Política

"Habría que preguntarle al gobierno si quiere que Francisco venga"

Fortunato Mallimaci es doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.

Domingo 04 de Febrero de 2018

Para el sociólogo Fortunato Mallimaci la figura de Francisco en la Argentina quedó embarrada por los conflictos políticos locales: se observa su pontificado sólo con el prisma de la grieta y se soslaya su dimensión global como líder espiritual del catolicismo y jefe del Estado Vaticano. A su entender, ahí residen las respuestas para la pregunta que se repite ante cada gira latinoamericana del sumo pontífice: ¿por qué Jorge Bergoglio no visita su país natal?

Mallimaci, investigador del Conicet y uno de los principales especialistas en temas religiosos, traza a La Capital un balance sobre los cinco años de papado de Francisco: reconoce que pudo avanzar poco sobre la profunda crisis de legitimidad que atraviesa la Iglesia por el destape del entramado de corrupción y abuso sexual pero, al mismo tiempo, destaca que llenó un vacío de liderazgo antineoliberal a nivel mundial frente al avance del capitalismo financiero.

—En marzo Francisco cumplirá cinco años de papado. ¿Pudo revertir, al menos en parte, la profunda crisis de legitimidad y sentido que atravesaba la Iglesia al momento de su designación?

—La Iglesia tuvo un Papa como Juan Pablo II que llenaba plazas, no hay que olvidarse de eso. Miles de personas lo adoraban. En el último tiempo tenía imposibilidades de manejo y a Joseph Ratzinger, hombre de la curia si la hubo, también se le escapaban todos estos negociados. Ratzinger cree que estos problemas internos tienen solución si se vuelve a un catolicismo muy fuerte, identitario, de curas y monjas muy célibes, que no transijan con nada. En eso Francisco algo ha podido hacer, muy poco. Es elegido por aquellos que, como él, fueron nombrados por Juan Pablo II o Benedicto XVI. Para mí, Francisco se equivocó en algunas cuestiones: no pide que haya que cambiar la idea del sacerdocio, que puedan formar familia, no plantea que las mujeres jueguen otro rol, no acepta que en la elección de los responsables de cada uno de los países y de los lugares haya participación de la propia comunidad católica. Al mismo tiempo, es un gran líder social, mundial, con mucho más reconocimiento en el mundo fuera de los ámbitos eclesiásticos que adentro. Es interesante porque hay una vacancia a nivel mundial de liderazgos que cuestionen este capitalismo globalizado, financiero que avanza por todos lados, incluido nuestro país.

—Con el correr de los meses y los años el perfil de su pontificado descolocó a progresistas y conservadores, sobre todo a los que lo conocían de la Argentina. ¿Cuáles son las continuidades y rupturas entre Bergoglio y Francisco?

—Francisco sólo es Bergoglio en la Argentina. Cuando me preguntan si es peronista, les digo que no, es católico: si algo mama el peronismo es ese catolicismo social, esa idea de hacer una identidad que tenga símbolos en lo nacional. De ahí a verlo como un líder revolucionario, un líder de izquierda, no. Hay que entender que es el líder de una institución —que a su vez es un Estado— como el Vaticano, que a su vez es una comunidad de fieles extendida por el mundo entero. El Papa, como todos los Papas, busca ganar más credibilidad, más legitimidad y más poder para esa institución religiosa porque sabe que el mundo es una lucha de poderes e intereses. Es un hábil político, formado en la sociedad y en el vínculo con el Estado y los partidos.

—En noviembre pasado se renovaron las autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y su nuevo presidente, monseñor Oscar Ojea, planteó un alineamiento con la posición de Francisco. Teniendo en cuenta las políticas con las que avanza el gobierno, ¿se puede esperar mayor tensión entre ambas instituciones?

—El malestar de la Conferencia Episcopal expresa un malestar enorme que hay abajo en órdenes religiosas, en curas, en maestros de escuela y en directores que dicen que esto no es lo que quieren para la sociedad argentina. Por ejemplo, los salesianos, en el sur, llevan décadas trabajando con los mapuches y que ahora les digan que por hacer eso están subvirtiendo el orden nacional, es demasiado. Con Francisco también ha despertado un catolicismo que se había sentido marginalizado. Hay una disputa sobre el sentido de ese catolicismo. Sin embargo, que esta manera haga que mucha más gente se sume a los espacios eclesiásticos, lo dudo. Esos espacios no se han modificado, siguen siendo de la vieja matriz identitaria de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

—En los sectores populares organizados hay un vínculo muy fluido con Francisco, ¿qué ocurre con la figura del Papa con los no organizados? ¿Logró recuperar terreno la Iglesia en lo que usted llama un mercado de bienes religiosos diversificado?

—Sigo creyendo que poco. Si el Conicet nos financia, queremos hacer una encuesta este año justamente sobre ese tema. En Uruguay, Chile y la Argentina aparece algo, que no sabemos cómo nombrarlo pero lo hemos llamado catolicismo de personas indiferentes, sin religión. Creen en Dios, tienen fuerte espiritualidad, pero no se reconocen en la institución.

"Francisco no es peronista, es católico. Y con él también despertó un catolicismo que se había sentido marginalizado"

—¿Y en los estratos medios y altos? ¿Quedó embarrada la figura de Francisco en sectores que miran toda la realidad por el prisma de la polarización política?

—Es innegable. Reducir la figura de Francisco a lo que ocurre en la Argentina es bastante pobre. Lo que ocurre en el país es que los actores religiosos buscan apoyo en los actores políticos y viceversa. Pensaron que venía a enfrentarse al populismo, a la izquierda. Es interesante para investigar cómo los conflictos locales priman a la hora de ver a Francisco. Al mismo tiempo, hay sectores que hasta ayer apoyaban al actual gobierno y han empezado a tomar distancia. No para irse a la oposición tal cual la conocemos, va a depender mucho de qué tipo de oposición haya.

—¿Por qué cree que Francisco no visita la Argentina?

—La Conferencia Episcopal dijo que no están dadas las condiciones. La decisión de un Papa de venir no es sólo de él: es el jefe del Estado Vaticano, es el hombre más importante de la Iglesia Católica a nivel mundial, y en ese vínculo habría que preguntarle al gobierno argentino si tiene deseo de que venga. Habría que ver qué lecturas se hacen de su venida: si su viaje es como dicen en la prensa dominante para ampliar la grieta, es decir que no quieren que venga. Hay que ver si confluyen tanto la dimensión local (política, religiosa y cultural) y la dimensión a nivel del Estado Vaticano. Y si hay espacio para su presencia aquí. Veo muchos intereses en juego para que venga, como para que no venga.

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