Rosarinos por el Mundo

De preso político en Coronda a gestor cultural en Tarragona

Para Eduardo "Colo" Fernández la clase obrera fue eje en su vida: militó por sus derechos en los 70 y ahora creó un espacio artístico en un barrio fabril y de inmigrantes en España.

Lunes 24 de Agosto de 2020

"La vida es una moneda, quien la rebusca la tiene". Desde Cataluña, el rosarino Eduardo "Colo" Fernández escucha la canción interpretada por Juan Carlos Baglietto y sabe bien de qué hablan esas estrofas. También rosarino como el cantante de la trova local, pero a sus 74 años, el Colo -ex preso político por cinco años, tres de ellos en Coronda, y actual gestor cultural en un barrio de Tarragona- conoce qué significan momentos como una "hoja en blanco" y solo contar con un "manojo de palabras".

Vivió todo y con todo: "Con un amor, sin un amor" y con "la cordura de todos los días". El Colo, nieto de inmigrantes socialistas, intentó escribir desde niño. Quiso ser militar en su adolescencia, pero abandonó ese proyecto. Dio triple salto mortal y fue uno de los tantos militantes que terminó en la cárcel como preso político durante la dictadura, tramo que relató en un libro colectivo testimonial titulado "Del otro lado de la mirilla", con prólogo del premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

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Se enamoró, perdió dos hijas y con los años llegó a tener cuatro hijos y varios nietos. Se separó y se volvió a enamorar de Mabel, con quien todavía vive.

Se tuvo que ir del país sin opción. Trabajó en todo lo que pudo, padeció una enfermedad feroz por la que habla con dificultad pero recuerda y cuenta “una vida ligada a la clase obrera”.

Hoy está al frente de El Cargol, un centro cultural autogestionado junto al mar Mediterráneo con nombre de caracol. Es un rosarino por el mundo con la casa y la historia a cuestas: la vida es una moneda.

Calle Menorca, 3. Esa es la dirección del Centre Social Autogestionat El Cargol, en el barrio La Granja, un vecindario multicultural. Aglutina a españoles no originarios de Cataluña y también a gitanos, árabes, chinos y africanos.

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Un territorio separado del centro de la ciudad por un río que, comparado al Paraná, parece un arroyo: el Francolí.

Allí, en pleno cordón industrial petroquímico de Tarragona, se levanta El Cargol, nombre de un plato tradicional de la cocina catalana. La spineta amb caragolings, por ejemplo, es el espinazo con algo de carne de bacalao que se refuerza con caracoles, una comida "típica de pobres y que se acostumbra a comer el Día de Santa Tecla o Sant Magic, ambos patrones de la ciudad”, aclara.

El Cargol

Desde 2015 El Cargol es un espacio de arte popular atravesado por reclamos políticos, un hilo conductor en la vida de el Colo. “Acuden niños y adultos del barrio a los talleres. Por la pandemia todo se detuvo, esperaremos a ver qué pasa en septiembre”.

https://twitter.com/CSAElCargol/status/1260839628782940160

El lugar tiene entre otras cosas una editorial que se llama El Bastón, y una imprenta. Además, ofrece actividad física al aire libre como el senderismo, conferencias y asesoramiento laboral.

Es un reducto barrial que aglutina a cantautores de Madrid y Barcelona. En meses “normales” se ofrecen conciertos de guitarra, cine, magia, espectáculos de cantadores de flamenco, cuenta cuentos, poesía y danza. Todo a la gorra.

También hay charlas: de psicoanálisis implicado (que apunta a la transformación de la sociedad más que a una intervención clínica para la patología individual) y de política (desde la formación de la clase obrera hasta el análisis del capitalismo y el feminismo).

Todo pasa y “todos pasan por El Cargol”, señala al hablar de la visita del referente de psicoánalisis Alfredo Grande y del paso por allí de la secretaria de Derechos Humanos de Santa Fe, Lucila Puyol.

“El Cargol adquirió fama entre los artistas porque se llevan buenas gorras de aquí y además se sienten bien tratados en nuestros escenarios, que son humildes pero amables. Hasta pueden dormir acá”, asegura.

De la Sexta a La Granja

En 2012, después de las elecciones que ganó el ex presidente conservador Mariano Rajoy, se creó en Tarragona un espacio para el debate y la acción política que se definió internacionalista, anticapitalista, obrero y popular. Y, como no podía ser de otro modo allí, estuvo él.

“Comenzamos a impulsar desde allí distintas actividades político sindicales y lanzamos la revista bilingüe mensual, una imprenta y luego, nada menos que un 12 de octubre, abrimos el centro sociocultural en La Granja", dice el hombre que nació en el barrio de la Sexta, al sudoeste de Rosario, uno de los tres hijos de un padre asturiano y una madre francesa, quienes habían partido muy pequeños desde Europa. Ahora él pegó la vuelta de esa historia familiar.

El abuelo paterno, Manuel, fue el fundador de la Salinera Argentina, el primer molino de sal de esta ciudad portuaria. Su otro abuelo, Silvio, era obrero de la Yerbatera Martin. Dos clases inmigrantes enfrentadas: burguesía y proletariado como raíces de una misma familia.

"Este abuelo había sido socialista en Italia y decía en un lenguaje cocoliche, propio de fines del siglo XIX y principios del XX, que se hizo peronista en la Argentina", dice y recuerda su infancia de pelota y figuritas junto a su primo José, su hermano Quique y su barra de amigos: "Carlitos, el Ernesto, el Nenucho, la Yolanda y la Tila", grupo con el que fundó una biblioteca de revistas El Toni, Intervalo y D' Artagnan en verano.

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Primero fue alumno de la Escuela Rivadavia y después en La Salle, donde con compañeros fundó la revista La Chispa, escrita con pasta mimeográfica. Después fue al Politécnico.

"Al terminar la primaria quise ir al Liceo para ser militar, probé, y creo que tuve intuición infantil: no me gustó ni la ética ni la moral de esa vida y me fui al Poli".

Dice que en esa época nació para él la política estudiantil y el sexo, tanto como la lectura desaforada de cuanto libro caía en sus manos.

"Comencé a fumar tabaco, descubrí la existencia de las clases sociales y sus luchas, fui candidato a vicepresidente del Centro de Estudiantes de una lista que impulsaba el partido comunista pero perdimos la elección por el reformismo (brazo universitario del Partido Socialista Popular)", cuenta quien también probó con el rugby en el club Universitario porque confiesa que con la redonda era "un patadura".

Trabajo, colimba y boda

El primer trabajo importante que tuvo al salir del secundario fue el de empleado de la fábrica de cosechadoras Gema en Córdoba al 4500. En la misma época en que la militancia discutía la enseñanza laica y libre, la escalada de Estados Unidos en Vietnam y la Cuba del Che, esperaba la citación el servicio militar obligatorio y con su pareja de esa época resolvieron casarse.

"Así logré cumplir cuatro meses como conscripto en Rosario, pero al salir de la colimba no tenía trabajo. Nos fuimos a Buenos Aires con mi ex mujer, Cristina", dice el Colo casi retratando el primer viaje caracoleando como un cargol.

"Nos instalamos en el Hotel Moderno, donde habían vivido intelectuales como Oscar Mazzotta, aunque cuando llegamos ya era una mansión con muchas anécdotas pero en ruinas. Entre esas historias circulaba la mujer fantasma que había aparecido ahogada en la bañera de uno de los dos baños de la primera planta y se afirmaba que su ánima aparecía cada tanto bajando la gran escalera del hall de entrada, portando un candelabro con una vela encendida en su mano derecha".

La joven mujer del Colo, veintiañera como él, quedó embarazada. El comenzó a trabajar como oficial tornero en un taller grande que había crecido desde el primer peronismo hasta el frondizismo y tenía 300 obreros.

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"Sindicalmente pesaba el vandorismo y había compañeros del peronismo revolucionario y uno del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), con quien charlábamos de política y lucha de clases".

Nació su primera hija, Marina, quien murió a los tres meses. Y en el taller comenzaron los reclamos salariales y el quite de colaboración. La fábrica dio una concesión: un comedor donde poder tomar en diez minutos el mate cocido y un dispensario para atender los frecuentes accidentes laborales.

"La empresa incorporó a tres técnicos yanquis formados por la casa matriz que en un pifpaf reordenaron las máquinas siguiendo la lógica exigida por el proceso productivo y comenzaron a cronometrar todos nuestros movimientos operativos hasta el de ir al baño y nos quitaron las horas extras. Y en la sala de primeros auxilios pusieron a un médico que resultó ser forense de la policía de Buenos Aires que actuó como infiltrado", recuerda.

Su ex mujer volvió a quedar embarazada de otra nena, Laura, que nació prematura y falleció a los pocos días.

"Dejé la fábrica y vendí sifones Drago de puerta en puerta por los barrios porteños, previo al primer Rosariazo. Mi familia paterna me pidió que regresara. Volví a mi ciudad, a mis amigos y a la empresa de la sal. Mi mujer volvió a parir, pero esta vez un varón, Manuel, sano y fuerte que ya tiene 50 años y cuatro hijos. Su nacimiento lo sentí y lo siento como una afirmación personal de la vida", rescata.

Segundo Rosariazo y cárcel

Después llegó la militancia, el segundo Rosariazo y el nacimiento de su segundo hijo varón, Federico, hoy de 48 años y padre de tres hijos. Fue viajante de una ferretería y nuevamente obrero de fábrica. Se separó. Y el 24 de setiembre de 1975, este cargol colorado dejó de andar por cinco años.

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"Me secuestraron dentro de la fábrica y me llevaron al tercer piso de la jefatura de policía, en Dorrego y San Lorenzo. Creo que el primero de noviembre de ese mismo año nos trasladaron a la cárcel de Coronda junto con compañeros gremialistas: el Negro Segovia, años después asesinado en La Tablada; el Cabezón Sobrero, el Chino Maidana y el Alemán Mestri, a quien habían torturado muy duro".

"Los años en Coronda fueron de experiencias y aprendizajes que quedaron plasmados en un libro colectivo", dice al referirse a "Del otro lado de la Mirilla", escrito por los presos políticos desde 1974 a 1979 en Coronda y traducido al francés y próximamente al italiano.

Tras esa detención, el Colo y 24 personas más fueron trasladados a otras cárceles. Primero a Sierra Chica, luego a Caseros y meses después a La Plata. Con dos causas abiertas y sobreseído por falta de pruebas, salió en 1980 con libertad vigilada, en plena dictadura.

"Conmovedor ese momento de reencuentro con mis padres, mis hermanos y mis hijos, que tenían 10 y 8 años y a quienes sólo había visto en cuatro oportunidades a través del vidrio frío y castrador de los locutorios de las cárceles", recuerda.

"Mi libertad vigilada resultó ser persecutoria porque la patota de Feced (ex jefe y represor de la Policía de Santa Fe) se presentaba donde yo trabajaba y decían que hacían muy bien en ayudarme a reinsertarme, pero que ellos en su lugar me despedirían porque era un terrorista. A los tres meses de salir conocí a Mabel Peirú, mi actual compañera, con quien tuve dos hijos, Andrés y Julián, ahora de 34 y 30 años".

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Este cargol con su mujer y pasaporte argentino en mano se refugió en Los Angeles, Estados Unidos. Se encontró con coterráneos "antidictadura" con quienes denunciaron lo que sucedía en Argentina. Trabajó en la construcción, en venta callejera y como heladero, y tuvo un programa de radio. Volvió a la Argentina y lo cuenta acordándose sin dudar de cada fecha.

"Aterrizamos en Ezeiza el 20 de setiembre de 1985 con un hijo gringo, Andrés. Nos esperaban la familia y todos los amigos, en democracia. Con mi mujer comenzamos a militar en Derechos Humanos y con algunos compañeros creamos una cooperativa de trabajo en el rubro de la carpintería. Pero tras 16 años y sucesivas crisis político económicas y angustia existencial nos vinimos a España, con 55 años, una reciente intervención quirúrgica, mi oficio de carpintero y mi familia a cuestas. Un nuevo exilio, esta vez económico, signado por la premisa de Hernán Cortés: quemé las naves. Me jubilé y acá estoy, andando, como el cargol", dice el Colo con una vida como una moneda.

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