica Gorodischer como personalidad de la cultura. Un nuevo reconocimiento a una escritora excepcional.

Domingo 05 de Agosto de 2012

El título es así de largo: personalidad destacada de la cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Angélica Gorodischer lo recibirá mañana en la Legislatura porteña. Todavía no sabe si dará un discurso, pero si le piden que hable no rechazará la invitación "y después me tienen que parar". Será un nuevo reconocimiento para la gran escritora nacida en Buenos Aires en 1928 y residente desde siempre en Rosario; y ahora una ocasión para acercarse a su mundo y a su escritura, siempre activa, provocadora, animada por el humor, aún en las experiencias difíciles.

En su casa, desde hace tiempo, Gorodischer tiene un lugar dedicado a su trabajo. Está en la parte de atrás, después del jardín. Hay muchos libros, un escritorio con un cartelito que dice "no tocar", una mesa, sillas, cuadros, dibujos, objetos diversos. También un termo con café y una torta, o lo que queda de una torta, obsequio de una amiga por su último cumpleaños, que fue el sábado de la semana pasada. Y una azucarera con una pequeña sorpresa: el azúcar en terrones. "Eso es parte del sistema —cuenta Angélica—. Como dice mi nuera, cada mujer tiene el sistema que le pasó su mamá. Va de madre a hija; hay cosas que una hace porque las hacía su mamá".

Angélica de Arcal, la madre de Angélica Gorodischer, también fue escritora. De hecho, en el estudio, muy a mano, hay un ejemplar de Molino de oro, libro de poemas que Angélica de Arcal publicó en 1936. Pero la hija tuvo que desobedecer a la madre para ser escritora: a los trece, catorce años, una vez agotada la biblioteca familiar, "tenía que poner el libro de Sartre adentro del libro de Geografía para que mi mamá no se diera cuenta, porque ella suponía que esa lectura no era para niñas".

El estudio es también el lugar de reunión de los grupos de reflexión sobre la escritura que coordina los lunes y viernes de cada semana. "No es taller —aclara—; yo no puedo hacer cosas de taller, no tengo formación, no tengo información y no me gusta el taller. Pero esto que me inventé, sí. Los grupos se van renovando, claro, yo no pongo límites: si quieren quedarse tres años, que se queden; si quieren venir tres sesiones, que vengan. Vienen solamente mujeres. No porque yo no quiera varones, al contrario: pero los varones llaman, preguntan, yo les explico, "ah, qué interesante, qué bien, me gustaría", me dicen; "bueno —les digo—, venga, vamos a tener una entrevista, a ver si está de acuerdo". Y no vuelven a llamar jamás, no sé por qué. Les habrán chusmeado que hay solamente mujeres. ¡Pero eso no tiene la menor importancia!"

—El reconocimiento a un escritor, como el de mañana, es una marca de lectura. ¿Cómo percibís la cuestión de los lectores?

—Ah, no sé. Yo digo una cosa, y hay gente que se ha ofendido, pero no es así: a mí el lector no me importa, yo no pienso en el lector cuando escribo. Si yo pensara en el lector terminaría escribiendo, dice George Eliot, como esas señoras tontas que escriben novelas tontas. Yo escribo lo que se me da la gana, cuando se me da la gana, como se me da la gana. Las cosas salen así. Abomino del oportunismo literario. ¿Viste cuando había que escribir sobre Evita? ¿O sobre Perón? ¿O cuando hay que escribir sobre los desaparecidos? Lo lamento, si tengo ganas sí, pero si no tengo ganas, no. ¿Estamos?

—Sí. Pero lo decía pensando en que seguramente tenés lectores de distintas generaciones.

—No sé, che. Una trabaja en soledad. En general lo que te dicen es "ay, señora yo la vi en televisión, es cierto, usted tiene razón, yo hubiera dicho lo mismo". Pero de vez en cuando alguien dice "leí tus libros y me gustaron". Entonces una se siente bárbaro. Sobre todo si es alguien joven. Eso sí me gusta; bueno, lo de la televisión también.

—¿Cómo es tu rutina de escritora?

—Cuando recién empecé, tenía tres hijos chiquitos y un marido, que es el mismo que tengo desde hace 59 años, y tenía una casa y un jardín y un perro y una gata y un trabajo fuera de mi casa. Yo escribía cuando podía. A las tres de la mañana sacaba la máquina de escribir de abajo de la cama y escribía. O a la mañana, un rato, cuando mi marido se iba a la facultad y los chicos estaban en la escuela. Es duro, pero se puede. Suena a voluntarismo, pero es así: en esas condiciones yo escribí siete libros. Bueno, ahora soy una bacana. Tengo este lugar y otro lugar en casa, porque de noche, como los días son cortos ahora, anochece pronto y me siento sola. En cambio allá, en la casa, está calentito, está Goro (Sujer Gorodischer) leyendo o mirando televisión. Ahora escribo a la hora que se me da la gana. Tengo las mismas dificultades y las mismas satisfacciones que tuve siempre. Cuando escribo soy muy feliz.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de Las señoras de la calle Brenner, tu última novela?

—Me llevó mucho tiempo. Fue una escritura trabajosa. Corregí y reescribí mil veces, pero eso lo hago siempre. Otras novelas las he escrito muy rápidamente. Tirabuzón, por ejemplo, la escribí en un veraneo. Cierto que tenía todo el tiempo del mundo. Estábamos en una playa y había unos amigos en casas vecinas. Ellos pasaban y yo estaba tiqui-tiqui con la computadora: "che, vamos a la playa"; "sí, sí, ya voy"; "apurate"; "sí, sí, vayan nomás". Yo me quedaba y seguía y seguía, hacía mucho tiempo que tenía esa novela en la cabeza. Porque yo siempre me cuento historias. Te voy a decir una cosa: no sirven para nada. Me cuento historias que son cursis, que son estúpidas, ¡y tienen moraleja! Nunca las uso para nada, me las cuento para dormirme, viajando para el centro. Pero de vez en cuando digo "mmm, esta podría servir, siempre que la arreglara". Tirabuzón fue una de esas historias que me conté.

—¿Qué dificultades tuviste en Las señoras...?

—La estructura es brava. Hay tres novelas ahí: una muy oculta, otras dos muy explícitas. Pero esas tres novelas tienen que encontrarse al final. La recuerdo no con la cosa exultante de otras, de Doquier por ejemplo o de Tumba de jaguares, que se escribió con mucho estímulo. Pero anduvo, yo quedé satisfecha.

—En relación a tus comienzos, ¿qué diferencia destacarías? ¿Cómo funciona la inspiración respecto de la experiencia?

—Mirá, yo a los siete años supe que iba a ser escritora. Lo supe perfectamente, hacía dos años que estaba leyendo. Había leído muchos de los libros de mi casa, los que entendía y los que no entendía. La cuestión era leer, leer, leer. Además me conocía todos los libros de arte que había en mi casa. Y después empecé a escribir seriamente alrededor de los 30 años cuando me dije: "ahora, a escribir con disciplina". Fue entonces cuando empecé a escribir a cualquier hora. Entonces me di cuenta que la inspiración no existe. O existe, pero todo el mundo tiene inspiraciones. La diferencia conmigo, o con la gente que escribe, es que una después trabaja sobre esa idea, que es chiquitita. Yo creo en las musas: cuando visitan a un señor vienen todas divinas, con perfume, vestidos de gasa, transparentes, recién pasaron por la peluquería, llevan sandalias doradas; y cuando vienen a visitar a una señora vienen en chancletas, con ruleros, con el delantal de la cocina lleno de manchas de milanesa.

—Con más confianza.

—Claro. "Apurate, che, estoy ocuprada, ¿qué necesitás?", dicen (risas). Pero qué le vamos a hacer. Yo escribo de la misma manera y sé que vengan o no las musas lo que hace falta es laburo, el traste en la silla. Porque, ¿cuál es la tarea del escritor y de la escritora? Corregir, reescribir, corregir lo reescrito, reescribir lo corregido y reescrito, recorregir lo reescrito y lo corregido. La primera versión suele ser sin aristas, sin distintas miradas, es lo que se te ocurrió. Si alguien te dice "yo nunca corrijo" está mintiendo o escribe unos engrendos horribles. Una vez que largaste la primera versión, que es una cosa entusiasta y llena de alegría y de pasiones, tenés que retirarte bien lejos del texto, bien fría, bien tranquila, y decir "bueno, ahora, la cirugía".

—¿Cómo son tus lecturas?

—Sigo siendo la misma loca que era cuando tenía trece, catorce años. Entonces leía de todo. Y ahora también. Todo lo que me cae en las manos me sirve. Fijate, yo tuve un cáncer el año pasado. No es joda que te digan que tenés un cáncer. Pero el oncólogo me dijo: "Va a andar bien, el cáncer ya no es lo que era, y la quimioterapia ya no es lo que era". Me dieron quimioterapia, que es horrible, pero en fin, y anduve bien. Yo iba, estaba toda la mañana, mis hijos me llevaban, me traían, me acompañaban. La primera vez una enfermera me dice "tome esto", y me da una libretita. En cada página la libretita tenía una línea de puntos donde tenía que poner la fecha y debajo había cuadraditos que decían "mareos", "vómitos", "decaimientos". Se lo tiré. "Esto no me lo dé —le dije—, yo le voy a explicar al médico lo que me pasa y cómo me siento". Cuando vine a mi casa empecé a escribir el Diario del tratamiento. Hace muchos años había descubierto a Oliver Sacks, que escribió El hombre que confundió a una mujer con su sombrero, donde cuenta las historias de sus pacientes como si fueran pequeñas novelas. Cuando empecé el tratamiento fui con mi nuera a un shopping y en la librería vi Los ojos de la mente, de Oliver Sacks. Lo compré y lo empecé a leer, era como el otro libro y en el medio había un relato que se llama "El diario del cáncer". Ahora, lo mío fue un rasguño al lado de lo que tuvo él, que fue un melanoma de retina.

—¿Por qué escribiste un diario?

—Porque le tenía que contar a mi oncólogo lo que me pasaba y cómo me sentía. Me salió muy bien y estoy muy contenta de haberlo escrito. Después lo imprimí y se lo regalé.

—¿Cómo pudiste afrontar una experiencia tan dura?

—Es fiero. Pero yo me dije: me puede pasar cualquier cosa, incluso que me mande para el otro lado, pero joderme no me va a joder. Entonces hacía mi vida de siempre: iba al café con mis amigas, iba al supermercado, veía la correspondencia, los mails. Cuando me sentía mal, caía a la cama, qué le iba a hacer. Pero si no estaba como siempre. Escribía alguna cosita, Cruce de caminos, una nouvelle, porque la Editorial Atlántida me propuso escribir una ficción sobre algún episodio importante de la historia del mundo y elegí a Marco Polo y Kublai Khan, que se encuentran en Rosario y toman un café en el Burgundy, el café de Trafalgar. El Diario del tratamiento me tenía agarrada. No me sentía mal enseguida por la quimioterapia, una cosa muy rara. Un día y medio después caía a la cama, jodida. Pero pasaba. Me dormía y al día siguiente estaba bien, o tembleque pero en pie. Hasta el día en que el oncólogo me dijo "bueno, ya está". "Cómo que ya está —le dije yo—. ¿Quiere decir que ya está?". "Sí, dijo él, quiere decir que ya está" (risas). No me va a joder, dije, y no me jodió.

—¿Y ahora qué estás haciendo?

—Ahora estoy escribiendo otra novela. Tengo un libro de cuentos para salir, que se llama Confin y lleva un subtítulo que le puso Mercedes Güiraldes, la editora de Emecé. Yo le dije: "Mirá, son trece cuentos, y son bastante espantosos, bastante atroces". "Ya está —me dijo—: «trece cuentos atroces»" (risas). Perfecto. En fin, que escribo mucho.

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