Un enfoque que invita a desacelerar, reconocer señales de hambre y saciedad y elegir con atención qué y cómo se come. Una especialista de OSDE explica el vínculo con las emociones y comparte pautas sencillas para llevar el mindful eating al día a día.
Domingo 18 de Enero de 2026
En la vida cotidiana, no es raro que una comida suceda frente a la computadora, en el auto o entre tareas. La falta de tiempo desplaza la atención del acto de alimentarse y erosiona el disfrute. En ese contexto, gana terreno la alimentación consciente (mindful eating): una práctica que propone presencia, registro corporal y decisiones más informadas al momento de comer.
¿Qué es la alimentación consciente (mindful eating)?
Es un enfoque en el que comer no solo implica cubrir una necesidad fisiológica, sino construir un vínculo atento con el acto de alimentarse: reconocer señales internas (hambre, saciedad, ansiedad), observar el contexto (lugar, compañía, pantallas) y elegir qué, cómo y dónde se come.
Mindful eating y hambre emocional
“Todos conocemos nuestro cuerpo y sabemos que este nos da señales todo el tiempo. Lo ideal es que no las pasemos por alto y aprendamos a entender al propio organismo. Lo primero que debemos analizar es la relación con la comida y cómo se vincula con las emociones. Muchas veces, las ganas de comer algo que no nos hace bien aparece al atravesar un estado de angustia o ansiedad. Incluso, podemos sentir ganas de consumir un producto que vemos en una publicidad, aunque terminamos de cenar solo hace algunos minutos”, explica la Dra. Judit Vallone, especialista en Medicina Clínica de OSDE, y aconseja relajarse y pensar por qué y qué se desea comer, sin juicios, con foco en el autoconocimiento y en identificar qué hace sentir mejor.
Seis pautas para incorporar alimentación consciente
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Preparar el momento. Practicar respiraciones profundas antes de comer y reservar un tiempo suficiente para cada comida.
Comer en la mesa y sin pantallas. Favorece la atención en sabores, aromas y texturas, y reduce la ingesta automática.
Masticar más y más lento. Facilita la digestión y habilita que el cerebro registre a tiempo la saciedad.
Sostener una dieta equilibrada. Informarse sobre los nutrientes de los alimentos de consumo habitual y priorizar variedad.
Evitar excesos. Porciones muy abundantes o hipercalóricas suelen asociarse a malestar digestivo posterior.
Valorar las comidas compartidas. Usarlas como espacio de conversación y aprendizaje; con niñas y niños, la mesa funciona como modelo de vínculo saludable con los alimentos.
Un cambio de hábito posible
La alimentación consciente no exige transformaciones drásticas. Pequeños gestos sostenidos, como sentarse a la mesa, bajar el ritmo y registrar el hambre real, pueden mejorar el vínculo con la comida y el bienestar general. Es una práctica que complementa, no reemplaza, los controles médicos y nutricionales. En casos de enfermedades, restricciones específicas o trastornos de la conducta alimentaria, corresponde derivación y seguimiento profesional.