Política

Rosúa, el hombre que se planteó el problema de la autoridad

Protagonista de siete décadas de vida política, Roberto Rosúa fue el que con más claridad en Santa Fe actuó desde el retorno democrático por subordinar la policía a la política

Viernes 26 de Febrero de 2021

La larga vida de un hombre público plantea un problema semejante a la de cualquier vida anónima. ¿Cómo hablar de ella en un puñado de líneas? Además el discurso queda acotado por reglas absurdas como hablar solamente de lo bueno. Entonces uno puede encontrar solución al dilema contando alguna historia. Terminada una entrevista en la Gobernación una tarde durante los 90, Roberto Rosúa habló de la importancia de los mínimos alivios que hay en las dificultades. Comentó que cuando la dictadura lo confinó a Coronda tras el golpe del 76 jugaba al ajedrez en el calabozo con otro preso político, Juan José Vitiello, sobre un tablero dibujado y con piezas moldeadas en miga de pan. Lo recordaba como una pequeña alegría.

De lo que hablaba era de los momentos recurrentes en que la política se topa con la adversidad. En ese momento, el año 1997, el gobernador Jorge Obeid había pasado a disponibilidad a seis comisarios implicados en delitos de lesa humanidad en la dictadura. Rosúa había sido el encargado de ejecutar esa determinación difícil en una policía que seguía conteniendo en su fuerza operativa a miembros de grupos de tareas que habían participado de torturas. A veces un periodista llamaba al Servicio de Informaciones y atendía el teléfono José Rubén Lofiego, que recién dos décadas después sería condenado por secuestros, homicidios y aplicación de tormentos a perseguidos políticos. A esos represores que estaban vivos en la policía, él decisivamente contribuyó a echarlos. No fue fácil porque imperó un fuerte descontento en un sector muy vasto. Pero nadie se movió de la decisión porque hubo autoridad.

Rosúa era solvente con las palabras para ejercer la autoridad, que es algo que no se puede comprar ni vender. La obediencia viene en parte de la convicción. Ya viejo zorro de la política, el ministro tenía como ningún antecesor en su puesto una fuerte capacidad de imponer un discurso que dejaba claro el límite. En una intervención en la Plaza San Martín en el Día de la Policía, tapa de este diario, sostuvo que a las directivas del gobierno democrático la fuerza de seguridad no la discute. El uniformado que la cuestiona puede optar por irse pero no por resistirla. Algo que vino a desmontar el discurso previo de antecesores fuertes en seguridad como Enrique Alvarez durante el gobierno de Reutemann. Esa exigencia de subordinación policial al poder político que hoy se da por hecho pero no formaba entonces parte de los enunciados corrientes.

Los hombres públicos no son dioses, apenas hombres. En las gestiones de dos gobiernos tras su voz ajada y la fuerza de su temperamento se notaron dos Rosúa. Una era el hombre que emprendió una política reformista tendiente a desmantelar la autonomía policial que las gestiones previas del PJ no habían tocado, para lo que descansó en la confianza total del gobernador y en el apoyo de un núcleo duro de asesores con conocimientos en seguridad pública que se mantuvieron con él durante cuatro años, como cuenta Gustavo González (UNL) en su tesis doctoral sobre la policía santafesina.

En esa primera etapa se avanzó en una agenda reformista para el control de la institución que llegó más fuerte luego con el proyecto de ley de personal policial que tuvo problemas de implementación pero que resultaba superador de los esquemas legales previos. En ese segundo período esa pretensión de gobierno policial navegó en cierta ambivalencia frente a las ilegalidades endurecidas en la policía, como las de la recaudación ilícita que persistió institucionalizada en todos sus resortes, con el cobro por juego ilegal, trata de personas, robo de combustible, fraudes con adicionales. Cuando esos mecanismos se pusieron de manifiesto Rosúa intervino para que rodaran las cabezas de sus responsables pero no para cortar eso de cuajo. Hubo quien dijo que esa especie de vista gorda fue a condición de que la oficialidad con mando no se metiera en negocios con la droga.

Fue el impulsor del traslado de la Jefatura a Ovidio Lagos al 4200 y ante la mínima resistencia del jefe policial Oscar Partal lo pasó a retiro. También dio visibilidad social al centro clandestino que funcionó en la vieja Jefatura, nombró a la primera mujer que lideró una policía provincial en el país y buscó arrancar de raíz los gestos de desafío con acciones administrativas terminantes, como cuando exoneró a los líderes de una revuelta gremial policial que había jaqueado a esa funcionaria. Entre los problemas que enfrentó, que tuvo muchos, no figuró como decisivo el entramado del narcomenudeo que explotó con expresiones inéditas y sangrientas a partir de 2010.

En la nómina de figuras ilustres de la política santafesina Rosúa tiene su lugar bien ganado. Deja una herencia en la tradición democrática y un perfil de hombre público rico para el análisis. A su testimonio de más de siete décadas de vida política y su cautivador don de conversación también lo echaremos en falta.

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