Miércoles 03 de Mayo de 2023
Para quienes no pertenecen al mundo del tatuaje (al universo de símbolos y mensajes que representan) el nombre de Ezequiel Viapiano está relacionado con el de algunos famosos, especialmente los futbolistas. Mucho más desde que Ángel Di María mostró el trabajo que este artista rosarino hizo en su cuerpo: primero, luego de ganar la Copa América, y más cerca en el tiempo, cuando dejó en una de sus piernas el imborrable recuerdo del campeonato mundial de fútbol.
Solo la foto que el jugador de la selección subió a su Instagram con Viapiano, después de que le realizara el famoso tatuaje, tuvo casi 4 millones de likes.
Pero la historia de Ezequiel es mucho más que esas postales que se viralizaron en distintos continentes.
De perfil sumamente bajo, el creador, que se dedica al realismo desde hace años, dejó por primera vez su huella en la piel de otra persona (su mamá) cuando tenía apenas 15 años. “Le hice dos delfines chiquititos”, recuerda.
Antes, a los 13, en una edad en la que pocos se animan o se deciden a poner el cuerpo para dejar un registro prácticamente imborrable, él ya se había hecho un tattoo. “En mi casa no me dejaron que me haga un piercing en la lengua, entonces aparecí con el tatuaje”, cuenta.
Vivió casi toda su vida en Empalme, en el noroeste de Rosario. Sus padres eran muy jóvenes cuando el nació, y tenían que trabajar, por eso, su abuela se transformó en una cuidadora imprescindible. Su tía también ocupó un lugar relevante en esta etapa de la crianza. Una tía que pintaba y que fue una influencia necesaria para el camino que Ezequiel Viapiano fue recorriendo. “Después, siendo grande, encontré cuadros de mi mamá, que pintaba siendo chica”, menciona. Sin dudas, esos fragmentos del arte estaban en su sangre.
“A los 5 años dibujaba mucho. Creo que me daban lápices, pinceles y hojas para que me entretuviera y a mí me encantaba, podía pasar horas así”, dice, con una sonrisa.
Ezequiel siempre tuvo facilidad para las manualidades y para aprender. “Captaba todo muy rápido. Me explicaban algo, y me salía”, comenta con gran humildad.
Era de los chicos a los que les gustaba más quedarse en su casa que salir a la vereda. “Por ahí me venían a buscar para jugar a la pelota y yo decía que no estaba. No es que era reantisocial, pero prefería quedarme solo pintando o haciendo otras cosas. En la adolescencia ya salía más pero de chiquito no”, rememora.
Cuando terminó la secundaria estudió un tiempo Diseño Gráfico, y unos cuántos años Bellas Artes, pero como ya había empezado a trabajar como tatuador (estuvo en distintos locales hasta que se puso por su cuenta), eligió dedicarle todo lo que podía al oficio. También estuvo en una imprenta, pero largó todo. “Y menos mal, menos mal”, enfatiza.
El recorrido que hizo en este arte estuvo plagado de experiencias y crecimiento. Paulatino pero sin freno y con algunos momentos explosivos.
Al año de empezar a tatuar a parientes y amigos con una maquinita casera que funcionaba con un motorcito de grabador, y siendo todavía un chico, compró su primera máquina profesional: “Era muy mala (se ríe) pero era de verdad”.
Ahí la historia empezó a escribirse de otra manera. Se acuerda de los momentos en los que además de sus amigos empezaron a buscarlo los amigos de los amigos, los conocidos. La cosa se ponía seria.
“Fui a un seminario que se daba en Buenos Aires y charlando con otro colega que vio mis trabajos me propuso ir al local de él, en la galería que está abajo de La Favorita, se llamaba Enigma el lugar”, rememora.
Ezequiel se acuerda que por entonces, no había más de tres espacios “formales y con cierto reconocimiento” para tatuarse en Rosario.
Búsquedas
Cuando estaba en los locales tatuaba lo que sea: letras, figuras tribales, nombres, lo que el cliente proponía. Pero él tenía en la cabeza la idea de encontrar su propio estilo, una búsqueda que se fue afianzando pero que también está llena de cambios porque se desafía todo el tiempo a superarse.
“Soy muy autoexigente”, reconoce.
“Siempre me gustó lo que hago ahora, pero como tenía que trabajar hacía lo que sea y no podía enfocarme tanto en lo que quería. Hasta que llegó el momento en que eso cambió”.
Su nombre empezó a sonar fuerte. Muchos querían tatuarse sí o sí con él.
“Se me empezó a complicar la agenda. Ya teniendo mi propio local en calle Urquiza, un día se armó una cola de más de una cuadra. Mi mujer (que en ese momento daba los turnos) me avisó que tenía tomado completo un año de laburo. No me podía enfermar, no podía programar nada personal. Nada. Ahí dije basta, así no puedo seguir. Salí a explicarles y bueno, algunos lo tomaron bien y otros más o menos, pero no tenía manera de tomar todos esos trabajos”.
Ahora, llegar a Ezequiel no es nada fácil. Abre la agenda solo dos veces al año y se maneja solo por mensajes privados de Instagram o mail. Cuando decide dar nuevos turnos aparecen cientos y cientos de pedidos. Que son, en definitiva, cientos y cientos de personas que desean tatuarse con él y que son capaces de esperarlo años para tener en su cuerpo alguna de sus obras. “No me quedó otra que ser selectivo con lo que hago. De alguna manera elijo lo que más se acerca a lo que estoy queriendo hacer en este momento, entonces me fijo mucho en las propuestas. La persona que se quiere tatuar ya me manda un boceto, la idea lo más clara posible de lo que quiere, y ahí veo. No es soberbia en absoluto, es una manera que encontré para poder laburar tranquilo”, comenta.
En su rutina, el tatuador atiende una persona por día. “Me dedico jornada completa a alguien. Durante muchos años, como casi todos en este rubro, hacía un montón de tatuajes en una jornada, pero por el estilo que propongo, cosas más grandes, realismo, prefiero que sea así. En un día puedo mostrar un trabajo terminado y eso me gusta”.
En promedio son 8 horas para un cuádriceps, o medio brazo de hombro a codo.
Por allá y por acá
Viajó a Europa varias veces y en ocasiones se quedó meses y meses. También estuvo en Asia donde aprendió cosas nuevas con otros tatuadores. Hizo trabajos afuera, pero decidió volver a la Argentina.
Ezequiel vive cerca de Rosario, con su hijo pequeño y su esposa, un lugar que es su refugio y que por el momento no cambia por nada.
“Me gusta mucho estar allá”, dice durante la entrevista que se hizo en su impecable estudio de Fisherton. “Armé mi espacio de trabajo acá porque me queda cerca de casa, y si puedo, ni piso Rosario: el ritmo de la ciudad ya me agobia bastante”.
El boom
Es cierto que el crecimiento de Ezequiel como tatuador tiene un peso propio, un recorrido personal y profundo. Tan cierto como el hecho de que el haber tatuado a ciertos famosos (artistas, influencers, futbolistas) hizo que la demanda explotara de una manera tremenda.
“Empezó antes el crecimiento, como te conté, pero es innegable que hubo un efecto fuerte después del tatuaje de la Copa América a Di María ¡y ni hablar cuando lo tatué después del campeonato mundial! Él ya me había dicho que se reservaba una pierna para eso”, asegura.
A Ezequiel se lo ve súper relajado a pesar de lo que su trabajo representa hoy para mucha gente. Dice que no piensa tanto en el futuro (“no soy tan estructurado en mi vida persona, para nada, aunque en el trabajo sí tengo mucha disciplina").
Asegura que trata de disfrutar mucho de lo que hace a nivel laboral pero también le da un valor inmenso al tiempo con su pareja y su pequeño hijo, al ocio, a hacer lo que tiene ganas, al placer de estar cerca de la naturaleza en contacto con el silencio o escuchando música, y también al hecho de poder planear algunos viajes. “Soy de mirar mucho donde estoy parado y hacia donde quiero ir. Pero eso es de precavido, y más con un niño pequeño. Pero la verdad, ya sin tantas ansiedades”.