El recuerdo de quien fue intendente de Rosario y gobernador de la provincia, a cinco años de su fallecimiento
06:30 hs - Sábado 09 de Mayo de 2026
A cinco años de aquel 9 de mayo de 2021, la ausencia de Miguel Lifschitz no se mide solo en el vacío que dejó su partida, sino en la vitalidad con la que persiste su ejemplo. Me cuesta hablar de él en pasado porque su legado sigue siendo una hoja de ruta para quienes creemos que la política solo tiene sentido si mejora, de forma concreta, la vida de las personas.
Miguel fue un constructor de realidades, un ingeniero que no veía en la técnica una fría herramienta de gestión, sino un medio para la justicia social. Para él, la obra pública nunca fue una foto para el periódico; era el agua potable llegando a un barrio postergado, el hospital que dejaba de ser un plano para salvar vidas y la escuela abierta que garantizaba el futuro. Tenía una obsesión sana: terminar, cumplir, demostrar que el Estado puede y debe ser eficiente para reparar desigualdades.
Su ética no era una declaración de principios, sino una conducta cotidiana. Esa transparencia se condensó de manera dolorosa en su última decisión: esperar su turno para la vacuna contra el Covid-19, rechazando privilegios. Para Miguel, el poder no era una ventaja, sino la máxima responsabilidad.
Encarnó lo que podríamos llamar un "socialismo tranquilo". Siguiendo la huella de Guillermo Estévez Boero y Hermes Binner, practicó una política de cercanía, austeridad y diálogo. En una Argentina de gritos y puentes rotos, él prefería escuchar, articular y persuadir. No necesitaba proclamarse feminista para practicar la igualdad: en sus equipos, las mujeres ocupaban roles de decisión real por su capacidad y compromiso, tratadas siempre como pares.
Como intendente de Rosario, senador, gobernador y presidente de la Cámara de Diputados, no acumuló cargos; asumió desafíos. Dejó métodos, instituciones y, sobre todo, una forma de hacer basada en la prudencia y el coraje.
Extraño sus consejos, su humor seco y su capacidad para ordenar el caos con dos frases precisas. Pero recordarlo no puede ser un ejercicio de nostalgia. Miguel nos enseñó que gobernar es, fundamentalmente, cuidar: cuidar lo común, cuidar la palabra empeñada y cuidar la esperanza. Hoy, nuestra responsabilidad es preguntarnos si estamos a la altura de esa política ética, cercana y profundamente humana que él nos legó.