Miércoles 07 de Julio de 2021
Carlos Alberto Reutemann forjó su meteórica irrupción en la política santafesina a comienzos de la década de 1990 con todos los rasgos que lo habían entronizado entre los top del cruel e individualista mundo de la Fórmula 1. Hermético e imprevisible, a contramano de lo que dictan todos los manuales políticos.
Eran tiempos de teléfonos fijos en las redacciones aquellos, muy lejos todavía de la instantaneidad del WhatsApp. Fiel a su estilo imprevisible, como cuando aquel piloto díscolo decidió desobedecer el cartel de 1-2 que le imponía desde boxes el team de Williams, el Lole gobernador no dudó en llamar una tarde de otoño a la corresponsalía Santa Fe del decano de la prensa argentina.
"Hola, habla el gobernador", escuchó atónito del otro lado de la línea este periodista aquella vez, presumiendo que se trataba de un hecho inusitado viniendo de un mandatario que para eso tenia un nutrido equipo de secretarias privadas y a a vez dudando si no se trataría de la gastada de algún bromista. Pero no, era el mismísimo titular de la Casa Gris el que quería, a propósito de una nota de opinión que se había publicado en el diario, formular en persona una especie de derecho a réplica. "Mire, me gustaría aclararle a los rosarinos que si mi gobierno tiene decidido recuperar el Puente Colgante para los santafesinos, es porque yo haría lo mismo si lo que se hubiese derrumbado fuera el Monumento a la Bandera", fue su escueto pero contundente mensaje a modo de gacetilla transmitida en primera persona.
Claro que ese perfil imprevisible, y por momentos hasta hierático, no dejaba de empatizar al Lole con sus interlocutores. Era capaz de sorprenderlos, a minutos de haberse calzado la banda de gobernador, mientras saludaba uno por uno a los cronistas que cubrieron el acto en la Casa Gris . Por caso recordando las circunstancias precisas de modo y lugar, como si se tratara de las dos primeras curvas de Monza, donde le había dado la primera nota de campaña a cada uno. "Con usted y Chirola (Paroni) nos encontramos la primera vez durante una recorrida en la Rural ", memorizó esa vez para perplejidad de cronista y fotógrafo que ya ni registrábamos esa cobertura periodística y nos miramos incrédulos ante semejante ejercicio de memoria.
Ese rasgo hizo estragos entre sus mas fieles colaboradores y analista políticos que competían por interpretar las señales de un dirigente que apenas si le abría el juego a su almohada cuando de tomar decisiones trascendentes se trataba. Y tal vez, por esa inveterada costumbre acendrada en los principales circuitos mundiales y trasladada luego al intrincado juego de la política, dejó afuera de la pista a los que en la noche de martes quisieron anticiparle en vano su destino 12 horas antes de su partida final. Aferrado a las manos de sus hijas, él volvió a decidirlo en modo Lole.