Política en horas dramáticas: en una ciudad arrasada por el miedo, pensar con mesura
Rosario experimenta la inmovilidad que producen los estados de terror. El gobierno provincial tiene un fuerte dilema. Y la obligación de exigir compromiso siempre retaceado de la Nación

Domingo 10 de Marzo de 2024

El jueves a las dos de la mañana la hilera de taxis por Marcelo T. de Alvear, calle de Saladillo que desemboca en La Mandarina, cubría por más de una cuadra los dos lados de la acera. Un hecho distinto me llevó a estar imprevistamente un rato antes cerca de allí y por eso me acerqué. Acababan de asesinar a Diego Celentano, segundo chofer ejecutado en 26 horas. Entre los 70 taxistas aglomerados espontáneamente ante la novedad de la pérdida brutal del compañero iban y venían las voces alzadas. Pero el sentimiento más perceptible era el de un estupor insomne, expresiones del escalofrío que produce la aleatoriedad de una violencia impersonal que sin embargo acaba con personas. En esa atmósfera escuché que un taxista le comentaba a otro. “La diferencia de que sea él, o que seas vos o yo, es nada”.

Los que este sábado estaban en pie ni bien comenzó a saberse del crimen aberrante contra el playero Bruno Bussanich experimentaron algo igual. Solo lo sabemos porque lo vivimos. Habitar la ciudad hoy es compartir las sensaciones de un peligro disperso y presente que aleja a su población de los ritos comunitarios y la arrasa emocionalmente. No habrá transporte, tampoco recolección de residuos, ni escuela. Y en las escuelas que sí abren habrá ausentismo marcado por un solo motivo: el miedo.

La guerra abierta que hay en las calles pinta un momento sin antecedentes en la historia de la ciudad. En materia de criminalidad Rosario vive desde algo más de una década eventos que siempre se superan. Lo de ahora es otra cosa porque no solo se insinúa. La matanza continuada de trabajadores al azar, en cualquier momento y en cualquier lugar produce el estado de horror que se busca para generar una negociación. Si algo es racional en este momento es pensar, solamente constatando los hechos, en la inminencia de lo horrible.

El brete en el que está metida la autoridad pública pasa por qué hacer frente a la extorsión sangrienta que está planteada. Ceder frente a un grupo minoritario que producen el terror es entendido como capitular ante los actores que desde hace años comandan desde sus celdas la violencia imparable en las calles. No ceder puede implicar que sigan sembrando la calle de cadáveres.

Es importante en momentos de extrema emocionalidad no ceder sin resistir a las fáciles tentaciones que fluyen en las cloacas de las redes sociales. Los que hablan de militarizar deberían tener en cuenta que esa receta en el México reciente generó más terror, más violencia, más caos y una corrupción ramificada entre estado y grupos criminales, combinación que en números totales supuso 50 mil muertos en diez años, la inmensa mayoría en ciudades. Las recetas fáciles que fracasan pueden servir para desahogarse rápido, resolver problemas es otra cosa.

Rosario tiene un enorme problema en su patrullaje escuálido que es motivo de otra nota. Pero si hubiera un nivel satisfactorio o razonable de móviles en calle eso lo único que puede garantizar, frente al propósito homicida, es que los atacantes en el mejor de los casos sean más rápidamente interceptados, no que sean neutralizados antes de actuar. El que quiere matar va a matar aún con el riesgo de ser capturado. Así traigan a los marines y a los gurkhas.

Rosario acusa otro problema en el sistemático abandono o lejanía de los gobiernos nacionales de distinto signo, que no tienen en ninguna otra ciudad un fenómeno criminal semejante y no se dan ningún plan que combine estrategia de largo plazo y recursos tácticos en las coyunturas dramáticas como esta. La actual administración nacional no deja ver mucho más debajo del centralismo agraviante, la chapucería, la vacilación y la palabrería estéril que distingue a los que no tienen mucho que ofrecer porque no tienen pensado cómo actuar. En siete días Rosario fue azotada por atentados a micros penitenciarios, tres choferes asesinados, el crimen del empleado de un surtidor. Lo que no se ve a nivel nacional que es el garante último de la seguridad territorial es la presencia constante del Estado argentino con un plan estructurado, basado en estudios de campo profundo que habiliten algo más allá de la respuesta teatral improvisada siempre detrás del incendio. Tendrán que demostrar que todo lo de ahora, lo que se anuncia este domingo y la llegada de autoridades de este lunes, no son más que eso. Basta imaginarse qué pasaría si un fenómeno así viniera escalando hace diez años en la ciudad de Buenos Aires o en los partidos aledaños del conurbano. Porteños de ceguera arrogante, distantes e insensibles que piensan que los destinos decisivos del planeta entero se juegan en sus 200 kilómetros cuadrados.

Ante el dilema de Pullaro está presente algo que un puñado de periodistas conversaron con autoridades el viernes pasado. La incógnita era cuánto puede razonablemente aguantar sin ver su legitimidad amenazada un gobierno que sufre una matanza en las calles de su principal ciudad. Es una pregunta que aflige de solo hacerla. Si las capacidades y recursos disponibles no garantizan poder frenar lo que está ocurriendo de poco servirá que se deje en claro que hay una guerra contra Rosario declarada desde las cárceles. La ciudad lo que exigirá es la acción eficaz del Estado para asegurar eso que le da integridad que es el predominio y la supremacía sobre un territorio.

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La hilera de taxis en Marcelo T. de Alvear el miércoles pasado, cuando los choferes se enteraron del asesinato de su colega Diego Celentano.

En el gobierno afirman que el factor de amenaza en las cárceles está, entre una población de 11 mil internos en la provincia, en un núcleo de 1.500, los de alto perfil, de los cuales tampoco están todos comprometidos en lo que ocurre en las calles. Los que en redes proponen soluciones finales en las prisiones están hablando de exterminar un 90 por ciento de personas que no están implicadas en lo que ocurre.

Una crónica deportiva refería estos días que el mal, además de insoportable, es inteligente. Quienes se lanzan a la intimidación pública en tres días eligieron matar a cuatro trabajadores. Eligieron ejecutarlos en indefensión y a sangre fría. ¿Pueden subir de escalón? Los que hacen esto saben que esa pregunta está planteada. El gobierno también.

Pullaro llegó al gobierno con una estrategia definida para algunos resortes clave de la seguridad. Quería mejorar el circuito de órdenes de servicio policial, optimizar la cantidad de patrullas en calle y retomar el control sobre la alta conflictividad carcelaria. Una vez en acción viene la dinámica de lo real que suele presentar lo impensado. En ese camino hay que ser flexible que la retórica escogida para comunicar hoy le vuelve difícil. Y tomar decisiones con mesura con el foco en el mediano plazo. Difícil cuando la presión es inmensa. Y sobre todo cuando se apuesta para desarrollar el plan a una fuerza con problemas de eficiencia y conectada en buena parte con grupos criminales. Sobran los ejemplos.

Otro punto a considerar es la permanente remisión al narcotráfico como la centralidad de los problemas criminales locales. Rosario tiene un narcomenudeo expandido entre grupos vehementes y fragmentados que causa violencia. Pero el principal problema que tiene Rosario es de cantidad apabullante de armas y municiones. ¿Está enfocada hacia ahí ese nudo la estrategia de la política criminal y de persecución penal? Las armas producen por año en Rosario más de 1000 personas afectadas entre muertos y heridos. Y balaceras continuas, como las de la unidad penitenciaria Order este domingo entre las 17 y las 21.30. Dos hechos con diferencia de cuatro horas en el mismo lugar del sudoeste rosarino en el medio de esta convulsión.

En este momento espectral todo es oscuro. La nota que dejaron con caligrafía y contenido claro sugiere que todo viene de la cárcel. El gobierno descuenta que es de allí. Habrá que establecerlo. Un cartel pensado para hacer pensar. En el momento que como los taxistas de Saladillo todos empezamos a confesar que nos decimos: "Fue él. Podés ser vos. O yo. La diferencia es nada". El terrorismo urbano es eso.

En esta espesa mezcla de seres unidos por el terror, la desgracia y la esperanza se expresa el presente de Rosario. Una ciudad quebrantada en su amor propio pero que expresa con aturdida vitalidad, como los cacerolazos de este domingo que cruzaron distintos barrios, su voluntad de vivir lo mejor posible, pese a la actualidad de recesión, de desigualdad y de ataques de psicópatas que fusilan a personas que están trabajando, dejando a sus pequeños hijos entreverados con los fantasmas del dolor inesperado, el tipo de dolor que además jamás tendrá ninguna posibilidad de comprensión. Toda esta enorme dificultad demanda mesura de todos los que tienen decisiones sobre la comunidad. Lucidez y mesura.