Política

Hebe de Bonafini en un recordatorio íntimo a sus compañeras madres fallecidas

A 44 años de la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo. De casi dos mil madres en 1983 a un pequeño grupito sobreviviente

Viernes 30 de Abril de 2021

Con agenda completa, las Madres de Plaza de Mayo celebraron este viernes los 44 años de la primera ronda, aquel sábado 30 de abril de 1977. La tarde en que la policía les indicó que no podían permanecer quietas, y surgió el famoso “circulen”, y casi por casualidad, la ronda a la Pirámide de Mayo. Al mediodía se presentó el libro “La Rebelión de las Madres”, a media tarde un discurso de Hebe de Bonafini, y a las 19 el ciclo de “Cultura popular y Derechos Humanos, con la participación de Víctor Heredia y Raúl Zaffaroni, además de la titular del organismo.

“Siempre hablamos de Azucena Villaflor de Vicenti, María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga, nuestras tres madres que nos dieron todo lo que sabemos. Fueron violadas, asesinadas y tiradas al río por la Marina argentina, pero hoy quiero hablar de otras madres, tal vez menos conocidas”, explicó Hebe, con un discurso inédito, íntimo. “Nuestra casa fue un mundo que nadie conoce, discutíamos muchísimo. Vivimos, amamos, trabajamos, discutimos, nunca negociamos, no olvidaremos, y no nos callamos”, definió la heroína de 93 años, en una transmisión por canal Youtube.

“Quedamos muy poquitas, tenemos entre 90 y 96 años. Llegamos a ser cerca de 2000, cuando recién empezamos. Cada madre dejó su vida en nuestra casa”, abundó.

Hebe no quiso hablar en nombre de las madres de Córdoba, Neuquén, de la Ciudad de Santa Fe – explicó brevemente que se diferenciaron por distintas razones políticas- ni de Rosario, “que siempre funcionó muy bien hasta durante el mandato de un gobernador socialista se cambiaran el nombre por el de ‘Madres de la Plaza San Martín´ – confundió Bonafini- cuando el cambio de nominación fue a “Madres de la Plaza 25 de Mayo”. Y a propósito de diferencias respecto de la aceptación de resarcimientos económicos estatales por los desaparecidos. Hebe y las madres de Buenos Aires nunca aceptaron ser indemnizadas.

En su homenaje a las compañeras que ya no viven, Hebe enumeró:

- Esther, de San Juan, la mayor de todas nosotras. Nunca pudo organizar una marcha, era muy difícil marchar. Pero hizo dos grandes encuentros con 40 madres, y vendía nuestros materiales en un puesto que compartió con jóvenes de aquella provincia. Hacía una comida árabe riquísima y siempre estaba dispuesta. Esther vive en la plaza con todas nosotras.

- Elsa, de Mendoza, con muchos problemas de salud. Quería estar en todas, una mujer preparada. Organizaba las marchas a las 11 de la mañana, porque en Mendoza es el horario bancario y hay más gente en la calle.

- María Rosa de Luján, una mujer muy humilde, con su casa junto al Río Luján, con mucho amor. Una la inundación le llevó todo de la casa. Le ofrecimos que nos hiciera una lista, así le reponíamos las cosas. Y nos contestó que sólo quería el guardapolvo y los libros que usaban sus hijos para estudiar (los hijos menores).

- Cota, se encargaba del Boletín de las Madres. Calladita, se levantaba a las seis de la mañana. Amaba la plaza. Luego fue a un geriátrico, y nos pidió fotos de la plaza para colocar en su habitación. Y cuando estuvo por morirse, pidió que la llevaran a la Plaza, a despedirse. Hemos llorado como pocas veces por Cota.

- María y María del Carmen, que las tengo que nombrar juntas. Empezaron en nuestra primera casa, con el archivo. María fue muy culta, me llevó por primera vez al teatro Colon, yo no lo conocía. Tenía un programa de radio, ponía música clásica. Nunca faltaba, siempre vino, no ponía excusas.

A María del Carmen me costaba convencerla para hablar en los actos, era muy buena oradora, pero no le gustaba. Me acompañó en algunos viajes, uno a Uruguay. Me acuerdo muy bien, nos habían invitado a aun campo, unos chicos rockeros, a un recital.

El tema era que los rockeros fumaban porro, y mientras escuchábamos a la banda, María del Carmen me dijo “siento olor raro acá”, y yo, sonriendo, le dije, “te vas a marear”.

- Marta. Me acompañó a un viaje al Matogroso, Brasil, a visitar un asentamiento de los “Sin Tierra”. Ahí conocimos la obra maravillosa de esa agrupación. Nos mostraban cómo tomaban las tierras, no atendieron, nos recibieron. Convivimos con ellos en el medio del Matogroso, una experiencia única. Volvimos muy contentas. Cuando estuve enferma (de una pierna) Marta me acompañó.

- Chela, una madre de Lomas de Zamora. Empezó a ir a La Plata. Luego se incorporó a las madres de Capital. Chela siempre estaba dispuesta, no pregunta a dónde había que ir, sino a qué hora salíamos. Estuvo siempre, siempre, hasta que se enfermó. No quería estar en la cama, quería estar en la Plaza. Fue muy querida y respetada. Le gustaba discutir, sabía de política, gran lectora. Cuando murió el hijo que le quedaba, se empezó a morir ella también. Aprendimos muchos de ella, era muy preparada, tenía talento, y muchos viajes por el mundo.

- Elsita, la dulzura caminando. Se quedó con dos nietos muy pequeños, pero nunca faltó. Siempre bien arreglada, linda, le gustaba poner la mesa bien, algunos somos más atolondradas (risas). Ella ponía todo en combinación, los platos, las copas y demás. Luego se enfermó, en la plaza sentía que la seguían, pero fue muy acompañada por la familia.

- Ana, una madre judía, con un dolor inmenso por su hija desaparecida. Su otra hija mujer se fue a vivir a Israel, y perdió conexión, sufrió tanto por eso. Tenía tristeza en la cara, hablaba poco. Nunca desarmó la pieza de sus hijas, les hacía la cama todos los días. Esas esperas inútiles. Luego tuvo locura senil, fue muy triste. Con los años, su hija de Israel vino a Buenos Aires, y fue a la Plaza, a mi me dio una gran alegría, porque donde esté Ana, seguro que la acompañó

Los nombres rescatados por Hebe, durante un discurso de 50 minutos, siguieron con Susana, “que nunca pudo no entender por qué no encontramos a nuestros hijos”. También hubo recordatoria para Elisa, secuestrada junto a su marido, por unos días, cuando los represores buscaban a su segundo hijo, finalmente también desaparecido.

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