Macri, el dueño de las cuatro P: plata, popularidad, paciencia y poder
Mauricio Macri consolidó su perfil de administrador con buenas gestiones al frente del club más popular del país y llevó a la práctica buenos gobiernos en la ciudad de Buenos Aires.  

Lunes 23 de Noviembre de 2015

Cuando se dio cuenta que tenía en su poder las tres P (plata, popularidad y paciencia), la carrera de Mauricio Macri hacia la Presidencia de la Nación fue imparable.

Macri empezó a sacarse de encima los rótulos hirientes de “nene de papá Franco” o “empleado de empresa familiar” una vez que se hizo mandamás de Boca Juniors, al fin el club de fútbol más popular de la Argentina.

Boca Juniors fue para él un bautismo de fuego: direccionó como una empresa del Primer Mundo a una institución poderosa desde la efigie pero que había sido conducida como un tren fantasma hasta su llegada. Con buena administración y todos los títulos locales e internacionales (17 en total), Macri pudo edificar claramente su segunda P: popularidad.

Los datos fríos de su historial dicen que nació en Tandil el 8 de febrero de 1959, que se recibió de ingeniero civil (profesión que nunca ejerció a pleno, salvo algunos trabajos en la década del 80). También que trabajó en varias empresas y en el propio grupo familiar. Pero, tal vez, eso es lo que menos importa. Padre de cuatro hijos, está casado desde 2010 con la empresaria Juliana Awada, de deslumbrante belleza, como su mujer anterior, Isabel Menditeguy.

Sí tiene especial significación en esa biografía repleta de formalidades su paso por el tradicionalísimo Colegio Cardenal Newman, donde forjó su amistad inquebrantable con quien desde hace años es su consejero personal, político y empresario: Nicolás Caputo.

Fue su amigo Nicky quien se encargó de pagar el rescate cuando Macri fue secuestrado, en 1991. Es ahora su amigo Nicky quien sigue participando de la mesa chica del PRO.

El secuestro del hoy presidente electo de los argentinos lo marcó para siempre. “No lo supe en ese momento, pero aquel sábado 24 de agosto de 1991, a la 1.15 de la madrugada, en la profunda oscuridad de ese cajón de muertos, algo en mi interior cambió para siempre. En total estuve secuestrado 14 días en el sótano de una casa en el barrio de San Cristóbal, exactamente en la avenida Garay 2882 (cuando inauguramos el Metrobús del sur pasé por la puerta y no pude dejar de mirarla)”, escribió el propio Macri en su página web.

Cuenta allí que la mayor parte del tiempo en su cautiverio la pasó en una caja de madera “de un metro y medio por un metro y medio. Me hablaban y me bajaban la comida desde un agujero en el techo. Cada minuto podía ser mi último minuto. A veces me decían «a ver, ponete debajo del agujero que te vamos a pegar un tiro». No se lo deseo a nadie”.

Narra que desde ese momento quedó más libre que nunca para hacer cualquier cosa. “Hasta para pensar por primera vez que podría crear mi propio destino”, concluye Macri. Y vaya si creó ese destino singular: hoy es el primer presidente de la Nación no peronista ni radical.

Vayamos a la tercera P de la historia en cuestión: paciencia. Tras sus ruidosos capítulos de victoria en Boca Juniors, Macri sintió que había iniciado el primer tramo de un recorrido público que podría continuarse en la política.

La Argentina pública y política se caía a pedazos tras el desastre de la Alianza y los dirigentes partidarios no podían tomar ni un té con tranquilidad en los bares.

En 2003, Eduardo Duhalde le ofreció ser el presidente de la República. Macri se entusiasmó con la idea, sintió que su cuerpo se le llenaba otra vez de adrenalina. Una de esas noches, invitó a cenar a Carlos Reutemann, quien ya le había dicho que “no” a la invitación del caudillo bonaerense para que sea candidato a jefe de Estado.

Macri apareció un domingo por la noche en el programa televisivo de Mariano Grondona, Hora Clave, y explicó las razones del rechazo. Soldado que huye sirve para otra guerra.

Macri no quiso quedar pegado a la estructura duhaldista ni repartir cuotas de poder. Se dio cuenta que para no depender de aparatos prestados debía crear su estructura política propia. Y así nació Compromiso para el Cambio, el artificio político ideado para competir en las elecciones de 2003 a jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Ganó en primera vuelta, pero, en el ballottage Aníbal Ibarra logró derrotarlo. La revancha vendría cuatro años después, con Propuesta Republicana (PRO) como formateo exitoso y con una avalancha de votos a su favor.

Con el PRO, Macri logró captar a los pequeños partidos de derecha y de centroderecha que flotaban en la nimiedad y construir una nave insignia que también atrajo a peronistas dispersos que flotaban como satélites tras el sello propio que Néstor Kirchner le impuso al PJ.

Con una estrategia de comunicación moderna, centralizada y alejada de los tics habituales de la propaganda política de los partidos tradicionales, Macri construyó un modelo gestionador exitoso en la Capital Federal, se benefició con la caída estrepitosa del radicalismo como alternativa de poder y aceptó con gusto ofertarse como la contracara del proyecto nacional con el que Néstor Kirchner lo subió al ring.

Es más, cuentan los que saben que Néstor Kirchner evitó que Daniel Scioli sea candidato a jefe de Gobierno porteño —donde los números le sonreían en 2003— para beneficiar las chances de Macri, alimentarlo como opositor y ubicarlo como el rival a vencer por el proyecto nac & pop, craneado para estar 20 años en el poder.

Revalidando títulos, destruyendo mitos y prejuicios, Macri fue reelecto en el gobierno porteño. Logró hacer crecer al PRO —aun sin haber ganado gobernaciones hasta 2015— y consolidarlo como alternativa al peronismo. Es historia conocida la decisión de no acordar con Sergio Massa para las primarias y mantener el “amarillo relativamente puro” como bandera al viento.

Sí logró aceptar que la UCR, dueña de una estructura federal extendida, se acople como socio a Cambiemos, formato final con el que, ayer, el hijo de Alicia Blanco Villegas y del empresario Francesco Franco Macri se convirtió en presidente de la Nación.

Ahora Mauricio, el mayor de seis hermanos, podrá agregar una cuarta P a su trayectoria: la de la palabra poder.