Kinesiología oncológica: el ejercicio que pasó de estar prohibido a ser parte del tratamiento

GO Kinesio, el centro especializado de Grupo Oroño, trabaja con pacientes en quimioterapia, prehabilitación quirúrgica y recuperación con planes de actividad física supervisada

08:49 hs - Domingo 20 de Septiembre de 2026

Durante mucho tiempo, el recorrido de una persona en tratamiento oncológico fue casi siempre el mismo: del sanatorio a la casa y de la casa al sanatorio, con muchas horas de reposo en el medio. No se trataba de una creencia popular. "La bibliografía referente sobre la temática nos recomendaba que no había que tocarlo al paciente, que no debía hacer actividad física. Y eso, en los últimos años, ha cambiado radicalmente", explica el licenciado en Kinesiología Martín Managó, coordinador general de GO Kinesio, centro especializado en kinesiología de Grupo Oroño.

El costo del reposo prolongado

El cambio de indicación tiene una explicación fisiológica sencilla. Cuando una persona pasa la mayor parte del día en cama, el músculo pierde fuerza con rapidez y la fatiga se acentúa. Esa debilidad, a su vez, reduce lo que puede hacer al día siguiente, y así se instala un deterioro progresivo que responde menos a la enfermedad que a la propia inactividad.

A ese circuito se suma la fatiga oncológica, uno de los síntomas más frecuentes y limitantes de todo el proceso. A diferencia del cansancio habitual, no se resuelve durmiendo ni descansando, y puede persistir semanas o meses después de finalizados los tratamientos. Distintos estudios aleatorizados compararon qué ocurría cuando los pacientes incorporaban actividad física, sobre todo aeróbica y de fuerza: mejoraba la calidad de vida y disminuían la fatiga y la debilidad, con impacto directo en las actividades cotidianas.

Ese giro dejó de ser una discusión de especialistas para volverse posición institucional. La Asociación Argentina de Oncología Clínica creó una Subcomisión de Deporte y Oncología, dedicada a revisar y difundir la evidencia sobre el rol de la actividad física y del ejercicio estructurado en las distintas etapas de la enfermedad. Según ese espacio, el ejercicio indicado de manera segura y adaptada se asocia con mejoras en la capacidad funcional y la calidad de vida, con una reducción de la fatiga vinculada al cáncer y con una mayor tolerancia a los tratamientos oncológicos.

Desde la Asociación se sostiene que el ejercicio físico dejó de ser un complemento para pasar a formar parte del tratamiento. La distinción no es semántica: implica que la indicación de moverse debería surgir de la consulta médica, con la misma lógica con la que se indica una medicación o un estudio, y no quedar librada a la iniciativa del paciente.

Una evaluación antes de empezar

El ingreso al área siempre se produce por derivación médica. La evaluación inicial incluye numerosos tests de fuerza muscular, equilibrio, fuerza de piernas y brazos, capacidad respiratoria y capacidad cardiovascular. Para medir la fuerza se utiliza un dinamómetro que, a través de la presión manual, permite establecer el punto de partida de cada persona y ajustar la cantidad de peso, las series y las sesiones. Durante el trabajo se controlan además la saturación de pulso, la presión arterial y la frecuencia cardíaca antes, durante y después de la actividad. "No hay una rutina para todos los pacientes, sino que cada uno hace algo que necesita y que va a ser de acuerdo a los objetivos que tiene", subraya el especialista.

Quimioterapia, cirugía y recuperación

Las guías internacionales más utilizadas para esta población, elaboradas por el Colegio Americano de Medicina del Deporte, coinciden en dos puntos. El primero es que no alcanza con caminar: el trabajo aeróbico de intensidad moderada debe combinarse con ejercicios de fuerza, porque cada uno actúa sobre cosas distintas (la resistencia y la masa muscular) y ambas se ven afectadas durante el tratamiento. El segundo es que el beneficio aparece cuando el programa se sostiene en el tiempo y con regularidad semanal; las sesiones aisladas no producen el mismo efecto sobre la fatiga ni sobre la capacidad funcional. Son lineamientos generales que después necesitan traducirse caso por caso, y ese es justamente el trabajo de la evaluación previa.

La planificación distingue tres situaciones muy distintas entre sí: quien atraviesa la quimioterapia, quien se prepara para una cirugía y quien ya terminó una u otra instancia. El primer caso suele ser el que más sorprende. "Terminan de hacer la quimio y al otro día estamos en la bicicleta, estamos haciendo bíceps, estamos haciendo dorsales, estamos haciendo sentadillas", describe Managó. Es el grupo que más se beneficia: la actividad baja la debilidad y mejora la calidad de vida en el período más demandante del proceso.

El trabajo previo a una operación tiene nombre propio: prehabilitación. Distintos metaanálisis mostraron que los programas de ejercicio preoperatorio reducen la incidencia de complicaciones después de la cirugía y acortan los tiempos de recuperación, sobre todo por la mejora de la capacidad cardiorrespiratoria y de la fuerza muscular, que facilita la movilización temprana. En intervenciones mayores, como las de hígado, páncreas o esófago, los pacientes que llegan en mejor condición física presentan menos complicaciones y estadías hospitalarias más breves.

En esa etapa, la preparación incluye además un informe que se comparte con el equipo médico, con lo que se encontró en la evaluación y los riesgos previstos. Y como el área cuenta con kinesiología en internación las 24 horas, el acompañamiento se retoma apenas la persona sale del quirófano: sentarse, ponerse de pie y volver a caminar son los primeros objetivos.

El equipo detrás de cada plan

La supervisión, sin embargo, pesa tanto como el equipamiento. Una rutina genérica o copiada de otra persona no contempla lo que atraviesa alguien en tratamiento oncológico: la respuesta al esfuerzo puede variar según el momento del proceso, y por eso los controles se repiten en cada sesión y la carga se ajusta sobre la marcha. "No es que le damos la rutina y nos vamos", aclara Managó. El profesional trabaja al lado del paciente, observa cómo responde y conversa con él mientras entrena.

A eso se suma una dimensión menos visible: el vínculo. Para el especialista, la empatía no es un accesorio del tratamiento sino una condición del trabajo cotidiano, y buena parte del sentido de esta tarea pasa por derribar mitos, desdramatizar la enfermedad y ofrecer contención al paciente y a su entorno familiar.