Política

Los intelectuales kirchneristas y antikirchneristas se sacan chispas

Cuestionado desde "Página 12" por Horacio González, pensador K, director de la Biblioteca Nacional y mentor de "Carta Abierta", el sociólogo porteño Juan José Sebrelli replica y pide debatir "en serio".

Lunes 29 de Septiembre de 2008

Cuestionado desde "Página 12" por el pensador K, director de la Biblioteca Nacional y mentor de "Carta Abierta", Horacio González, el sociólogo porteño Juan José Sebrelli replica y pide debatir "en serio".

El sociólogo Juan José Sebrelli publicó en la edición del diario Perfil del 31 de agosto un ensayo (Neopopulismo latinoamericano) en que analizaba las influencias intelectuales que guían al matrimonio Kirchner. La respuesta oficialista le llegó desde "Página/12", el 19 de setiembre ("Barroquismo y política"), por la pluma del también sociólogo Horacio González, director además de la Biblioteca Nacional y fundador de "Carta Abierta. Esta es la "re-réplica" de Sebrelli (publicada en el diario Perfil), a la espera del nuevo artículo de González:

"El que no escribe a la manera barroca es apenas un divulgador mediático; en términos generales, ése es el núcleo de la nota de Horacio González “Barroquismo y política” (Página/12, 19 de septiembre) en respuesta a mi artículo “Neopopulismo latinoamericano” (PERFIL, 31 de agosto). González se despreocupa de los temas principales que planteo, y toma sólo el párrafo dedicado a la prosa barroca. Esto es coherente con la teoría posestructuralista, asumida por González, que agota el contenido en el análisis de la forma. Mi posición respecto a la estética barroca y a la prosa barroca como medio para difundir ideas no se limita a una breve frase en un artículo: está desarrollada en libros que aún espero sean contestados por quienes deberían sentirse aludidos, entre otros muchos adherentes a Carta Abierta.

Reconozco que el estilo de la filosofía ofrece dificultades para su comprensión y obliga a una atenta lectura. Mis filósofos preferidos, Kant, Hegel, Marx, Weber, Sartre, Merleau Ponty, Adorno y Habermas, distan mucho de ser fáciles, pero su contenido es claro y comprensible. El lenguaje de los filósofos posestructuralistas, en cambio, es deliberada e innecesariamente difícil, una oscuridad que simula lo profundo y responde a concepciones irracionalistas. Lo contrario del barroco sería, para González, la prosa sencillista de la “divulgación”, descalificada como “didáctica de mercado”, “teoría liberal de la razón”, “idioma liberal comunicacional” o, citando a Severo Sarduy, “reglas de intercambio capitalista”. El calificativo “liberal” es usado en todos estos casos, con carácter siempre denigrante. Por ese camino se está peligrosamente a un paso –que González no da– de reducir la libertad de expresión a un formalismo también liberal, que debería ser regulada por un Estado “nacional y popular”. Es necesario señalar que históricamente el liberalismo, junto a la democracia y el socialismo –más allá de las deformaciones sufridas por esos términos–, fueron los pilares de la modernidad y de la concepción racional laica, humanista y universal de la sociedad.

Hubiera preferido discutir con González y con el grupo Carta Abierta acerca de las similitudes y diferencias entre esos términos, de los problemas esenciales de la filosofía política y de las cuestiones políticas, sociales, económicas y culturales de la actualidad argentina que nos preocupan, y sobre las que tenemos posiciones contrarias. Lamentablemente el tono personalizado de la nota de Página/12 me aparta de esos temas.

Lo opuesto al lenguaje barroco sería, según el reduccionismo de González, la “estética de los medios”, ejemplificada por mi supuesta integración a los medios de comunicación masiva. Debo recordar que, exceptuando un breve ciclo en un canal marginal junto a Tomás Abraham, Horacio Sanguinetti y Antonio Carrizo, nunca he sido un profesional de los medios, a diferencia de uno de los más notorios firmantes de Carta Abierta, que pertenece al elenco del canal oficial. Tal vez a él se refiera González cuando habla de “patéticos esfuerzos para adecuarse a las necesidades divulgativas”. Por lo visto, la armonía no reina entre los intelectuales K.

Apenas si soy un invitado esporádico a los canales de cable en horario nocturno, el exiguo espacio destinado a los intelectuales y también a los políticos de la oposición. Nunca hice concesiones en mis fugaces intervenciones televisivas, eludí toda manipulación demagógica y expresé lo que pensaba, a veces en contra de las ideas de los propios entrevistadores y aun de lo esperado por parte del público. González dice ser mi lector desde los años 60 y considera con cordialidad mi itinerario intelectual. No puede entonces llamarme escritor mediático o proveniente de la “estética de los medios”, ni desconocer que treinta años antes de aparecer por primera vez en la pantalla ya había sacado a la sociología de los claustros para arrojarla a la calle. Además, uno de mis temas constantes ha sido la desmitificación del delirio colectivo del fútbol, precisamente eje central del sistema televisivo. Esta confrontación es descalificada por González como un “capricho de índole también liberal”, o como una “curiosidad tolerada”, desconociendo las agresiones verbales que me costaron.

Debo a mi vez recordar la incongruencia entre la teoría y la práctica respecto a los medios del propio González y de los intelectuales K. Los arrogantes académicos antimedios redactores de Carta Abierta no vacilaron en recurrir a la radio y a la televisión –donde nunca hubieran llegado por sus libros– para difundir sus declaraciones a favor del Gobierno. En cuanto a González, recuerdo haberlo conocido un sábado de 1996 en un programa televisivo que conducía Jorge Dubatti y compartimos con nuestro común amigo Carlos Correas. Luego, casi siempre, nuestros encuentros tuvieron lugar en la televisión: en Los siete locos de Cristina Mucci, en un programa de Chacho Alvarez donde participaron Juan Carlos Portantiero y Nicolás Casullo, y en otro dirigido por Joaquín Morales Solá donde intervenían David Viñas y Fernando Iglesias, aunque este último misteriosamente nunca fue transmitido. Estos nombres de variadas tendencias muestran que los medios, con todas sus limitaciones y perversiones, ya analizadas por Pierre Bordieu y por Giovanni Sartori, ofrecen, no obstante, algunos resquicios. Estos son aprovechados también por los neopopulistas, y no hay por qué reprochárselo. ¿Son tal vez los estudios de televisión a la hora de programas de poca audiencia el equivalente de los viejos cafés donde escritores, artistas y políticos tenían la oportunidad de conocerse? Mis relaciones con González se limitaron a los cafés de la calle Corrientes y a esos estudios de Palermo Hollywood tan denigrados por él. Lo digo, aun corriendo el riesgo de que, además del estigma de “intelectual mediático”, me endilguen el de “filósofo de café”.

El lenguaje mediático es vinculado por González a la “divulgación” filosófica o sociológica, acusándola de simplificadora. El lenguaje transparente se relaciona, en cambio, según mi modo de ver, a la democratización del saber, a la creencia ilustrada en la potencial igualdad de los hombres y la aspiración a una equitativa oportunidad de acceso al conocimiento. El rechazo a la divulgación es una posición elitista y excluyente. Más que de barroquismo debe hablarse de lenguaje hermético de sectas cerradas que, a la vez que reciben, otorgan en forma exclusiva a sus iniciados prestigio cultural, influencia política y, en algunos casos, apoyo económico.

El director de la Biblioteca Nacional dice que aplico superficialmente la filosofía de Sartre y que ésta “no se presta a la divulgación”. Le respondo con palabras del mismo Sartre, en El existencialismo es un humanismo: “Cuando se exponen teorías, se acepta debilitar un pensamiento para hacerlo comprender y esto no es tan malo. Si se tiene una teoría del compromiso es necesario comprometerse hasta el fin”.

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