Martes 01 de Febrero de 2022
La explosiva carta de renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque del Frente de Todos en la Cámara de Diputados sacudió todas las estructuras de gobierno y expuso algunas fallas de construcción de la coalición. Justo cuando la negociación con el FMI pone a prueba sus cimientos.
La jugada del presidente del PJ bonaerense abrió una serie de interrogantes: ¿Cuán calculada estuvo? ¿Se trató de una movida individual? ¿O está detrás la mano de Cristina Fernández de Kirchner? Según dijo Alberto Fernández ayer en una entrevista, la vicepresidenta está en desacuerdo con la decisión de su hijo, pero no logró cambiar su opinión.
De todos modos, el corrimiento de Máximo –que busca posicionarse como el custodio de la herencia política y simbólica del movimiento fundado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández– tiene efectos bien concretos e inmediatos.
En un campamento peronista reconocen que las críticas de Máximo Kirchner sobre la negociación con el Fondo y, más en general, con la marcha del gobierno, reflejan el malestar de votantes y dirigentes del kirchnerismo con una administración a la que le detectan poco peronismo en sangre, pero advierten que el paso al costado es “una movida peligrosa, que desestabiliza el frente interno y la situación general”.
En otro búnker peronista barajan por estas horas dos hipótesis. Una es que se enmarque en una estrategia de posicionamiento para 2023 y para fidelizar el núcleo duro del kirchnerismo. “Sería grave pero no tan grave”, dicen, casi parafraseando a Guido Kaczka.
La otra, más inquietante, es que apunte a dinamitar el Frente de Todos y quedarse con un pedazo. Esa teoría, consideran, es más endeble. En voz baja y en chats de WhatsApp circula que figuras como el ministro del Interior, Eduardo Wado de Pedro, y el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, “están calientes” con la jugada de Kirchner.
La negociación de Martín Guzmán con el organismo dirigido por Kristalina Giorgieva disparó la renuncia de Máximo
A diferencia de lo que sucedió en septiembre, cuando una catarata de renuncias y una durísima carta de Cristina Kirchner post Paso deshilacharon al Frente de Todos y lo dejaron al borde de romperse, esta vez la ex presidenta se mantiene en silencio y el resto de los integrantes de La Cámpora y el kirchnerismo duro se mantiene en sus puestos.
Sin embargo, más allá del juego de las diferencias, ambos episodios iluminan algunos flancos frágiles del armado y el funcionamiento de la coalición de gobierno. Un ensamblaje de apuro, basado en el espanto al macrismo y la oportunidad de ganarle, diseñado por socios que mantenían –y mantienen– desconfianzas cruzadas. Un espacio sin mecanismos para resolver conflictos, encabezado por un liderazgo como el de Alberto Fernández, con escasos recursos de poder propios y sin vocación o capacidad para aumentarlos. La pesada herencia que dejó Cambiemos, agravada por la pandemia. Y un núcleo cristinista con capacidad para vetar, pero sin muchas más ideas que el recuerdo de los años dorados del primer kirchnerismo y el resistiendo con aguante del segundo gobierno de Cristina.
Desde el peronismo santafesino, que también atraviesa sus propias internas con ramificaciones nacionales pero también condimentos locales, esperan una desescalada del conflicto. “Si se profundizan las posiciones se puede modificar todo el mapa político del Frente de Todos”, adelantan.
Debates inmediatos
En este marco, aparecen discusiones relativamente urgentes, como encontrar la persona que reemplazará a Kirchner en la conducción del bloque, que deberá reunir autoridad propia y muñeca política (dos recursos que no abundan), para ordenar y conducir una heterogénea bancada de 116 integrantes que, por ahora, se mantiene unida. El objetivo –difícil de cumplir– es encapsular el conflicto en el Congreso.
Pero el debate más acuciante para el oficialismo es cómo acordar una política económica para transitar el desfiladero estrecho que marca la hoja de ruta acordada con el Fondo. No sólo eso: cada tres meses el país deberá atravesar el peaje del FMI y serán los técnicos del organismo con sede en Washington los que levantarán o mantendrán baja la barrera, en función de cuán bien haya hecho el gobierno, a su entender, los deberes.
La línea de Juntos por el Cambio es no hacerlo el trabajo sucio al gobierno
Mientras tanto, en Juntos por el Cambio todavía pulen su diagnóstico. No son pocos los que creen que en el peronismo están jugando a policía bueno y policía malo para evitar el desbande, sobre todo de los grupos más radicalizados. “Estos tipos no son ni ingenuos ni estúpidos, son un grupo de profesionales”, aseguran.
La consigna del momento es no empujar, pero tampoco hacerle el trabajo sucio al Frente de Todos y ayudarlo a que se ordene.
A la espera que del escenario se aclare, y pensando en la llegada del memorándum con el Fondo al Congreso (que todavía no se firmó), en Juntos por el Cambio adelantan que pondrán como condición en la negociación que todo el oficialismo vote a favor del entendimiento. Y grafican con una metáfora futbolística: “Si la defensa patea en contra no importa si los delanteros no, el que fue para atrás es todo el equipo”.
En los últimos días, un viejo zorro de la política que integra la conducción de JxC anticipó un debate que la decisión de Máximo Kirchner reactualizó. Entrevistado en eldiarioAR, Miguel Pichetto, ex jefe de bloque del viejo Frente para la Victoria, dijo: “El concepto de disciplina en términos democráticos es esencial para el ejercicio del gobierno. Salvo algunos temas en particular, como aborto o matrimonio igualitario en los que prima la visión personal por estar vinculados a la conciencia, y ahí tenés que abrir para que cada uno vote según su convicción. En política, tenés que aglutinar en función de lineamientos de gobierno, no existe el libre pensador en el ejercicio de la política, porque esa posición atenta contra la gobernabilidad”.