Domingo 18 de Diciembre de 2022
“¿No me la dejás besar?”, le rogó un joven. El dueño de la imitación de la Copa del Mundo no le dijo nada, asintió y se la acercó. El chico la tomó seguro con sus dos manos y le plantó un sentido beso, como si cumpliera un sueño al hacerlo, sintiendo que eso era lo único y más importante que tenía que hacer en ese momento. El hombre que portaba el trofeo también tenía una peluca y, aunque no se pareciera, todos a su alrededor entendían la referencia al Diego. La multitud sobre calle Corrientes reaccionaba de maneras diferentes cuando la Copa pasaba a su lado. Algunos, en vez de besarla, preferían hacerle un ritual. La sostenían cerca del piso y entre susurros, lentamente la levantaban para saltar y festejar. Mientras eso ocurría, a media cuadra, otros hinchas se apretaban para ver en el televisor de una pizzería como Lionel Messi levantaba la real.
La tensión disfrazada de calma llegó a su fin, terminó su ciclo. Arribó el tiempo de la liberación, la descarga, la celebración y el alivio. Pero por sobre todas las cosas la felicidad, esa que como algo incontrolable invadió de sopetón las calles de la ciudad. Dicen que todos los caminos llevan a Roma. De esa misma manera, hoy, en Buenos Aires, todos concluyen en el Obelisco (o lo más cerca que se pueda llegar). Hace 36 años que acá se festeja todo excepto esto, todo menos ser Campeones de Mundo.
Lo que 45 millones esperaban se hizo realidad y se acaban de dar cuenta. Caminando, en auto, en bici o en moto. Llegar lo más cerca posible del símbolo nacional, esa es la misión. Ya desde la noche anterior, más de 300 personas esperaban casi pegadas al Obelisco, anticipándose y guardándose el primer lugar en el epicentro de la fiesta del pueblo.
Apenas unos minutos después de que Gonzalo Montiel convirtiera el penal que le daba el triunfo a Argentina, la peregrinación comenzó. Los gritos vinieron primero desde los balcones y, cinco minutos después, la Capital desbordó de argentinos contentos. Los bocinazos que se habían calmado unos minutos antes del comienzo del duelo final, retomaron su tarea. El ruido comenzó de golpe y más enérgico que nunca.
A las 15.30, en las cuatro cuadras alrededor del Obelisco, la multitud saltaba entre trompetas, gritos y espuma. A pesar del calor y justamente por él, al carnaval no le faltó nada. Todos los que tenía un bombo en su casa, lo llevaron. Muchos buscaban subirse al lugar más alto que encontraran: a los puestos de diario, de flores, a los marcadores de nombres de las calles, a las ventanas, a los techos, a los carteles de señalización y a los semáforos. Es que nada parecía lo suficientemente alto para equiparar la alteza con la que vibra el país.
Aunque todos quieren llegar al Obelisco, es casi una misión imposible a medida que las horas pasaban. La cantidad de hinchas concentrados crece y pareciera que con tocarse, se multiplican. Niños, bebés en coches, jóvenes, adultos y ancianos, todos festejan por igual. Algunos con el recuerdo vivo de uno o los dos campeonatos pasados, otros con la alegría inigualable de consagrase por primera vez.
“Que en paz descanses Francia”, decía uno de los carteles que logró llegar más cerca del Obelisco, por Cerrito. Un poco más lejos, por Corrientes, un circulo de 50 personas saltaba rodeando una imagen de Messi con su aclamada frase: “Qué mirás bobo”.
Cerca de las 16, a 20 metros del Obelisco ya no se podía circular, solo estaba permitido saltar y alentar -una vez más y para siempre- a la Selección Nacional. Messi, El Dibu y Diego, fueron los más recordados en los minutos inmediatos al triunfo. El cantero central de Corrientes servía de escalón para los curiosos que intentaban ver hasta dónde llegaba la masa de gente. Era difícil lograr ver un fin y, si bien algunos decidieron desconcentrarse cerca de las 17, otros recién llegaban o emprendían su camino.
Tres horas después del primer instante de gloria, dos carriles de la Autopista Presidente Arturo Frondizi estaban copados. Los peregrinos, entre la alegría y la ansiedad de llegar, alentaban a su selección y no le daban lugar al cansancio. Su camino desembocaba en una 9 de Julio cada vez más repleta. Mientras tanto, en la Autopista 25 de Mayo los autos iban al paso del hombre.
La euforia y la felicidad se adueñaron de todos los ingresos a la ciudad y de cada esquina. “Vayas a donde vayas va a haber gente”, le dijo una joven a su padre mientras caminaban por Callo y Corrientes. Era cierto. En Parque Patricios, cerca de las 18, frente a la cancha de Huracán, tres camiones cada uno con más de 60 personas cargadas en su parte trasera se dirigían a la celebración. A la misma hora en La Boca, todas las calles eran transitadas por hinchas, que se concentraron en una esquina para avanzar juntos. Como en cada rincón del país, la gente bailó, cantó, gritó y lo seguirá haciendo porque la celebración argentina parece no tener fin. Y además, a esta eterna fiesta de gloria nadie se la quiere perder.