Entrevista

"Nos está envolviendo una sensación depresiva y nos gana la impotencia"

Eduardo Fidanza es licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo un diploma de especialización en Sociología del Desarrollo, en Madrid. Fue profesor titular de la UBA.

Domingo 20 de Septiembre de 2020

A criterio del entrevistador, Eduardo Fidanza es el analista político más lúcido de la Argentina. El lector podrá coincidir, o no, leyendo estas respuestas del entrevistado. El sociólogo y director de Poliarquía asegura que nos está envolviendo una situación depresiva, que nos gana la importancia de los perdedores. Sorprende con su mirada sobre Cristina Kirchner: “Domina la política, mientras inició su decadencia personal. Muestra un rasgo de su vejez, y subestima el contexto”.

   En una entrevista a fondo con La Capital, revela que según las encuestas de su empresa a Alberto Fernández no le está yendo mal. Y deja una respuesta rampante sobre el estado lamentable, deshonesto intelectualmente, de los medios de comunicación. Aclaración: esto lo piensa y lo escribe el autor de la entrevista, no Fidanza.

   “Producen hastío. Para poner un ejemplo, creo que al cabo de escuchar cada noche al Gato Silvestre y a Luis Majul, metidos en sus burbujas, dando versiones completamente contradictorias sobre el país, la gente prefiere ver una serie en Netflix o actualizar sus redes”. A eso sí lo dice el calificadísimo consultor.

   —¿En Argentina la única ley que se cumple es la ley de Murphy: si algo puede salir mal va a salir mal?

   —Depende del enfoque con que uno lo mire. Si la mirada es fatalista, entonces la ley de Murphy es la explicación adecuada para lo que sucede en la Argentina. Si la mirada es más abierta, menos determinista, entonces podrán advertirse matices. Lo que creo que ocurre es que nos está envolviendo, poco a poco, una sensación depresiva, con la certeza de que somos incapaces de vencer las dificultades. Atribuyo este sentimiento a la superposición de dos hechos trágicos. Uno, es la acentuación de los problemas económicos y sociales, entre un gobierno que terminó fracasando, habiéndose postulado como el que nos iba a librar del atraso, y otro que llegó con fuertes internas y una estrategia poco clara, si existe, para sacar el país adelante. El otro drama es la pandemia, que se superpuso con el anterior. Ante este panorama desolador, que no logramos modificar, nos gana la impotencia de los perdedores. Más que la ley de Murphy, esto recuerda al too much de la jerga angloparlante.

   —¿A Fernández le va tan mal como dicen los macristas?

   —Si se consideran los sondeos, al menos los de Poliarquía, a Fernández no le está yendo mal: conserva un buen nivel de aprobación en un momento de fuertes turbulencias. Ahora, si se mira de cerca el proceso político, con información que no dispone el público, diría que su momento estelar, que coincide con el inicio de la cuarentena, ya pasó. Claro que ese juicio depende de una hipótesis de entonces, que tal vez era ingenua: él prevalecería sobre Cristina, fortalecería una línea propia, doblegaría a su vicepresidenta, reuniría la suma del poder. Un río de tinta y palabras no ha podido esclarecer cabalmente estas cuestiones.

   — ¿Fernández no es el más indicado para mixturar agua y aceite?

   —Volvamos a la respuesta anterior: no lo sabemos, en tanto no quedan claras sus intenciones. Si él es el agua y Cristina el aceite, o viceversa, entonces podríamos especular sobre la capacidad del presidente para sintetizar esas sustancias que se repelen. Pero tal vez los dos tengan la misma composición molecular. En ese caso, el interrogante pierde sentido.

  —Todos los gobiernos sin distinción tienen un alto distintivo por la lucha contra la pandemia (que va cayendo) pero no han hecho nada fuera de ella.

   —La pandemia es un hecho histórico extraordinario, que sorprendió al mundo y lo encontró descolocado. Al principio, como en las guerras, los líderes políticos fueron apoyados por la gente, más allá de sus defectos. Eran los pilotos de tormenta. Luego, como previeron los expertos, ese apoyo fue perdiéndose, en la medida que se empezaron a palpar las terribles consecuencias. Argentina empezó bien, aunque con la petulancia que nos distingue, y está desmoronándose día a día en esta lucha que se sabe cuándo empezó, pero no cuándo terminará.

   —¿Macri es un tapón para que Juntos por el Cambio le pueda ganar al peronismo?

   —Es prematuro decirlo. La naturaleza del PRO, con un nivel de internas menor en comparación con los partidos históricos, tal vez lo posibilite. Pero hay que esperar.

   —No debe haber en América latina un presidenciable con menos carisma que Rodríguez Larreta. 

  —No creo que sea tan así. Rodríguez Larreta, es obvio, alcanzó su actual nivel de popularidad, que es el más alto hoy, como un dirigente con perfil administrativo, pero creo que ese rasgo no lo invalida para su proyecto de alcanzar estatura nacional y convertirse en presidenciable. Debe prepararse para comprender la diferencia que existe entre gobernar la Capital y gobernar el conjunto del país. Y lo está haciendo.

     —¿Le sorprende que los medios de comunicación sigan tan partidizados, pese a la enorme pérdida de audiencia?

   —Ocurre algo importante: se quebró el paradigma emisor-receptor. Las redes han hecho que todos puedan ser emisores y todos receptores, sin verificación de la información pero con la poderosa ilusión de producir y reproducir la información en tiempo real. Por eso la gente se aleja de los medios tradicionales, en donde son solo receptores. Además, al estar muy politizados confunden y producen hastío. Para poner un ejemplo, creo que al cabo de escuchar cada noche al Gato Silvestre y a Luis Majul, cada uno metido en sus burbujas, dando versiones completamente contradictorias sobre el país, la gente prefiere ver una serie en Netflix o actualizar sus redes.

   —¿Cristina está esperando el momento de dar dos pasos al frente para erigirse en líder de derecho y no sólo de hecho?

   —Sobre Cristina tengo una versión un poco distinta a la usual, a la que se comenta todos los días en los medios de comunicación. En rigor, es una hipótesis arriesgada: paradójicamente, pienso que ella domina la política argentina mientras ha iniciado su decadencia. Me baso en al menos tres observaciones. Primero, el 50% del electorado la rechaza y apenas un tercio la apoya; segundo, procede como si hubiera ganado la última elección 54 a 17, como en 2011, y no 48 a 41, como en 2019; y tercero, el corolario es, para mí, que ella muestra un rasgo típico de la vejez: subestimar los datos del contexto, creer que todo es igual a cuando era políticamente joven y lozana. Y ya no lo es.

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